/ domingo 19 de septiembre de 2021

Secreto a voces | Monumentos, la estética del poder...

Instalar monumentos en calles y avenidas principales de las medianas y grandes metrópolis es una costumbre eurocéntrica que surgió durante la ilustración (Andrés Castiblanco, en: “Ciudad y memoria. Los monumentos y la cultura popular en la ciudad de Bogotá en los siglos XIX y principios del XX”), y tuvo como fin rendirle culto a sus héroes.


Previamente, entre helenos y romanos, los objetos o figuras de las que se apropiaban como resultado de la conquista, principalmente entre los romanos, se asoció al prestigio, lujo y poder, como parte de la conquista de Europa (Beltrami, Mauro: el monumento histórico a través del tiempo: antecedentes y orígenes. En Eumed.net).


Esta idea de rendirle el culto a sus héroes va a permanecer como el “sentido” que tiene incrustar monumentos en la vida citadina. El punto es que cuando se dice “rendirle culto a los héroes” en los tiempos que ahora corren debe entenderse como entre los romanos: rendirle culto a quienes acumulan prestigio, el lujo y el poder.


Instalar monumentos se generalizó y poco a poco y se trasladó a las naciones que fueron incorporados a lo que Wallerstein llamó el “sistema mundo”, una vez que la economía capitalista de Europa se expandió hacia otros continentes, los medios de comunicación se mundializaron y la cultura eurocéntrica se instaló como hegemónica en el mundo.


La ciudad se transforma en una poderosa máquina que integra a su mundo a los que se incorporan a ella de manera “natural” porque ahí habitan, así como a los que son atraídos por el esplendor que despierta entre la población la esperanza de encontrar en la ciudad la justicia prometida, sepultada en nuestros tiempos por la posmodernidad.


Quien logra incrustarse a la estructura económica, política, social y cultural de una ciudad, a través de la identidad citadina acrítica, se eslabona a una cadena de intereses que operan detrás del mundo visible y que nos rodea y que son finalmente quienes otorgan valor a las cosas que “adornan” nuestras ciudades.


Por supuesto que no todo monumento entra en la lógica de los intereses de grupos de poder, pero en general se trata de una práctica de las élites dirigida a ordenar la voluntad de quienes en ella habitan a través de la mirada y de una cultura de la estética del poder.


Los monumentos no son imágenes puras. Levantar estructuras arquitectónicas que pretende guardar la memoria de uno o más personajes, sirven para emitir un mensaje dirigido a los habitantes de una ciudad y el cual no está expuesto de manera visible, que tergiversa la realidad.


Generalmente quienes eligen qué figuras, monumentos, estampas, estatuas o viviendas representan algo para la ciudad se olvidan de preguntar a los habitantes de la misma si tales figuras representan sus intereses. El poder concentrado en las élites que gobiernan “exime” a las élites de la consulta ciudadana.


Médicos, abogados, periodistas o figuras emblemáticas de una ciudad ocupan estos espacios. Se trata de figuras que de alguna manera son contemplados para ocupar un monumento en la ciudad, es casi seguro que hayan servido a los intereses de los grupos de poder locales y en ese sentido se trata de los héroes de las élites.


Se trata de una geoestética del poder. Son colocados en algún lugar visible para que su trayectoria sea interiorizada por los ciudadanos. Tiene que ser un lugar visible como ocurre con la construcción de Roma y sus iglesias: que desde cualquier lugar pueda admirarse su presencia y poder, dice Raffestin autor de La Geografía del poder.


En el caso de las ciudades del continente americano, el monumento referente a la historia de conquista está simbolizado por figuras que pueden ser fácilmente aceptadas por la sociedad y facilitan tergiversar la historia.


Detrás de los monumentos existe una estrategia de las élites para evitar que las ruinas que dejó la conquista se borren del pasado. Las ruinas que dejó la conquista deben ser eliminadas con estrategias monumentales por las élites. En tanto que sean más visibles cumplen mejor esa misión tergiversadora.


