/ miércoles 16 de mayo de 2018

Caras y Máscaras

La ruta de Hernán Cortés


El 10 de febrero de 1519, desobedeciendo al gobernador de Cuba Diego Velázquez, Hernán Cortés (1485-1547) -nacido en Medellín, población de la comunidad autónoma de Extremadura, España-, ordena a su flota partir de La Habana para conquistar México- Tenochtitlan, objetivo que alcanza el 13 de agosto de 1521, 2 años y 7 meses después.

La armada consistía en 11 navíos, con 518 soldados, 16 jinetes, 13 arcabuceros, 32 ballesteros y 110 marineros. Llevaba 10 cañones de bronce y cuatro falconetes (pequeñas piezas de artillería, que arrojaban balas hasta de kilo y medio).

La empresa que se propone el aventurero en busca de riqueza y fama no es una tarea de fácil realización, ni desprovista de riesgos e incertidumbres, pero su decisión, arrojo y las circunstancias de tiempo y espacio se combinan para que logre su cometido.

De las innumerables crónicas y análisis históricos que se han hecho del episodio del cual el español es personaje sobresaliente, se recomienda leer La ruta de Hernán Cortés, del notable escritor Fernando Benítez, libro publicado por el Fondo de Cultura Económica, de gran amenidad y descripción detallada de los escenarios que de 1950 a la fecha han evolucionado sin perder la huella de la época en la que el extremeño estuvo en ellos.

Fernando Benítez, escritor, editor, antropólogo, etnólogo e historiador mexicano, nació el 16 de enero de 1912 y murió 21 de febrero de 2000. “Numerosas son las empresas culturales de la actualidad a las que va asociado el nombre de Fernando Benítez, particularmente en el campo del periodismo cultural, de la formación, planeación y desarrollo de los suplementos y revistas encargados de difundir la literatura.

“De la producción de Benítez destacan aquellos libros en que combina el ensayo con el reportaje; el primero que escribió en este género es La ruta de Hernán Cortés. El libro se remonta a la época en que América era - sin ese nombre, por supuesto- sólo una vaga intuición en la mente de algunos iluminados del Viejo Continente, el reinado del misterio, el mito, la utopía. Viene a continuación el descubrimiento de América por Colón para que el relato se centre en la persona de Hernán Cortés y, sobre todo, en la descripción documentada, puntual, bellamente escrita, del camino seguido por el conquistador hasta llegar a aquel 13 de agosto en que cayó la ciudad de Tenochtitlan”.

En esta obra Fernando Benítez nos da su visión de la conquista española de México y de lo que era hace casi 70 años la ruta que siguió el ejército invasor, desde su salida de Cuba hasta la actual ciudad de México. De la página web www.ecured.cu procede la siguiente sinopsis:

“Fernando Benítez narra la historia de lo sucedido en las primeras décadas del siglo XVI en el mar Caribe, el golfo de México y su costa, así como el arribo de los conquistadores españoles a la parte continental que llamaron Villa Rica de la Vera Cruz.

“La conquista de México es uno de los capítulos de la historia nacional, de Latinoamérica y del mundo, que marcaron un hito en el desarrollo de la humanidad. Mar e islas eran lo que dominaban los españoles en el Caribe. Varios navegantes hicieron expediciones buscando nuevas tierras y oro. En busca de oro encabezó Hernán Cortés la expedición que partió de Cuba, donde gobernaba Diego Velásquez.

“Buscando oro navegó rodeando la península de Yucatán y ahí se encontró a Jerónimo de Aguilar, tras el oro incursionó en el río caudaloso de Tabasco. Oro y esclavas le entregaron quienes, después de batallar, aceptaron ser súbditos del rey español. Malinalli está en el grupo de esclavas, después sería bautizada como Marina y sería interprete del náhuatl al maya para Cortés, el intérprete del maya al castellano sería Jerónimo de Aguilar.

