/ martes 2 de julio de 2019

No me digas mi reina

No me digas mi reina, estamos hablando seriamente, le dijo a un poderoso empresario Carmen Aristegui en una entrevista. El señor en cuestión al pretender explicar a Carmen algo que a su juicio ella no comprendía, utilizó esta expresión que no significa otra cosa en su caso que soberbia y a su juicio conmiseración hacia la “pobre mujer” que no entendía lo que el tan inteligente sujeto intentaba infructuosamente -por equivocado- explicar.

Amable pero firme, con esa sola frase: “No me digas mi reina”, Aristegui abrió el debate que muchas mujeres platicamos cada vez más entre nosotras; estos apelativos “cariñosos” con que muchos hombres se refieren a nosotras en nuestro quehacer laboral y profesional.

No, no nos gusta que en lugar de llamarnos por nuestros nombres o al menos el diminutivo de ellos si así es costumbre, nos llamen con palabras tan tiernas y cálidas que brincan la línea de la cortesía y que por supuesto no utilizarían si esa misma mujer fuese su superior jerárquico.

En una conferencia que impartí en una universidad autónoma que recién instaló su unidad de igualdad de género puse justamente de ejemplo que en un evento con la gobernadora Pavlovich de Sonora, de ninguna manera un hombre se referiría a ella en términos como “Buen día chula”, “Qué tal te va, muñeca”, “Espérame un ratito, linda”. A la señora se le refiere como Gobernadora o simplemente como Claudia.

Este párrafo va para los hombres que están leyendo: No nos malinterpreten; claro que a las mujeres nos gusta y halaga que un caballero sea cortés con nosotras, claro que nos gustan las palabras fraternas, respetuosas y amables, de lo que escribo hoy es de esa pequeña línea en la que esas mismas palabras no serían dirigidas a una mujer si ella tuviese mayor rango o poder que el hombre en cuestión.

Los apelativos que van más allá de la buena educación muestran descalificación, sentido de importancia desmedido y velada misoginia. La aspiración de este humilde escrito es que los señores llenen de esas palabras cariñosas a las mujeres de su entorno personal y ojalá ellas así mismo correspondan, bastante falta hace lo bonito y bueno en nuestra sociedad pero que en cuestiones laborales sean profesionales y nos traten como lo que somos: compañeras de trabajo. Nada más queremos recibir, pero tampoco nada menos.

No; en el plano profesional, no nos digan “Mi reina”.

No me digas mi reina, estamos hablando seriamente, le dijo a un poderoso empresario Carmen Aristegui en una entrevista. El señor en cuestión al pretender explicar a Carmen algo que a su juicio ella no comprendía, utilizó esta expresión que no significa otra cosa en su caso que soberbia y a su juicio conmiseración hacia la “pobre mujer” que no entendía lo que el tan inteligente sujeto intentaba infructuosamente -por equivocado- explicar.

Amable pero firme, con esa sola frase: “No me digas mi reina”, Aristegui abrió el debate que muchas mujeres platicamos cada vez más entre nosotras; estos apelativos “cariñosos” con que muchos hombres se refieren a nosotras en nuestro quehacer laboral y profesional.

No, no nos gusta que en lugar de llamarnos por nuestros nombres o al menos el diminutivo de ellos si así es costumbre, nos llamen con palabras tan tiernas y cálidas que brincan la línea de la cortesía y que por supuesto no utilizarían si esa misma mujer fuese su superior jerárquico.

En una conferencia que impartí en una universidad autónoma que recién instaló su unidad de igualdad de género puse justamente de ejemplo que en un evento con la gobernadora Pavlovich de Sonora, de ninguna manera un hombre se referiría a ella en términos como “Buen día chula”, “Qué tal te va, muñeca”, “Espérame un ratito, linda”. A la señora se le refiere como Gobernadora o simplemente como Claudia.

Este párrafo va para los hombres que están leyendo: No nos malinterpreten; claro que a las mujeres nos gusta y halaga que un caballero sea cortés con nosotras, claro que nos gustan las palabras fraternas, respetuosas y amables, de lo que escribo hoy es de esa pequeña línea en la que esas mismas palabras no serían dirigidas a una mujer si ella tuviese mayor rango o poder que el hombre en cuestión.

Los apelativos que van más allá de la buena educación muestran descalificación, sentido de importancia desmedido y velada misoginia. La aspiración de este humilde escrito es que los señores llenen de esas palabras cariñosas a las mujeres de su entorno personal y ojalá ellas así mismo correspondan, bastante falta hace lo bonito y bueno en nuestra sociedad pero que en cuestiones laborales sean profesionales y nos traten como lo que somos: compañeras de trabajo. Nada más queremos recibir, pero tampoco nada menos.

No; en el plano profesional, no nos digan “Mi reina”.

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