/ martes 8 de diciembre de 2020

El gobierno de la tragedia

Después de “conocer“ los ya repetidos supuestos logros del gobierno de Morena, que dejan ver que sí “avanzamos“, acorde a propósitos y estrategias para acabar con la corrupción y el influyentismo, terminar con la inseguridad pública, generar oportunidades de desarrollo, contar con un sistema de salud pública como en Dinamarca, Reino Unido o Canadá, por mencionar lo más representativo de las promesas electorales, la realidad en datos nos indica que estamos en una compleja y delicada circunstancia socio política y económica.

Empezamos el tercer año con una grave situación sanitaria. Hoy por hoy, como nación, somos señalados por la insuficiente actuación de las autoridades para enfrentar la pandemia, por el alarmante incremento de personas contagiadas, posible saturación de los hospitales y el inminente aumento de fallecimientos, lo que se resume en las palabras del director general de la Organización Mundial de la Salud: “el ritmo del incremento de casos y muertes (de Covid-19) en México es muy preocupante“.

Las cifras son reveladoras: hay aproximadamente un millón 160 mil casos confirmados del peligroso virus y casi 110 mil personas fallecidas.

Ante esto, el Gobierno decidió lanzar un 'decálogo navideño' para retomar la sana distancia y el confinamiento, evitar peregrinaciones, fiestas, reuniones, pero en ningún momento se menciona el uso del cubrebocas para esta temporada. Se solicita hacerse la prueba si hay síntomas y acudir a los centros de salud que, a juzgar por las imágenes y testimonios, tienen comprometida la capacidad de atención. Es triste reconocer que pasamos de “domar la pandemia“, al chicotazo de realidad que ha generado tanto dolor y muerte.

Por otro lado, enfrentamos la notoria fractura dentro del equipo presidencial. Quienes han renunciado a ser utilizados, lo han hecho en congruencia con sus principios, negándose a ser un florero más y luchando contra los aduladores del sistema autoritario que en nada contribuye al desarrollo nacional.

Uno más que se va de las filas de este gobierno es Alfonso Romo, exjefe de la Oficina de la Presidencia, figura que necesitaba esta administración -sólo de forma- para presumir que la relación con el sector empresarial del país estaba afianzada, porque en el fondo, es ya una muestra de la falta de entendimiento con este sector, aunque se simule el reconocimiento del presidente: “nunca olvidaré que fue el primer empresario en adherirse al movimiento de la transformación“.

El empresario confió en las promesas del ayer candidato y por sus actos perdió credibilidad en su gremio (el primero de ellos, asegurar que el aeropuerto de Texcoco no se cancelaría); además constató que estaba al mando de una oficina sin muchas atribuciones, sin recursos suficientes para su incierto funcionamiento y sin mucho campo para tomar decisiones.

De hecho, los números decrecientes que le llevaron a criticar el modelo económico actual, por los 70 millones de pobres que hay, porque no hay objetivos claros para el combate a la pobreza, porque hay trabas en la inversión, porque en más de una ocasión se le desacreditó públicamente, fueron algunos de los elementos que seguramente apresuraron su salida.

Todo parece indicar que, en 24 meses, este Gobierno no está dispuesto a aprender la lección. Sus “otros datos” no le dejan ver la desilusión ni el descontento de los habitantes ante la ineficiencia de su actuación, como tampoco entiende la urgencia de que el cambio debe obedecer a lo errático de sus decisiones.

En este inicio del tercer año, las y los mexicanos demandamos que se terminen las simulaciones y auto complacencias. México merece algo mejor.

Después de “conocer“ los ya repetidos supuestos logros del gobierno de Morena, que dejan ver que sí “avanzamos“, acorde a propósitos y estrategias para acabar con la corrupción y el influyentismo, terminar con la inseguridad pública, generar oportunidades de desarrollo, contar con un sistema de salud pública como en Dinamarca, Reino Unido o Canadá, por mencionar lo más representativo de las promesas electorales, la realidad en datos nos indica que estamos en una compleja y delicada circunstancia socio política y económica.

Empezamos el tercer año con una grave situación sanitaria. Hoy por hoy, como nación, somos señalados por la insuficiente actuación de las autoridades para enfrentar la pandemia, por el alarmante incremento de personas contagiadas, posible saturación de los hospitales y el inminente aumento de fallecimientos, lo que se resume en las palabras del director general de la Organización Mundial de la Salud: “el ritmo del incremento de casos y muertes (de Covid-19) en México es muy preocupante“.

Las cifras son reveladoras: hay aproximadamente un millón 160 mil casos confirmados del peligroso virus y casi 110 mil personas fallecidas.

Ante esto, el Gobierno decidió lanzar un 'decálogo navideño' para retomar la sana distancia y el confinamiento, evitar peregrinaciones, fiestas, reuniones, pero en ningún momento se menciona el uso del cubrebocas para esta temporada. Se solicita hacerse la prueba si hay síntomas y acudir a los centros de salud que, a juzgar por las imágenes y testimonios, tienen comprometida la capacidad de atención. Es triste reconocer que pasamos de “domar la pandemia“, al chicotazo de realidad que ha generado tanto dolor y muerte.

Por otro lado, enfrentamos la notoria fractura dentro del equipo presidencial. Quienes han renunciado a ser utilizados, lo han hecho en congruencia con sus principios, negándose a ser un florero más y luchando contra los aduladores del sistema autoritario que en nada contribuye al desarrollo nacional.

Uno más que se va de las filas de este gobierno es Alfonso Romo, exjefe de la Oficina de la Presidencia, figura que necesitaba esta administración -sólo de forma- para presumir que la relación con el sector empresarial del país estaba afianzada, porque en el fondo, es ya una muestra de la falta de entendimiento con este sector, aunque se simule el reconocimiento del presidente: “nunca olvidaré que fue el primer empresario en adherirse al movimiento de la transformación“.

El empresario confió en las promesas del ayer candidato y por sus actos perdió credibilidad en su gremio (el primero de ellos, asegurar que el aeropuerto de Texcoco no se cancelaría); además constató que estaba al mando de una oficina sin muchas atribuciones, sin recursos suficientes para su incierto funcionamiento y sin mucho campo para tomar decisiones.

De hecho, los números decrecientes que le llevaron a criticar el modelo económico actual, por los 70 millones de pobres que hay, porque no hay objetivos claros para el combate a la pobreza, porque hay trabas en la inversión, porque en más de una ocasión se le desacreditó públicamente, fueron algunos de los elementos que seguramente apresuraron su salida.

Todo parece indicar que, en 24 meses, este Gobierno no está dispuesto a aprender la lección. Sus “otros datos” no le dejan ver la desilusión ni el descontento de los habitantes ante la ineficiencia de su actuación, como tampoco entiende la urgencia de que el cambio debe obedecer a lo errático de sus decisiones.

En este inicio del tercer año, las y los mexicanos demandamos que se terminen las simulaciones y auto complacencias. México merece algo mejor.

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