Las estatuas que se fijan en los monumentos son símbolos de una época y representan una manera de mirar el pasado. En la lógica europea se trata de símbolos que reflejan al héroe o figura mítica y a través de esas imágenes se recuperaba su memoria para el presente, entendido como un presente no solo temporal sino social y relacional.


No van a colocar a Hernán Cortés porque significa recordar las ruinas que dejó la conquista. Y las élites no quieren recordar las ruinas porque para gobernar se requiere una historia “coherente”, “civilizada”, “estática” que no muestre fisuras, que aparezca como rebelde.


Con Colón la historia de la conquista será la historia tergiversada de solamente un descubrimiento. La apropiación de tierras, la violencia, la muere, el engaño, no existe. Como diría el profesor Enrique Dussel, todo se ocultó y Colón y la ubicación de millones de monumentos con su estatua en América es parte de una estética del poder.


Pero esa tradición de los monumentos llegó a su fin con la aparición de los medios de comunicación de masas. Las nuevas tecnologías como la televisión, la radio, principalmente, crearon los nuevos personajes que ya no necesitaban de “estatuas” sino que se les construyeron en imágenes y otro tipo de representaciones.


En la actualidad el papel de las redes sociales ha tomado el lugar de los medios tradicionales y es ahí en donde se construyen las imágenes, los nuevos monumentos digitales, en torno a los cuales se forjan los “héroes” modernos. Pero volvamos a la genealogía del monumento como lo iniciamos. Lo dicho en este párrafo es nuestro marco de referencia actual.


La contraposmodernidad que se ha construido desde debajo de la sociedad, en respuesta al fracaso de la modernidad y los anhelos de justicia, viene de segmentos de la sociedad cuyos antepasados vivieron en carne propia la conquista. Empezaron los negros en Estados Unidos derribando las estatuas de Colón, debido a que lo identificaron como un símbolo de aquellas infelices épocas. Latinoamérica no se ha quedado atrás.


Colón es la figura emblemática de una época, no se le puede ni debe abstraer de ella.


Instalar monumentos en calles y avenidas principales de las medianas y grandes metrópolis es una costumbre eurocéntrica que surgió durante la ilustración (Andrés Castiblanco, en: “Ciudad y memoria. Los monumentos y la cultura popular en la ciudad de Bogotá en los siglos XIX y principios del XX”), y tuvo como fin rendirle culto a sus héroes.


Previamente, entre helenos y romanos, los objetos o figuras de las que se apropiaban como resultado de la conquista, principalmente entre los romanos, se asoció al prestigio, lujo y poder, como parte de la conquista de Europa (Beltrami, Mauro: el monumento histórico a través del tiempo: antecedentes y orígenes. En Eumed.net).


Esta idea de rendirle el culto a sus héroes va a permanecer como el “sentido” que tiene incrustar monumentos en la vida citadina. El punto es que cuando se dice “rendirle culto a los héroes” en los tiempos que ahora corren debe entenderse como entre los romanos: rendirle culto a quienes acumulan prestigio, el lujo y el poder.


Instalar monumentos se generalizó y poco a poco y se trasladó a las naciones que fueron incorporados a lo que Wallerstein llamó el “sistema mundo”, una vez que la economía capitalista de Europa se expandió hacia otros continentes, los medios de comunicación se mundializaron y la cultura eurocéntrica se instaló como hegemónica en el mundo.


La ciudad se transforma en una poderosa máquina que integra a su mundo a los que se incorporan a ella de manera “natural” porque ahí habitan, así como a los que son atraídos por el esplendor que despierta entre la población la esperanza de encontrar en la ciudad la justicia prometida, sepultada en nuestros tiempos por la posmodernidad.


Quien logra incrustarse a la estructura económica, política, social y cultural de una ciudad, a través de la identidad citadina acrítica, se eslabona a una cadena de intereses que operan detrás del mundo visible y que nos rodea y que son finalmente quienes otorgan valor a las cosas que “adornan” nuestras ciudades.


