/ viernes 11 de enero de 2019

SECRETO A VOCES

Y de los muertos de la paz… ¿quién es responsable?

Franco Basaglia fue un crítico de la psiquiatría institucional de origen italiano, que visitó y vivió en México a finales del siglo pasado. De él me llamó la atención el uso de un término: “Los crímenes de la paz”. Por crímenes de la paz entiende como aquel acto mediante el que se impone un control de la población a través de instituciones de salud, sus medicamentos y médicos o psiquiatras, bajo el pretexto de que se brindará atención y cura a una enfermedad. No cuestiona la enfermedad sino el uso de la enfermedad para someter a la población a procesos de control social.

Me parece que es un concepto con una fuerte dosis de crítica a la atención que se brinda a la salud mental o a la salud en general. Muy propia de varias corrientes que tienen como origen la psiquiatría freudiana (y las ciencias sociales), y que retomaron los fundamentos del autor de El malestar de la cultura, en la segunda centuria del siglo pasado, con el fin de cuestionar el encierro psiquiátrico y el papel del médico. No es la intención reeditar sus postulados pero sí retomar ese concepto con el fin de valorar hechos de nuestro mundo contemporáneo.

Basaglia, y su esposa Franca Basaglia, incrustan su crítica en la antigua concepción de una sociedad de clases, por lo que la paz es una especie de paz, pero en un escenario de conflictos de clase. Para estos autores, la crítica que hace al tratamiento de la enfermedad se ubica dentro de la lógica de una sociedad en la que el enfermo y la enfermedad forman parte de un entramado político-médico-biológico, que instaura un instrumental orientado a curar con el fin de reincorporar al enfermo a los ciclos productivos en donde no existe la cura.

Se trata de un concepto que nos ubica en las postrimerías del siglo pasado, pero que igual nos puede ayudar para comprender cosas del mundo contemporáneo, del ahora, por ejemplo, los niños que murieron en los límites de la alcaldía de Iztapalapa, el 28 de diciembre pasado, al parecer por una contingencia que tuvo que ver con, aparentemente, el incendio de su vivienda mientras los pequeños dormían. El mismo ejemplo puede citarse del que muere de frío, o la muerte por falta de atención médica, etcétera.

No ocurren por muertes violentas como resultado de una guerra formal, digamos. Pero a diario mueren miles de personas que, bajo otras circunstancias, tal vez esas muertes podrían haberse evitado, o bien, en un futuro pueden evitarse. El punto es que pasan y siguen ocurriendo como parte de nuestra cotidianidad normalizada, por lo que aquí intentaremos una explicación que nos ubique o nos permita comprender o responder a la pregunta: las muertes de la paz a las que aquí hacemos referencia, ¿tienen alguna función o simplemente ocurren porque sí?

Habría que ubicar estas muertes, como lo hace Buscaglia con respecto a la enfermedad, en un entramado sociopolítico y no en explicaciones de la sociología de la pobreza. Estas muertes ocurren en ciertas capas de la sociedad, a las que se les quema la casa; quienes habitan en un lugar por el que súbitamente fluye un caudal de agua que los deje sin casa y “arrastra” a la familia o alguno de sus miembros; o de pronto, un vehículo a toda velocidad se estrella en una vivienda, dejando muertos por doquier; alguien quiere cruzar la frontera y termina muerto por insolación, etcétera.

Una primera aproximación a esta problemática, es que existen mecanismos de exclusión sociocultural que poco a poco crean un déficit de conocimientos que impiden la prevención, porque se acompaña con falta de capital económico que permitiría sortear técnicamente hechos inaprehensibles por el déficit cultural. Todos los ejemplos que hemos citado son parte de la nota “roja” de las secciones policiacas o que atrapan al lector con menos cúmulo de conocimientos. Medios que, por cierto, se han generalizado con ese tinte especial.

Así como la exclusión social localiza a ciertas capas de la población en determinados espacios del territorio de acuerdo a lo que han acumulado como capital, de la misma manera la cultura se va arraigando en cada familia e individuo, pero en función de la posición que guarda al interior de la sociedad. Así como los clasificados como pobres no van a vivir en una zona residencial, quienes poseen un déficit de cultura no van a comprender, aunque parezca increíble, que su casa se quema si encienten una fogata en su interior para librarse del frío, porque el techo es de cartón o lámina

El déficit cultural que limita la comprensión de lo que ocurre a nuestro alrededor no es patrimonio de los grupos ubicados en la parte baja de la escala social, por supuesto. La diferencia radica en que quienes carecen de cultura, pero se encuentran en la cúspide de la escala, cuentan con un instrumental monetario y técnico protector que les permite atenuar el déficit cultural con el que cohabitan socialmente. Están menos expuestos a que un conductor de un auto cualquiera, en estado de ebriedad, se duerma en el volante y les corte la vida como peatón.

El déficit cultural debe incrustarse en el marco de una sociedad que hace acopio de este déficit porque crea condiciones para que operen mecanismos de control social de poder. El déficit cultural permite la circulación de esa forma de poder que nubla la capacidad de operar de algunas facultades del cerebro, como las de comprender lo que ocurre a nuestro alrededor. Es parte del proceso de socialización de una política que inhibe la “acción generativa”, aquella que da pie pensar y crear un lenguaje propio y manera de nombrar las cosas.

Poco a poco el cuerpo individual, familiar y social, va alojando déficits culturales debido a que el sistema distribuye saberes de manera desigual, lo que dificulta la comprensión de cosas sencillas que cuestan la muerte y dan origen a las muertes de la paz…


*Periodista por la UNAM, doctor en ciencias por el Colegio de Postgraduados-Campus Puebla y profesor de la UATx.