“Fernando Benítez hace una descripción de cómo eran las ciudades que Cortés y su ejército se fueron encontrando –Cempoala, Tlaxcala. Cholula y Tenochtitlán- y, en un recorrido de hace más de seis décadas, cómo estaban esos mismos lugares: el pueblo de Cempoala a mediados del siglo XX, la ciudad de Tlaxcala y su barroco dieciochesco. Es generoso el autor cuando se refiere a Xalapa, sus caseríos, el verdor de las montañas que la rodean y lo colorido de sus jardines, la abundancia de agua y variedad de plantas. Reflexiona el autor sobre la transformación de Cholula después de la masacre de indígenas ordenada por Cortés. Su transformación al cristianismo impuesto con la espada, hasta la exageración de tener una capilla o templo para cada uno de los santos en todos los días del año.

“Los volcanes como testigos perennes. El andar del ejército de Cortés desde la costa hasta la altiplanicie, el ascenso para cruzar entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl para llegar al valle de Anáhuac. La visión de Tenochtitlán. La ciudad en el lago. La recepción del emperador Moctezuma. El gran mercado de Tlaltelolco –así lo escribe Benítez-. La apropiación por los españoles del tesoro de Auhízotl consentida por Moctezuma. La caída de Tenochtitlán y el fin del imperio mexica. En el último capítulo, el autor, hace un repaso de la transformación de Tenochtitlán, ciudad destruida por los conquistadores. En sus ruinas construida la ciudad colonial capital de la Nueva España. Y sus transformaciones hasta la primera mitad del siglo XX siendo ya la ciudad de México.

“De varias fuentes históricas, de lo escrito por Cortés en sus Cartas de relación y Bernal Díaz en su Crónica verdadera, hizo acopio Fernando Benítez y nos legó su visión de la conquista española de México y lo que era hace más de seis décadas la ruta que siguió el ejército invasor desde su salida de Cuba hasta lo que es hoy el centro político y económico de México”.

De Tlaxcala Benítez tiene la siguiente visión: “Tlaxcala se me ha ofrecido desde la torre del convento de San Francisco. Montes calizos la ciñen. Allá lejos, donde el cinturón de rocas se abre a los llanos fértiles de la meseta, la dulce curva del río Zahuapan tiñe de verdor el paisaje. Trepando por las faldas de la colina, dispersas como un rebaño de ovejas gigantescas, las iglesias de cúpulas rojas y de muros leprosos acentúan la aspereza de los agrios calveros y roquedades. La ciudad blanca se extiende a mis pies, recortada por las masas oscuras de los árboles”.

La ruta de Hernán Cortés


El 10 de febrero de 1519, desobedeciendo al gobernador de Cuba Diego Velázquez, Hernán Cortés (1485-1547) -nacido en Medellín, población de la comunidad autónoma de Extremadura, España-, ordena a su flota partir de La Habana para conquistar México- Tenochtitlan, objetivo que alcanza el 13 de agosto de 1521, 2 años y 7 meses después.

La armada consistía en 11 navíos, con 518 soldados, 16 jinetes, 13 arcabuceros, 32 ballesteros y 110 marineros. Llevaba 10 cañones de bronce y cuatro falconetes (pequeñas piezas de artillería, que arrojaban balas hasta de kilo y medio).

La empresa que se propone el aventurero en busca de riqueza y fama no es una tarea de fácil realización, ni desprovista de riesgos e incertidumbres, pero su decisión, arrojo y las circunstancias de tiempo y espacio se combinan para que logre su cometido.

De las innumerables crónicas y análisis históricos que se han hecho del episodio del cual el español es personaje sobresaliente, se recomienda leer La ruta de Hernán Cortés, del notable escritor Fernando Benítez, libro publicado por el Fondo de Cultura Económica, de gran amenidad y descripción detallada de los escenarios que de 1950 a la fecha han evolucionado sin perder la huella de la época en la que el extremeño estuvo en ellos.

Fernando Benítez, escritor, editor, antropólogo, etnólogo e historiador mexicano, nació el 16 de enero de 1912 y murió 21 de febrero de 2000. “Numerosas son las empresas culturales de la actualidad a las que va asociado el nombre de Fernando Benítez, particularmente en el campo del periodismo cultural, de la formación, planeación y desarrollo de los suplementos y revistas encargados de difundir la literatura.

“De la producción de Benítez destacan aquellos libros en que combina el ensayo con el reportaje; el primero que escribió en este género es La ruta de Hernán Cortés. El libro se remonta a la época en que América era - sin ese nombre, por supuesto- sólo una vaga intuición en la mente de algunos iluminados del Viejo Continente, el reinado del misterio, el mito, la utopía. Viene a continuación el descubrimiento de América por Colón para que el relato se centre en la persona de Hernán Cortés y, sobre todo, en la descripción documentada, puntual, bellamente escrita, del camino seguido por el conquistador hasta llegar a aquel 13 de agosto en que cayó la ciudad de Tenochtitlan”.