Por supuesto que no todo monumento entra en la lógica de los intereses de grupos de poder, pero en general se trata de una práctica de las élites dirigida a ordenar la voluntad de quienes en ella habitan a través de la mirada y de una cultura de la estética del poder.


Los monumentos no son imágenes puras. Levantar estructuras arquitectónicas que pretende guardar la memoria de uno o más personajes, sirven para emitir un mensaje dirigido a los habitantes de una ciudad y el cual no está expuesto de manera visible, que tergiversa la realidad.


Generalmente quienes eligen qué figuras, monumentos, estampas, estatuas o viviendas representan algo para la ciudad se olvidan de preguntar a los habitantes de la misma si tales figuras representan sus intereses. El poder concentrado en las élites que gobiernan “exime” a las élites de la consulta ciudadana.


Médicos, abogados, periodistas o figuras emblemáticas de una ciudad ocupan estos espacios. Se trata de figuras que de alguna manera son contemplados para ocupar un monumento en la ciudad, es casi seguro que hayan servido a los intereses de los grupos de poder locales y en ese sentido se trata de los héroes de las élites.


Se trata de una geoestética del poder. Son colocados en algún lugar visible para que su trayectoria sea interiorizada por los ciudadanos. Tiene que ser un lugar visible como ocurre con la construcción de Roma y sus iglesias: que desde cualquier lugar pueda admirarse su presencia y poder, dice Raffestin autor de La Geografía del poder.


En el caso de las ciudades del continente americano, el monumento referente a la historia de conquista está simbolizado por figuras que pueden ser fácilmente aceptadas por la sociedad y facilitan tergiversar la historia.


Detrás de los monumentos existe una estrategia de las élites para evitar que las ruinas que dejó la conquista se borren del pasado. Las ruinas que dejó la conquista deben ser eliminadas con estrategias monumentales por las élites. En tanto que sean más visibles cumplen mejor esa misión tergiversadora.


Las estatuas que se fijan en los monumentos son símbolos de una época y representan una manera de mirar el pasado. En la lógica europea se trata de símbolos que reflejan al héroe o figura mítica y a través de esas imágenes se recuperaba su memoria para el presente, entendido como un presente no solo temporal sino social y relacional.


No van a colocar a Hernán Cortés porque significa recordar las ruinas que dejó la conquista. Y las élites no quieren recordar las ruinas porque para gobernar se requiere una historia “coherente”, “civilizada”, “estática” que no muestre fisuras, que aparezca como rebelde.


Con Colón la historia de la conquista será la historia tergiversada de solamente un descubrimiento. La apropiación de tierras, la violencia, la muere, el engaño, no existe. Como diría el profesor Enrique Dussel, todo se ocultó y Colón y la ubicación de millones de monumentos con su estatua en América es parte de una estética del poder.


Pero esa tradición de los monumentos llegó a su fin con la aparición de los medios de comunicación de masas. Las nuevas tecnologías como la televisión, la radio, principalmente, crearon los nuevos personajes que ya no necesitaban de “estatuas” sino que se les construyeron en imágenes y otro tipo de representaciones.


En la actualidad el papel de las redes sociales ha tomado el lugar de los medios tradicionales y es ahí en donde se construyen las imágenes, los nuevos monumentos digitales, en torno a los cuales se forjan los “héroes” modernos. Pero volvamos a la genealogía del monumento como lo iniciamos. Lo dicho en este párrafo es nuestro marco de referencia actual.


La contraposmodernidad que se ha construido desde debajo de la sociedad, en respuesta al fracaso de la modernidad y los anhelos de justicia, viene de segmentos de la sociedad cuyos antepasados vivieron en carne propia la conquista. Empezaron los negros en Estados Unidos derribando las estatuas de Colón, debido a que lo identificaron como un símbolo de aquellas infelices épocas. Latinoamérica no se ha quedado atrás.


Colón es la figura emblemática de una época, no se le puede ni debe abstraer de ella.


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