/ sábado 27 de julio de 2019

LOS AVATARES DE NUESTRO TIEMPO

Los cambios en la historia y las crisis

Hoy, la sociedad contemporánea ha desvanecido y transformado de manera gradual los valores, principios e ideas fundamentales de la modernidad. Su caracterización como una sociedad en red ha abierto un nuevo mundo de posibilidades para relacionarse. También es real la presencia permanente del riesgo, la incertidumbre, la desconfianza, la inseguridad y el miedo como sentimientos que -irrefutablemente- han delineado una nueva forma de vida y cambios radicales en las instituciones: familia, gobiernos, etc.


Este ha sido, a todas luces, un proceso histórico, no de generación espontánea como algunos los han sugerido. Por el contrario, ahora se intenta conocer por qué se ha originado este estadio y entonces, una respuesta recurrente es la inexistencia de la literalidad en la historia y la afirmación de que ésta es un ciclo circular en el que sucesos se repiten a lo largo del tiempo en diferentes espacios.

Esta idea en el estudio de la economía se concentra en la teoría de los ciclos económicos que fue dominante por su potencialidad explicativa. Como una suerte de traslado, la teoría comenzó a discutirse como un argumento del ciclo de la historia de las civilizaciones y -en general- de la humanidad. De tal suerte, las fases: depresión-crisis; recuperación o expansión; auge y recesión; son conformantes del ciclo de la historia.

Al respecto, Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura) en el “El fin de un sistema” señaló: “La historia es lenta. Las naciones y los imperios requieren siglos para formarse, crecer y madurar; después, con la misma lentitud, se disgregan hasta que no queda de esas grandiosas construcciones sino montones de escombros, estatuas descalabradas y libros despedazados. El proceso histórico es tan lento que muy pocas veces sus cambios son perceptibles para aquellos que los viven. Pero el trabajo subterráneo del tiempo se manifiesta con repentina violencia y desencadena series de mutaciones que, a la vista de todos, se suceden con impresionante rapidez”.

El largo camino de la historia es sinuoso y, si se gráfica se verán crestas y simas que describen el auge y caída permanente en la estabilidad. El diferencial está en que los procesos de auge y caída no sostienen un comportamiento idéntico, sino que uno u otro puede ser más prolongado. En este sentido, el momento actual es el resultado de un proceso largo y, la aparente crisis, bien puede estar inmersa en la teoría de los ciclos.

Las repercusiones de los ciclos, tanto en periodos de auge como de crisis, se dan en generaciones completas y, desembocan en cambios radicales en el statu quo y en las instituciones y formas de organización de la sociedad, además en la formación de discursos y bloques ideológicos disruptivos con propuestas fuera de lo convencional. Tal y como ahora sucede en diferentes latitudes del mundo.

A pesar de que los ciclos en la historia prevén estos momentos, también es real lo que el propio Paz señala “la aceleración de la historia se debe, probablemente, a la concatenación de fuerzas silenciosamente a la obra durante años y años; una circunstancia fortuita las combina y su mezcla provoca cambios y explosiones”. En resumen, la historia es lenta, pero actores determinados pueden acelerar el proceso, sea para llegar a un momento de auge o a uno de crisis que -en consecuencia- produzca cambios sustanciales.

Bajo esta idea, el panorama internacional tiene una explicación fortalecida. El momento histórico que vivimos es de crisis y las consecuencias que ha atraído han sido de tal magnitud que la estabilidad en países de Sudamérica, Centroamérica, Medio Oriente e, incluso, Europa han sido puestas a prueba.

En el ámbito de lo político, el proceso histórico no ha sido menor, el debata ideológico ha sido persistente entre neoliberalismo y una posición más cercana al Estado de Bienestar. Además, la inestabilidad y la desconfianza han originado que el “Populismo” sea una opción de gobierno en franco crecimiento; los ejemplos sobran: la elección de Donald Trump en Estados Unidos; el mandato de Erdogan en Turquía; de Jair Bolsonaro en Brasil o de Tsipras en Grecia. Todos los mencionados bajo el común denominador de que su elección se dio en un contexto de inestabilidad nacional, desconfianza ciudadana hacia los partidos y políticos tradicionales, y de desilusión ante las instituciones más tradicionales de la época, así como de una creciente crítica hacia la propia democracia y la necesidad de escuchar un discurso sencillo que apelará a sus reales necesidades.

Así, las particularidades de cada país prácticamente quedan de lado, cuando se visualiza que el ciclo histórico en el que nos encontramos exige de salidas democráticas, contrarias a las que muchas naciones han seleccionado en el tiempo reciente para evitar que instituciones enteras defenezcan ante la popularidad de los nuevos regímenes y gobiernos.

