/ martes 16 de febrero de 2021

El avión de la simulación

Después de un vuelo de 11 minutos, el pasado 11 de febrero se inauguró la pista de aterrizaje del aeropuerto Felipe Ángeles en la Base Militar de Santa Lucía -entre chorros de agua para mitigar la polvareda-, con lo que el Presidente quiso demostrar el funcionamiento “óptimo” de tres aeropuertos al mismo tiempo. Lo que no se dijo es que se paralizaron operaciones en el de la Ciudad de México y en el de Toluca para que la aeronave que transportaba al presidente y su comitiva despegara, volara y aterrizara sin ningún peligro de colisión en el aire.

Es curioso, la narrativa presidencial busca transmitir la idea de “inauguración” con obras que bien podrían ser parte del siglo pasado, sin que se tenga la necesaria visión de modernidad para un país, su infraestructura y sus habitantes.

No cabe duda que la manipulación de los mensajes presidenciales está marcada por símbolos para conseguir sus fines de “divide y vencerás”, de añoranza a un pasado al que se aferra como forma indiscutible de solucionar los problemas nacionales, de simulación y falsas promesas en su estilo muy particular de atender “primero a los pobres” con estrategias clientelares que otorgan dinero de forma directa pero no garantizan bienes y servicios públicos de calidad.

Recordemos cuáles fueron sus argumentos para cancelar las obras del nuevo aeropuerto de Texcoco, por señalamientos directos a actos de corrupción: con los resultados atípicos que arrojó una consulta a modo, sin control ni el más mínimo rigor metodológico, que dieron lugar a la cancelación de contratos, a pesar de que ello obligaba a asumir penalizaciones por incumplir acuerdos que se pagaron, por supuesto, con recursos públicos.

Fue así como comenzaron las actividades para construir el nuevo aeropuerto, a cargo de ingenieros militares y la tropa en su conjunto, sin importar los estudios técnicos que comprobaban su inviabilidad, inseguridad e ineficacia.

Lo sucedido en Santa Lucía no es otra cosa que la manera recurrente en la que el Presidente ha evadido sus responsabilidades desde que se convirtió en Jefe de Estado, y en la que evoca la época de los años 70.

Nada nuevo ha demostrado ni con esta “mediática” inauguración ni con la que hizo del Tren Maya hace unos meses. Nos remite a escenas congeladas en las que parece que el tiempo no ha pasado. Podría ser el guion perfecto de una película para “volver al pasado”, en vez de llevarnos a un futuro prometedor después del crítico presente que nos ha hecho vivir. No hay nada peor que un hombre gobierne de esta manera, porque condena a las nuevas generaciones a la mediocridad.

El México en blanco y negro que quiere ver ha sido rebasado por una realidad de la era moderna que hoy tiene color y es digital, aunque tenga más pesar, más dolor, más preocupación por lo que su gobierno ha dejado de hacer por sus gobernados. Le ha apostado a que cada mexicana y cada mexicano inmersos en el dolor, la incertidumbre y la desesperación de sus propias historias de vida, ignoren lo que hoy sucede y luche por sobrevivir.

Le viene como “anillo al dedo” tener una nación paralizada, a cuyos habitantes les ha hecho creer que todo lo del pasado ha sido malo; de ahí la destrucción de instituciones, programas y órganos autónomos “neoliberales”. Nada mejor para él que, sin resolver las crisis en las que nos encontramos, prefiera dar pasos atrás, repartir dinero público y obstaculizar un futuro mejor. México no necesita caridad, necesita política pública, que no electoral.

Las y los ciudadanos no debemos permitir retrocesos ni que continúe con su objetivo de ser detonador de la polarización social.

Después de un vuelo de 11 minutos, el pasado 11 de febrero se inauguró la pista de aterrizaje del aeropuerto Felipe Ángeles en la Base Militar de Santa Lucía -entre chorros de agua para mitigar la polvareda-, con lo que el Presidente quiso demostrar el funcionamiento “óptimo” de tres aeropuertos al mismo tiempo. Lo que no se dijo es que se paralizaron operaciones en el de la Ciudad de México y en el de Toluca para que la aeronave que transportaba al presidente y su comitiva despegara, volara y aterrizara sin ningún peligro de colisión en el aire.

Es curioso, la narrativa presidencial busca transmitir la idea de “inauguración” con obras que bien podrían ser parte del siglo pasado, sin que se tenga la necesaria visión de modernidad para un país, su infraestructura y sus habitantes.

No cabe duda que la manipulación de los mensajes presidenciales está marcada por símbolos para conseguir sus fines de “divide y vencerás”, de añoranza a un pasado al que se aferra como forma indiscutible de solucionar los problemas nacionales, de simulación y falsas promesas en su estilo muy particular de atender “primero a los pobres” con estrategias clientelares que otorgan dinero de forma directa pero no garantizan bienes y servicios públicos de calidad.

Recordemos cuáles fueron sus argumentos para cancelar las obras del nuevo aeropuerto de Texcoco, por señalamientos directos a actos de corrupción: con los resultados atípicos que arrojó una consulta a modo, sin control ni el más mínimo rigor metodológico, que dieron lugar a la cancelación de contratos, a pesar de que ello obligaba a asumir penalizaciones por incumplir acuerdos que se pagaron, por supuesto, con recursos públicos.

Fue así como comenzaron las actividades para construir el nuevo aeropuerto, a cargo de ingenieros militares y la tropa en su conjunto, sin importar los estudios técnicos que comprobaban su inviabilidad, inseguridad e ineficacia.

Lo sucedido en Santa Lucía no es otra cosa que la manera recurrente en la que el Presidente ha evadido sus responsabilidades desde que se convirtió en Jefe de Estado, y en la que evoca la época de los años 70.

Nada nuevo ha demostrado ni con esta “mediática” inauguración ni con la que hizo del Tren Maya hace unos meses. Nos remite a escenas congeladas en las que parece que el tiempo no ha pasado. Podría ser el guion perfecto de una película para “volver al pasado”, en vez de llevarnos a un futuro prometedor después del crítico presente que nos ha hecho vivir. No hay nada peor que un hombre gobierne de esta manera, porque condena a las nuevas generaciones a la mediocridad.

El México en blanco y negro que quiere ver ha sido rebasado por una realidad de la era moderna que hoy tiene color y es digital, aunque tenga más pesar, más dolor, más preocupación por lo que su gobierno ha dejado de hacer por sus gobernados. Le ha apostado a que cada mexicana y cada mexicano inmersos en el dolor, la incertidumbre y la desesperación de sus propias historias de vida, ignoren lo que hoy sucede y luche por sobrevivir.

Le viene como “anillo al dedo” tener una nación paralizada, a cuyos habitantes les ha hecho creer que todo lo del pasado ha sido malo; de ahí la destrucción de instituciones, programas y órganos autónomos “neoliberales”. Nada mejor para él que, sin resolver las crisis en las que nos encontramos, prefiera dar pasos atrás, repartir dinero público y obstaculizar un futuro mejor. México no necesita caridad, necesita política pública, que no electoral.

Las y los ciudadanos no debemos permitir retrocesos ni que continúe con su objetivo de ser detonador de la polarización social.