En esta obra Fernando Benítez nos da su visión de la conquista española de México y de lo que era hace casi 70 años la ruta que siguió el ejército invasor, desde su salida de Cuba hasta la actual ciudad de México. De la página web www.ecured.cu procede la siguiente sinopsis:

“Fernando Benítez narra la historia de lo sucedido en las primeras décadas del siglo XVI en el mar Caribe, el golfo de México y su costa, así como el arribo de los conquistadores españoles a la parte continental que llamaron Villa Rica de la Vera Cruz.

“La conquista de México es uno de los capítulos de la historia nacional, de Latinoamérica y del mundo, que marcaron un hito en el desarrollo de la humanidad. Mar e islas eran lo que dominaban los españoles en el Caribe. Varios navegantes hicieron expediciones buscando nuevas tierras y oro. En busca de oro encabezó Hernán Cortés la expedición que partió de Cuba, donde gobernaba Diego Velásquez.

“Buscando oro navegó rodeando la península de Yucatán y ahí se encontró a Jerónimo de Aguilar, tras el oro incursionó en el río caudaloso de Tabasco. Oro y esclavas le entregaron quienes, después de batallar, aceptaron ser súbditos del rey español. Malinalli está en el grupo de esclavas, después sería bautizada como Marina y sería interprete del náhuatl al maya para Cortés, el intérprete del maya al castellano sería Jerónimo de Aguilar.

“Fernando Benítez hace una descripción de cómo eran las ciudades que Cortés y su ejército se fueron encontrando –Cempoala, Tlaxcala. Cholula y Tenochtitlán- y, en un recorrido de hace más de seis décadas, cómo estaban esos mismos lugares: el pueblo de Cempoala a mediados del siglo XX, la ciudad de Tlaxcala y su barroco dieciochesco. Es generoso el autor cuando se refiere a Xalapa, sus caseríos, el verdor de las montañas que la rodean y lo colorido de sus jardines, la abundancia de agua y variedad de plantas. Reflexiona el autor sobre la transformación de Cholula después de la masacre de indígenas ordenada por Cortés. Su transformación al cristianismo impuesto con la espada, hasta la exageración de tener una capilla o templo para cada uno de los santos en todos los días del año.

“Los volcanes como testigos perennes. El andar del ejército de Cortés desde la costa hasta la altiplanicie, el ascenso para cruzar entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl para llegar al valle de Anáhuac. La visión de Tenochtitlán. La ciudad en el lago. La recepción del emperador Moctezuma. El gran mercado de Tlaltelolco –así lo escribe Benítez-. La apropiación por los españoles del tesoro de Auhízotl consentida por Moctezuma. La caída de Tenochtitlán y el fin del imperio mexica. En el último capítulo, el autor, hace un repaso de la transformación de Tenochtitlán, ciudad destruida por los conquistadores. En sus ruinas construida la ciudad colonial capital de la Nueva España. Y sus transformaciones hasta la primera mitad del siglo XX siendo ya la ciudad de México.

“De varias fuentes históricas, de lo escrito por Cortés en sus Cartas de relación y Bernal Díaz en su Crónica verdadera, hizo acopio Fernando Benítez y nos legó su visión de la conquista española de México y lo que era hace más de seis décadas la ruta que siguió el ejército invasor desde su salida de Cuba hasta lo que es hoy el centro político y económico de México”.

De Tlaxcala Benítez tiene la siguiente visión: “Tlaxcala se me ha ofrecido desde la torre del convento de San Francisco. Montes calizos la ciñen. Allá lejos, donde el cinturón de rocas se abre a los llanos fértiles de la meseta, la dulce curva del río Zahuapan tiñe de verdor el paisaje. Trepando por las faldas de la colina, dispersas como un rebaño de ovejas gigantescas, las iglesias de cúpulas rojas y de muros leprosos acentúan la aspereza de los agrios calveros y roquedades. La ciudad blanca se extiende a mis pies, recortada por las masas oscuras de los árboles”.

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