/ viernes 30 de octubre de 2020

El “Todos Santos” nuestro

La edad grecorromana fue la suma de herencias culturales más antiguas y coetáneas como la fenicia, la asiria, la babilónica, la cartaginesa y otras más. El cristianismo inicio su consolidación como institución universal en la era del romano Constantino. Poéticamente narra Horacio como Eneas, expulsado de Troya por los griegos pide permiso y se establece en las costas italianas, en aquella etapa en que Rómulo y Remo fundaron la ciudad eterna. Etapa de la historia cuyo sostén sociológico se explica a partir de lo que cada familia usa, venera, acostumbra y se rige por lo que cada ciudad-estado determina. Fueron los cimientos de los estados medievales y posteriormente de la nación moderna. Roma entrega al mundo aquella “montaña” de cultura y normas que tanto ha influido al mundo occidental, que conocemos como Derecho Romano, herencia recogida de los pueblos anteriores, en admirable síntesis de Justiniano que sigue asombrando a los modernos. Todo lo cual se fraguó en ciudades y en hogares. Cada familia grecorromana era un pequeño universo, en donde patrimonio, fuego, religión y costumbres eran uno solo. El patrimonio del hogar era sagrado, porque ahí habitaban los vivos, pero también deambulaban los muertos familiares. El fuego, la llama “sagrada” del hogar que nunca debía extinguirse, simbolizaba la vigencia de aquella dinastía. La religión de cada hogar fue una construcción politeísta, en donde el punto central del culto era para los ya idos. Las costumbres, entre las que se destacan las “libaciones y los banquetes sagrados” eran la viva evidencia de la pertenencia a una familia y participar en ellos era honrar a los dioses del hogar. Al contrario, el no participar era la desgracia de no pertenecer a esa familia, ser un ajen o extraño o quizás un desterrado. El “banquete” entre vivos y muertos era frecuente y encabezado por el jefe de familia, quien determinaba cuándo, cómo y dónde.

La sociedad tlaxcalteca nunca habrá de separarse de tradiciones tan antiguas, mientras nuestra “Madre Tlaxcala” exista. Los prehispánicos igual agasajaban cada ciclo a los muertos y la católica religión predominante estableció lo que ya estaba latente en el sentimiento del pueblo. El culto a nuestros muertos, los que, de acuerdo al rodar del calendario anual, están de visita a finales de octubre y principios de noviembre. Es indispensable recibirlos con la veneración y el cariño que se les guardó en vida y la memoria que de ellos hoy se tiene. El rito es exquisito: el caminito de flores para que se conduzcan y sepan que son bienvenidos. La regia mesa, abundante en pan, frutas, dulces, platillos regionales, el neutle de los dioses y tequila. Por supuesto, el incienso, la plegaria, la noche de calaveras y la visita al campo santo, en donde si es posible, hasta se come en compañía de muchos otros familiares. Ahora se verán disminuidas estas costumbres por la crisis sanitaria que nos azota, pero tiempos habrán de llegar en que con plenitud se manifiesten. El panteón, por sus raíces grecolatinas es el lugar donde están todos los dioses, nuestros dioses, aquellos a los que honramos porque gracias a ellos somos.

La fiesta de muertos es una tradición muy nuestra. México y Tlaxcala rebosan de costumbres. Las calendas que nos rigen son sucesión de conmemoraciones, acontecimientos y festejos. Nos distinguen, nos hacen únicos frente a los ajenos. Pátzcuaro y Mixquic son muestra deslumbrante de lo rico y variado de esta conmemoración. Las tumbas convertidas en refulgentes ascuas, vestimentadas de Cempasúchil, asistencias reverentes y contritas. Sucesión de plegarias, resonar de canciones. Es el “banquete sagrado” entre vivos y muertos. Es la celebración secular de que ellos vienen y se les recibe con alegría, bastedad y decoro. Fechas en las que las familias se congregan, amasan y hornean el pan. Las matronas, en cazos de cobre deshidratan dulces de calabaza, chayote, camote y pepita, que pasada la celebración, habrán de saborearse embarrados en hojaldras. Se aderezan pipián, mole y tamales. Se ahuequen “calaveras” de chilacayote y calabaza que habrán de hornearse con panela. Reminiscencia que vive entre nosotros. Un hogar Tlaxcalteca no es tal si no repite estas costumbres que vienen del fondo de los siglos y habrán de continuar. En ellas se funde lo nuestro y lo hispano. Movidos por el movimiento de que llegan aquellos antepasados nuestros de visita a nuestras casas. Este año se habrá de recibir a los que la pandemia cegó con su guadaña.

A pesar de los vaivenes de la globalidad, los intentos por desnacionalizarnos y la invasión transcultural, esas costumbres serán prevalecientes.

