/ sábado 5 de diciembre de 2020

Los Avatares de Nuestro Tiempo | La inviabilidad del poder por el poder

La política de nuestro tiempo se mueve entre lo doctrinario y lo pragmático. Es quizás la aspiración permanente por ejercer el poder, el elemento sustancial, movilizador e impulsor de la ruptura o superación de factores ideológicos, los cuales son vistos (por muchos) incluso como rémoras de la practicidad política que impiden arribar a la toma de decisiones. Este es el signo de la posmodernidad. No obstante, persisten aquellos que, visualizan a la política justo como el espacio de la conversión ideológica hacia las acciones concretas. La ideología como brújula de la acción política y para la toma de decisiones con trascendencia colectiva.

Basta con observar a los personajes del plano internacional desprovistos de elementos ideológicos o de doctrina política. Ellos han terminado por errar en decisiones de política pública, generar descontento, perder foco electoral, constituir bloques críticos irreconciliables en la opinión pública y, sobre todo, extraviar el camino de un proyecto de país; los ejemplos son numerosos: Estados Unidos, Brasil o Reino Unido. Dichos países comparten la condición contemporánea del vaciamiento ideológico en la actividad política y por tanto el arribo de proyectos faltos de referentes históricos, sociales y políticos.

Si por un lado está el abandono de las ideologías, del otro extremo se encuentra la exacerbación de las ideologías. Esas posturas radicales, han dejado de manifiesto problemas representados en formar totalitarias de gobierno, proyectos radicales que han derivado en los más deshonrosos acontecimientos del siglo XX. Bajo esta tesitura, la doctrina política y la ideología son necesarias en el ejercicio del poder, con controles efectivos en entornos democráticos en los que tienen espacio de expresión e incidencia en la toma de decisiones todo tipo de grupos, intereses, consignas y diversos ángulos ideológicos. Es justamente ese escenario por el que Bernard Crick, profesor de la London School of Economics, redactó el célebre libro "En defensa de la política", entendida como la actividad en la que se concilian intereses divergentes en torno a una unidad determinada, por ejemplo, un programa de gobierno donde confluyen diversos grupos.

A pesar de que la política requiere de esta capacidad de diálogo y de lograr consensos, la actividad no puede estar desprovista de los factores doctrinarios e ideológicos; estos últimos requieren ser defendidos ante los embates del pragmatismo desmedido. De tal suerte que las discusiones y búsqueda de acuerdos sean más cercanos a saber y conocer cómo resolver los problemas públicos desde diferentes visiones que a cómo gestar la repartición de los espacios de poder. De lo contrario, la presencia de la actividad política sin ideas no es más que la burda y vulgar búsqueda del poder por el poder.

Conviene rescatar estos debates, entre teóricos y prácticos, sobre todo bajo el contexto en el que el mundo se encuentra: ante una crisis económica, un reto indudable para los sistemas de salud pública y la expansión de la incertidumbre como forma cotidiana de vida entre la población, con todas repercusiones que eso significa. Además, tiene especial relevancia dada la proximidad de la jornada electoral del año 2021. Dicho proceso electoral deberá -en este momento histórico- ser el indicativo de que las ideologías están presentes, pero también pueden hallar espacios de interconexión entre unas y otras. Ojalá sea así. Sobre todo, porque los problemas públicos son cada vez de mayor complejidad y eso exige de complementar visiones y generar acciones colectivas con el conocimiento extendido entre la población.

Sin embargo, las expresiones políticas conjuntas deben sustentarse verdaderamente en agendas programáticas sólidas y abandonar la acción concertada del poder por el poder. De hecho, ante la opinión pública no hay engaño. Es notorio cuando un proyecto cuenta con los elementos doctrinarios, ideológicos, programáticos y de ideas suficientes, pero, sobre todo, cuando estos ingredientes están ausentes. La labor de la ciudadanía es informarse suficientemente y abrir la vista para diferenciar entre los pragmáticos contemporáneos y los pragmáticos abrazados a las ideas y doctrinas políticas que orientarán la toma de decisiones.

En este momento histórico convienen los proyectos basados en ideas de cómo afrontar los retos más importantes, aquellos que incluso definirán el futuro generacional de muchos. Las ideologías políticas son también el antídoto a la improvisación y sobre todo evidencian la inviabilidad del poder por el poder.

