/ miércoles 4 de diciembre de 2019

Antípodas | La verdad alternativa

Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados

Mark Twain

Reza un viejo adagio que prometer no empobrece. Y pareciera que el presidente López Obrador se lo ha tomado muy en serio.

Dicen los que saben que hacer una campaña es una cosa y el ejercicio del gobierno es otra, por lo que todo aquello que se dice en campaña es válido con tal de ganar y obtener el triunfo. López Obrador es el maestro de la mentira y el engaño, nunca antes un político mexicano había dicho tantas falsedades en una campaña, y tampoco nunca antes alguien el ejercicio del gobierno había replicado esas mentiras con tanta vehemencia, logrando que la gente, o al menos una gran parte de ciudadanos, la creyeran como verdad absoluta. Lo que observamos todos los días desde el púlpito presidencial de las mañaneras es lo que los teóricos de la ciencia política han denominado como el fenómeno de la posverdad o la verdad alternativa, aquella que se construye con una narrativa que no es necesariamente cierta, pero que al repetirse millones de veces y al ser replicada por las redes sociales a través de hordas de seguidores feligreses, se logra instalar como una realidad generalmente aceptada.

Quién no recuerda al hoy presidente decir en campaña que los precios de los energéticos, gasolina y luz, por ejemplo, bajarían de inmediato, que echaría para atrás la reforma energética y que convertiría a México en un país autosuficiente en producción de gasolina; pues nada de eso ocurrió. O cuando afirmó que el país se pacificaría desde el primer minuto de su mandato, y que los indicadores delictivos irían a la baja casi ipso facto a su llegada; tampoco eso ha pasado y hoy tenemos el peor mes y el peor año en homicidios del que se tenga memoria, arrojando, por ejemplo, que el primer día de diciembre ha sido el más violento con 127 asesinatos en un solo día. Me viene a la mente cuando afirmó que el país crecería a una tasa del 6 % anual, hasta lo escribió en sus libros previos a la elección, después hizo un ajuste a 4 %, ya en el gobierno redujo la expectativa a 2 %, más adelante que se crecería al menos un punto porcentual, y la maldita realidad nos muestra que estamos en recesión económica con un acumulado de cero por ciento de crecimiento en el año, la antesala de una catástrofe económica.

  • Seguimos con un país sumido en la violencia, con una crisis económica a cuestas y con un retroceso respecto de los avances democráticos, que acecha a las instituciones del país, amenazando con la restauración de un régimen autoritario, autocrático y sin contrapesos.

Sin embargo, la popularidad del presidente sigue casi intacta, los seguidores que lo replican no observan los alcances y magnitud de sus mentiras, y hasta le celebran el concierto de malas decisiones, necedades y terquedades a las que nos ha acostumbrado el inquilino de palacio nacional.

A lo largo de 12 meses al frente del Ejecutivo federal, creo que no hay mucho, o tal vez nada que celebrar. Seguimos con un país sumido en la violencia, con una crisis económica a cuestas y con un retroceso respecto de los avances democráticos, que acecha a las instituciones del país, amenazando con la restauración de un régimen autoritario, autocrático y sin contrapesos. No hay nada que celebrar porque los recursos de nuestros impuestos se dirigen a regalar dinero al por mayor, sin generar inversión productiva, y se castigan por el contrario áreas estratégicas como la ciencia o la tecnología, se les cancelan recursos a los enfermos con cáncer o VIH, falla el abasto de medicinas, etc.

Insisto, no hay mucho que celebrar, tampoco porque la mayor bandera de López Obrador durante sus 12 años en campaña, fue el combate a la corrupción e impunidad, y vemos con tristeza que ese combate es selectivo, es un arma de persecución política, mientras se tolera la mentira y el engaño en sus narices con los casos de Barttlet, o de Olga Sánchez y Jiménez Espriú y sus departamentos inexplicables del otro lado del Río Bravo. Nada que celebrar, muchos pendientes, y tal vez el único logro, en aquello en lo que el presidente ha sido inexpugnable e infalible, es en su enorme habilidad para dividir al país un día sí, y otro también.


Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados

Mark Twain

Reza un viejo adagio que prometer no empobrece. Y pareciera que el presidente López Obrador se lo ha tomado muy en serio.

Dicen los que saben que hacer una campaña es una cosa y el ejercicio del gobierno es otra, por lo que todo aquello que se dice en campaña es válido con tal de ganar y obtener el triunfo. López Obrador es el maestro de la mentira y el engaño, nunca antes un político mexicano había dicho tantas falsedades en una campaña, y tampoco nunca antes alguien el ejercicio del gobierno había replicado esas mentiras con tanta vehemencia, logrando que la gente, o al menos una gran parte de ciudadanos, la creyeran como verdad absoluta. Lo que observamos todos los días desde el púlpito presidencial de las mañaneras es lo que los teóricos de la ciencia política han denominado como el fenómeno de la posverdad o la verdad alternativa, aquella que se construye con una narrativa que no es necesariamente cierta, pero que al repetirse millones de veces y al ser replicada por las redes sociales a través de hordas de seguidores feligreses, se logra instalar como una realidad generalmente aceptada.

Quién no recuerda al hoy presidente decir en campaña que los precios de los energéticos, gasolina y luz, por ejemplo, bajarían de inmediato, que echaría para atrás la reforma energética y que convertiría a México en un país autosuficiente en producción de gasolina; pues nada de eso ocurrió. O cuando afirmó que el país se pacificaría desde el primer minuto de su mandato, y que los indicadores delictivos irían a la baja casi ipso facto a su llegada; tampoco eso ha pasado y hoy tenemos el peor mes y el peor año en homicidios del que se tenga memoria, arrojando, por ejemplo, que el primer día de diciembre ha sido el más violento con 127 asesinatos en un solo día. Me viene a la mente cuando afirmó que el país crecería a una tasa del 6 % anual, hasta lo escribió en sus libros previos a la elección, después hizo un ajuste a 4 %, ya en el gobierno redujo la expectativa a 2 %, más adelante que se crecería al menos un punto porcentual, y la maldita realidad nos muestra que estamos en recesión económica con un acumulado de cero por ciento de crecimiento en el año, la antesala de una catástrofe económica.

  • Seguimos con un país sumido en la violencia, con una crisis económica a cuestas y con un retroceso respecto de los avances democráticos, que acecha a las instituciones del país, amenazando con la restauración de un régimen autoritario, autocrático y sin contrapesos.

Sin embargo, la popularidad del presidente sigue casi intacta, los seguidores que lo replican no observan los alcances y magnitud de sus mentiras, y hasta le celebran el concierto de malas decisiones, necedades y terquedades a las que nos ha acostumbrado el inquilino de palacio nacional.

A lo largo de 12 meses al frente del Ejecutivo federal, creo que no hay mucho, o tal vez nada que celebrar. Seguimos con un país sumido en la violencia, con una crisis económica a cuestas y con un retroceso respecto de los avances democráticos, que acecha a las instituciones del país, amenazando con la restauración de un régimen autoritario, autocrático y sin contrapesos. No hay nada que celebrar porque los recursos de nuestros impuestos se dirigen a regalar dinero al por mayor, sin generar inversión productiva, y se castigan por el contrario áreas estratégicas como la ciencia o la tecnología, se les cancelan recursos a los enfermos con cáncer o VIH, falla el abasto de medicinas, etc.

Insisto, no hay mucho que celebrar, tampoco porque la mayor bandera de López Obrador durante sus 12 años en campaña, fue el combate a la corrupción e impunidad, y vemos con tristeza que ese combate es selectivo, es un arma de persecución política, mientras se tolera la mentira y el engaño en sus narices con los casos de Barttlet, o de Olga Sánchez y Jiménez Espriú y sus departamentos inexplicables del otro lado del Río Bravo. Nada que celebrar, muchos pendientes, y tal vez el único logro, en aquello en lo que el presidente ha sido inexpugnable e infalible, es en su enorme habilidad para dividir al país un día sí, y otro también.