La edad grecorromana fue la suma de herencias culturales más antiguas y coetáneas como la fenicia, la asiria, la babilónica, la cartaginesa y otras más. El cristianismo inicio su consolidación como institución universal en la era del romano Constantino. Poéticamente narra Horacio como Eneas, expulsado de Troya por los griegos pide permiso y se establece en las costas italianas, en aquella etapa en que Rómulo y Remo fundaron la ciudad eterna. Etapa de la historia cuyo sostén sociológico se explica a partir de lo que cada familia usa, venera, acostumbra y se rige por lo que cada ciudad-estado determina. Fueron los cimientos de los estados medievales y posteriormente de la nación moderna. Roma entrega al mundo aquella “montaña” de cultura y normas que tanto ha influido al mundo occidental, que conocemos como Derecho Romano, herencia recogida de los pueblos anteriores, en admirable síntesis de Justiniano que sigue asombrando a los modernos. Todo lo cual se fraguó en ciudades y en hogares. Cada familia grecorromana era un pequeño universo, en donde patrimonio, fuego, religión y costumbres eran uno solo. El patrimonio del hogar era sagrado, porque ahí habitaban los vivos, pero también deambulaban los muertos familiares. El fuego, la llama “sagrada” del hogar que nunca debía extinguirse, simbolizaba la vigencia de aquella dinastía. La religión de cada hogar fue una construcción politeísta, en donde el punto central del culto era para los ya idos. Las costumbres, entre las que se destacan las “libaciones y los banquetes sagrados” eran la viva evidencia de la pertenencia a una familia y participar en ellos era honrar a los dioses del hogar. Al contrario, el no participar era la desgracia de no pertenecer a esa familia, ser un ajen o extraño o quizás un desterrado. El “banquete” entre vivos y muertos era frecuente y encabezado por el jefe de familia, quien determinaba cuándo, cómo y dónde.

La sociedad tlaxcalteca nunca habrá de separarse de tradiciones tan antiguas, mientras nuestra “Madre Tlaxcala” exista. Los prehispánicos igual agasajaban cada ciclo a los muertos y la católica religión predominante estableció lo que ya estaba latente en el sentimiento del pueblo. El culto a nuestros muertos, los que, de acuerdo al rodar del calendario anual, están de visita a finales de octubre y principios de noviembre. Es indispensable recibirlos con la veneración y el cariño que se les guardó en vida y la memoria que de ellos hoy se tiene. El rito es exquisito: el caminito de flores para que se conduzcan y sepan que son bienvenidos. La regia mesa, abundante en pan, frutas, dulces, platillos regionales, el neutle de los dioses y tequila. Por supuesto, el incienso, la plegaria, la noche de calaveras y la visita al campo santo, en donde si es posible, hasta se come en compañía de muchos otros familiares. Ahora se verán disminuidas estas costumbres por la crisis sanitaria que nos azota, pero tiempos habrán de llegar en que con plenitud se manifiesten. El panteón, por sus raíces grecolatinas es el lugar donde están todos los dioses, nuestros dioses, aquellos a los que honramos porque gracias a ellos somos.

La fiesta de muertos es una tradición muy nuestra. México y Tlaxcala rebosan de costumbres. Las calendas que nos rigen son sucesión de conmemoraciones, acontecimientos y festejos. Nos distinguen, nos hacen únicos frente a los ajenos. Pátzcuaro y Mixquic son muestra deslumbrante de lo rico y variado de esta conmemoración. Las tumbas convertidas en refulgentes ascuas, vestimentadas de Cempasúchil, asistencias reverentes y contritas. Sucesión de plegarias, resonar de canciones. Es el “banquete sagrado” entre vivos y muertos. Es la celebración secular de que ellos vienen y se les recibe con alegría, bastedad y decoro. Fechas en las que las familias se congregan, amasan y hornean el pan. Las matronas, en cazos de cobre deshidratan dulces de calabaza, chayote, camote y pepita, que pasada la celebración, habrán de saborearse embarrados en hojaldras. Se aderezan pipián, mole y tamales. Se ahuequen “calaveras” de chilacayote y calabaza que habrán de hornearse con panela. Reminiscencia que vive entre nosotros. Un hogar Tlaxcalteca no es tal si no repite estas costumbres que vienen del fondo de los siglos y habrán de continuar. En ellas se funde lo nuestro y lo hispano. Movidos por el movimiento de que llegan aquellos antepasados nuestros de visita a nuestras casas. Este año se habrá de recibir a los que la pandemia cegó con su guadaña.

A pesar de los vaivenes de la globalidad, los intentos por desnacionalizarnos y la invasión transcultural, esas costumbres serán prevalecientes.

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