Facebook: Luis Enrique Bermúdez Cruz

Twitter: @EnriqueBermC

Los cambios en la historia y las crisis

Hoy, la sociedad contemporánea ha desvanecido y transformado de manera gradual los valores, principios e ideas fundamentales de la modernidad. Su caracterización como una sociedad en red ha abierto un nuevo mundo de posibilidades para relacionarse. También es real la presencia permanente del riesgo, la incertidumbre, la desconfianza, la inseguridad y el miedo como sentimientos que -irrefutablemente- han delineado una nueva forma de vida y cambios radicales en las instituciones: familia, gobiernos, etc.


Este ha sido, a todas luces, un proceso histórico, no de generación espontánea como algunos los han sugerido. Por el contrario, ahora se intenta conocer por qué se ha originado este estadio y entonces, una respuesta recurrente es la inexistencia de la literalidad en la historia y la afirmación de que ésta es un ciclo circular en el que sucesos se repiten a lo largo del tiempo en diferentes espacios.

Esta idea en el estudio de la economía se concentra en la teoría de los ciclos económicos que fue dominante por su potencialidad explicativa. Como una suerte de traslado, la teoría comenzó a discutirse como un argumento del ciclo de la historia de las civilizaciones y -en general- de la humanidad. De tal suerte, las fases: depresión-crisis; recuperación o expansión; auge y recesión; son conformantes del ciclo de la historia.

Al respecto, Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura) en el “El fin de un sistema” señaló: “La historia es lenta. Las naciones y los imperios requieren siglos para formarse, crecer y madurar; después, con la misma lentitud, se disgregan hasta que no queda de esas grandiosas construcciones sino montones de escombros, estatuas descalabradas y libros despedazados. El proceso histórico es tan lento que muy pocas veces sus cambios son perceptibles para aquellos que los viven. Pero el trabajo subterráneo del tiempo se manifiesta con repentina violencia y desencadena series de mutaciones que, a la vista de todos, se suceden con impresionante rapidez”.

El largo camino de la historia es sinuoso y, si se gráfica se verán crestas y simas que describen el auge y caída permanente en la estabilidad. El diferencial está en que los procesos de auge y caída no sostienen un comportamiento idéntico, sino que uno u otro puede ser más prolongado. En este sentido, el momento actual es el resultado de un proceso largo y, la aparente crisis, bien puede estar inmersa en la teoría de los ciclos.

Las repercusiones de los ciclos, tanto en periodos de auge como de crisis, se dan en generaciones completas y, desembocan en cambios radicales en el statu quo y en las instituciones y formas de organización de la sociedad, además en la formación de discursos y bloques ideológicos disruptivos con propuestas fuera de lo convencional. Tal y como ahora sucede en diferentes latitudes del mundo.

A pesar de que los ciclos en la historia prevén estos momentos, también es real lo que el propio Paz señala “la aceleración de la historia se debe, probablemente, a la concatenación de fuerzas silenciosamente a la obra durante años y años; una circunstancia fortuita las combina y su mezcla provoca cambios y explosiones”. En resumen, la historia es lenta, pero actores determinados pueden acelerar el proceso, sea para llegar a un momento de auge o a uno de crisis que -en consecuencia- produzca cambios sustanciales.

Bajo esta idea, el panorama internacional tiene una explicación fortalecida. El momento histórico que vivimos es de crisis y las consecuencias que ha atraído han sido de tal magnitud que la estabilidad en países de Sudamérica, Centroamérica, Medio Oriente e, incluso, Europa han sido puestas a prueba.

En el ámbito de lo político, el proceso histórico no ha sido menor, el debata ideológico ha sido persistente entre neoliberalismo y una posición más cercana al Estado de Bienestar. Además, la inestabilidad y la desconfianza han originado que el “Populismo” sea una opción de gobierno en franco crecimiento; los ejemplos sobran: la elección de Donald Trump en Estados Unidos; el mandato de Erdogan en Turquía; de Jair Bolsonaro en Brasil o de Tsipras en Grecia. Todos los mencionados bajo el común denominador de que su elección se dio en un contexto de inestabilidad nacional, desconfianza ciudadana hacia los partidos y políticos tradicionales, y de desilusión ante las instituciones más tradicionales de la época, así como de una creciente crítica hacia la propia democracia y la necesidad de escuchar un discurso sencillo que apelará a sus reales necesidades.

Así, las particularidades de cada país prácticamente quedan de lado, cuando se visualiza que el ciclo histórico en el que nos encontramos exige de salidas democráticas, contrarias a las que muchas naciones han seleccionado en el tiempo reciente para evitar que instituciones enteras defenezcan ante la popularidad de los nuevos regímenes y gobiernos.

Facebook: Luis Enrique Bermúdez Cruz

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