Y de los muertos de la paz… ¿quién es responsable?

Franco Basaglia fue un crítico de la psiquiatría institucional de origen italiano, que visitó y vivió en México a finales del siglo pasado. De él me llamó la atención el uso de un término: “Los crímenes de la paz”. Por crímenes de la paz entiende como aquel acto mediante el que se impone un control de la población a través de instituciones de salud, sus medicamentos y médicos o psiquiatras, bajo el pretexto de que se brindará atención y cura a una enfermedad. No cuestiona la enfermedad sino el uso de la enfermedad para someter a la población a procesos de control social.

Me parece que es un concepto con una fuerte dosis de crítica a la atención que se brinda a la salud mental o a la salud en general. Muy propia de varias corrientes que tienen como origen la psiquiatría freudiana (y las ciencias sociales), y que retomaron los fundamentos del autor de El malestar de la cultura, en la segunda centuria del siglo pasado, con el fin de cuestionar el encierro psiquiátrico y el papel del médico. No es la intención reeditar sus postulados pero sí retomar ese concepto con el fin de valorar hechos de nuestro mundo contemporáneo.

Basaglia, y su esposa Franca Basaglia, incrustan su crítica en la antigua concepción de una sociedad de clases, por lo que la paz es una especie de paz, pero en un escenario de conflictos de clase. Para estos autores, la crítica que hace al tratamiento de la enfermedad se ubica dentro de la lógica de una sociedad en la que el enfermo y la enfermedad forman parte de un entramado político-médico-biológico, que instaura un instrumental orientado a curar con el fin de reincorporar al enfermo a los ciclos productivos en donde no existe la cura.

Se trata de un concepto que nos ubica en las postrimerías del siglo pasado, pero que igual nos puede ayudar para comprender cosas del mundo contemporáneo, del ahora, por ejemplo, los niños que murieron en los límites de la alcaldía de Iztapalapa, el 28 de diciembre pasado, al parecer por una contingencia que tuvo que ver con, aparentemente, el incendio de su vivienda mientras los pequeños dormían. El mismo ejemplo puede citarse del que muere de frío, o la muerte por falta de atención médica, etcétera.

No ocurren por muertes violentas como resultado de una guerra formal, digamos. Pero a diario mueren miles de personas que, bajo otras circunstancias, tal vez esas muertes podrían haberse evitado, o bien, en un futuro pueden evitarse. El punto es que pasan y siguen ocurriendo como parte de nuestra cotidianidad normalizada, por lo que aquí intentaremos una explicación que nos ubique o nos permita comprender o responder a la pregunta: las muertes de la paz a las que aquí hacemos referencia, ¿tienen alguna función o simplemente ocurren porque sí?

Habría que ubicar estas muertes, como lo hace Buscaglia con respecto a la enfermedad, en un entramado sociopolítico y no en explicaciones de la sociología de la pobreza. Estas muertes ocurren en ciertas capas de la sociedad, a las que se les quema la casa; quienes habitan en un lugar por el que súbitamente fluye un caudal de agua que los deje sin casa y “arrastra” a la familia o alguno de sus miembros; o de pronto, un vehículo a toda velocidad se estrella en una vivienda, dejando muertos por doquier; alguien quiere cruzar la frontera y termina muerto por insolación, etcétera.

Una primera aproximación a esta problemática, es que existen mecanismos de exclusión sociocultural que poco a poco crean un déficit de conocimientos que impiden la prevención, porque se acompaña con falta de capital económico que permitiría sortear técnicamente hechos inaprehensibles por el déficit cultural. Todos los ejemplos que hemos citado son parte de la nota “roja” de las secciones policiacas o que atrapan al lector con menos cúmulo de conocimientos. Medios que, por cierto, se han generalizado con ese tinte especial.

Así como la exclusión social localiza a ciertas capas de la población en determinados espacios del territorio de acuerdo a lo que han acumulado como capital, de la misma manera la cultura se va arraigando en cada familia e individuo, pero en función de la posición que guarda al interior de la sociedad. Así como los clasificados como pobres no van a vivir en una zona residencial, quienes poseen un déficit de cultura no van a comprender, aunque parezca increíble, que su casa se quema si encienten una fogata en su interior para librarse del frío, porque el techo es de cartón o lámina

El déficit cultural que limita la comprensión de lo que ocurre a nuestro alrededor no es patrimonio de los grupos ubicados en la parte baja de la escala social, por supuesto. La diferencia radica en que quienes carecen de cultura, pero se encuentran en la cúspide de la escala, cuentan con un instrumental monetario y técnico protector que les permite atenuar el déficit cultural con el que cohabitan socialmente. Están menos expuestos a que un conductor de un auto cualquiera, en estado de ebriedad, se duerma en el volante y les corte la vida como peatón.

El déficit cultural debe incrustarse en el marco de una sociedad que hace acopio de este déficit porque crea condiciones para que operen mecanismos de control social de poder. El déficit cultural permite la circulación de esa forma de poder que nubla la capacidad de operar de algunas facultades del cerebro, como las de comprender lo que ocurre a nuestro alrededor. Es parte del proceso de socialización de una política que inhibe la “acción generativa”, aquella que da pie pensar y crear un lenguaje propio y manera de nombrar las cosas.

Poco a poco el cuerpo individual, familiar y social, va alojando déficits culturales debido a que el sistema distribuye saberes de manera desigual, lo que dificulta la comprensión de cosas sencillas que cuestan la muerte y dan origen a las muertes de la paz…


*Periodista por la UNAM, doctor en ciencias por el Colegio de Postgraduados-Campus Puebla y profesor de la UATx.