/ sábado 28 de noviembre de 2020

Los Avatares de Nuestro Tiempo | La era de la posverdad y las noticias falsas

En el espacio emancipado de la opinión, la objetividad muchas veces pierde lugar. Sin embargo, resulta preocupante que el apego a la veracidad se convierta en una idea cuasi utópica tanto en la emisión de opiniones como en la difusión y construcción del espacio noticioso sobre el que, dicho sea, se forma la opinión pública y las percepciones sobre determinados hechos o acontecimientos. Este complejo escenario en el que cualquier opinión o noticia se convierte en "verdad" es quizás el resultado de la sobreoferta de información (no toda con el mismo valor) con la condición de máxima accesibilidad prácticamente sin controles de verificación más que el del arbitrio colectivo medido en la capacidad de "viralizarse". Es decir, entre más se comparta, el nivel de aceptación crece y con ello se obtiene la calificación de "verdad".

Desde hace algunos años este fenómeno ha sido calificado como la era de la posverdad, es decir, el conjunto de circunstancias en las que los hechos objetivos (aquello que realmente sucede y tiene consecuencias de facto) son menos influyentes en la opinión pública en comparación con las emociones y las creencias personales. Justo ante esta explicación se comprende la generación y difusión de fake news (noticias falsas), las cuales generan impacto inmediato en las emociones, opiniones y percepciones de las personas, ya sea para generar una acción o la desmovilización según sea la intencionalidad de quien difunde dichos elementos.

En medio de la reverberación social y las discusiones públicas sobre los asuntos que a la colectividad afectan, la emisión de noticias falsas, además de generar confusión también generan un foco de atención paralelo y muchas veces contrario a los realmente importantes. Reitero que la capacidad de obtener información, sobre todo a partir del uso extendido de internet, propicia exponencialmente la posibilidad de que las noticias falsas se conciban como verdad. Nada más peligroso, por ejemplo, para la acción gubernamental, la cual debe moverse en espacios de certidumbre, veracidad y objetividad.

En el mundo, la era de la posverdad y la difusión de las fake news son notorias. Solamente basta con analizar el reciente proceso electoral en los Estados Unidos de Norteamérica, en el que el uso de indiscriminado de perfiles falsos en redes sociales permitió difundir noticias falsas o una innumerable de descalificaciones entre candidatos. Además, algunos medios de comunicación con poco reconocimiento también entraron a este juego interminable con repercusiones sociales aún insospechadas.

En este mismo caso estadounidense la "posverdad" llegó hasta las estructuras gubernamentales y de toma de decisiones. El candidato republicano difundía noticias falsas abiertamente. Empero, los medios de comunicación con mayor trascendencia internaciones y las propias redes sociales, por ejemplo, twitter y facebook, decidieron realizar un ejercicio de "censura afirmativa o positiva" señalando la nula objetividad o veracidad de lo señalado por dicho personaje. En México, en el proceso electoral del 2018 surgió la iniciativa "Verificado 2018" en la que diferentes medios de comunicación identificaban y alertaban de la presencia de noticias falsas que podrían tener como objetivo: descalificar candidatos participantes, desmovilizar el proceso electoral o desincentivar a la ciudadanía a emitir su sufragio. Evidentemente fue un movimiento reintegrador de la objetividad y francamente en combate con la parcialidad y falsedad con que se pretende, en muchos casos, formar o deformar la opinión pública y las opiniones y percepciones de las personas.

En el caso de Tlaxcala, actualmente con un proceso electoral iniciado se debe gestar un movimiento que inhiba la posibilidad de desinformar a la población. Con ambición, la práctica debiera alcanzar muchos otros espectros de la vida pública, como el caso del manejo de la actual pandemia en la que, en el brinco parabólico de falsedad hacia la verdad, es muy corto.

Ahora bien, centrados únicamente en lo electoral, tanto las instituciones encargadas de la administración del proceso, los medios de comunicación, así como los partidos políticos y los propios aspirantes y próximamente candidatos debieran invertir más en equipos sólidos de monitoreo de redes y medios de comunicación para identificar, alertar y nulificar la presencia de noticias falsas. No es un tema menor. La emancipación del espacio de la opinión y el noticioso más bien se gesta con objetividad y apego a la verdad.