La política de nuestro tiempo se mueve entre lo doctrinario y lo pragmático. Es quizás la aspiración permanente por ejercer el poder, el elemento sustancial, movilizador e impulsor de la ruptura o superación de factores ideológicos, los cuales son vistos (por muchos) incluso como rémoras de la practicidad política que impiden arribar a la toma de decisiones. Este es el signo de la posmodernidad. No obstante, persisten aquellos que, visualizan a la política justo como el espacio de la conversión ideológica hacia las acciones concretas. La ideología como brújula de la acción política y para la toma de decisiones con trascendencia colectiva.

Basta con observar a los personajes del plano internacional desprovistos de elementos ideológicos o de doctrina política. Ellos han terminado por errar en decisiones de política pública, generar descontento, perder foco electoral, constituir bloques críticos irreconciliables en la opinión pública y, sobre todo, extraviar el camino de un proyecto de país; los ejemplos son numerosos: Estados Unidos, Brasil o Reino Unido. Dichos países comparten la condición contemporánea del vaciamiento ideológico en la actividad política y por tanto el arribo de proyectos faltos de referentes históricos, sociales y políticos.

Si por un lado está el abandono de las ideologías, del otro extremo se encuentra la exacerbación de las ideologías. Esas posturas radicales, han dejado de manifiesto problemas representados en formar totalitarias de gobierno, proyectos radicales que han derivado en los más deshonrosos acontecimientos del siglo XX. Bajo esta tesitura, la doctrina política y la ideología son necesarias en el ejercicio del poder, con controles efectivos en entornos democráticos en los que tienen espacio de expresión e incidencia en la toma de decisiones todo tipo de grupos, intereses, consignas y diversos ángulos ideológicos. Es justamente ese escenario por el que Bernard Crick, profesor de la London School of Economics, redactó el célebre libro "En defensa de la política", entendida como la actividad en la que se concilian intereses divergentes en torno a una unidad determinada, por ejemplo, un programa de gobierno donde confluyen diversos grupos.

A pesar de que la política requiere de esta capacidad de diálogo y de lograr consensos, la actividad no puede estar desprovista de los factores doctrinarios e ideológicos; estos últimos requieren ser defendidos ante los embates del pragmatismo desmedido. De tal suerte que las discusiones y búsqueda de acuerdos sean más cercanos a saber y conocer cómo resolver los problemas públicos desde diferentes visiones que a cómo gestar la repartición de los espacios de poder. De lo contrario, la presencia de la actividad política sin ideas no es más que la burda y vulgar búsqueda del poder por el poder.

Conviene rescatar estos debates, entre teóricos y prácticos, sobre todo bajo el contexto en el que el mundo se encuentra: ante una crisis económica, un reto indudable para los sistemas de salud pública y la expansión de la incertidumbre como forma cotidiana de vida entre la población, con todas repercusiones que eso significa. Además, tiene especial relevancia dada la proximidad de la jornada electoral del año 2021. Dicho proceso electoral deberá -en este momento histórico- ser el indicativo de que las ideologías están presentes, pero también pueden hallar espacios de interconexión entre unas y otras. Ojalá sea así. Sobre todo, porque los problemas públicos son cada vez de mayor complejidad y eso exige de complementar visiones y generar acciones colectivas con el conocimiento extendido entre la población.

Sin embargo, las expresiones políticas conjuntas deben sustentarse verdaderamente en agendas programáticas sólidas y abandonar la acción concertada del poder por el poder. De hecho, ante la opinión pública no hay engaño. Es notorio cuando un proyecto cuenta con los elementos doctrinarios, ideológicos, programáticos y de ideas suficientes, pero, sobre todo, cuando estos ingredientes están ausentes. La labor de la ciudadanía es informarse suficientemente y abrir la vista para diferenciar entre los pragmáticos contemporáneos y los pragmáticos abrazados a las ideas y doctrinas políticas que orientarán la toma de decisiones.

En este momento histórico convienen los proyectos basados en ideas de cómo afrontar los retos más importantes, aquellos que incluso definirán el futuro generacional de muchos. Las ideologías políticas son también el antídoto a la improvisación y sobre todo evidencian la inviabilidad del poder por el poder.