En el espacio emancipado de la opinión, la objetividad muchas veces pierde lugar. Sin embargo, resulta preocupante que el apego a la veracidad se convierta en una idea cuasi utópica tanto en la emisión de opiniones como en la difusión y construcción del espacio noticioso sobre el que, dicho sea, se forma la opinión pública y las percepciones sobre determinados hechos o acontecimientos. Este complejo escenario en el que cualquier opinión o noticia se convierte en "verdad" es quizás el resultado de la sobreoferta de información (no toda con el mismo valor) con la condición de máxima accesibilidad prácticamente sin controles de verificación más que el del arbitrio colectivo medido en la capacidad de "viralizarse". Es decir, entre más se comparta, el nivel de aceptación crece y con ello se obtiene la calificación de "verdad".

Desde hace algunos años este fenómeno ha sido calificado como la era de la posverdad, es decir, el conjunto de circunstancias en las que los hechos objetivos (aquello que realmente sucede y tiene consecuencias de facto) son menos influyentes en la opinión pública en comparación con las emociones y las creencias personales. Justo ante esta explicación se comprende la generación y difusión de fake news (noticias falsas), las cuales generan impacto inmediato en las emociones, opiniones y percepciones de las personas, ya sea para generar una acción o la desmovilización según sea la intencionalidad de quien difunde dichos elementos.

En medio de la reverberación social y las discusiones públicas sobre los asuntos que a la colectividad afectan, la emisión de noticias falsas, además de generar confusión también generan un foco de atención paralelo y muchas veces contrario a los realmente importantes. Reitero que la capacidad de obtener información, sobre todo a partir del uso extendido de internet, propicia exponencialmente la posibilidad de que las noticias falsas se conciban como verdad. Nada más peligroso, por ejemplo, para la acción gubernamental, la cual debe moverse en espacios de certidumbre, veracidad y objetividad.

En el mundo, la era de la posverdad y la difusión de las fake news son notorias. Solamente basta con analizar el reciente proceso electoral en los Estados Unidos de Norteamérica, en el que el uso de indiscriminado de perfiles falsos en redes sociales permitió difundir noticias falsas o una innumerable de descalificaciones entre candidatos. Además, algunos medios de comunicación con poco reconocimiento también entraron a este juego interminable con repercusiones sociales aún insospechadas.

En este mismo caso estadounidense la "posverdad" llegó hasta las estructuras gubernamentales y de toma de decisiones. El candidato republicano difundía noticias falsas abiertamente. Empero, los medios de comunicación con mayor trascendencia internaciones y las propias redes sociales, por ejemplo, twitter y facebook, decidieron realizar un ejercicio de "censura afirmativa o positiva" señalando la nula objetividad o veracidad de lo señalado por dicho personaje. En México, en el proceso electoral del 2018 surgió la iniciativa "Verificado 2018" en la que diferentes medios de comunicación identificaban y alertaban de la presencia de noticias falsas que podrían tener como objetivo: descalificar candidatos participantes, desmovilizar el proceso electoral o desincentivar a la ciudadanía a emitir su sufragio. Evidentemente fue un movimiento reintegrador de la objetividad y francamente en combate con la parcialidad y falsedad con que se pretende, en muchos casos, formar o deformar la opinión pública y las opiniones y percepciones de las personas.

En el caso de Tlaxcala, actualmente con un proceso electoral iniciado se debe gestar un movimiento que inhiba la posibilidad de desinformar a la población. Con ambición, la práctica debiera alcanzar muchos otros espectros de la vida pública, como el caso del manejo de la actual pandemia en la que, en el brinco parabólico de falsedad hacia la verdad, es muy corto.

Ahora bien, centrados únicamente en lo electoral, tanto las instituciones encargadas de la administración del proceso, los medios de comunicación, así como los partidos políticos y los propios aspirantes y próximamente candidatos debieran invertir más en equipos sólidos de monitoreo de redes y medios de comunicación para identificar, alertar y nulificar la presencia de noticias falsas. No es un tema menor. La emancipación del espacio de la opinión y el noticioso más bien se gesta con objetividad y apego a la verdad.