/ lunes 1 de noviembre de 2021

Si ellas volvieran

Suena el teléfono y del otro lado de la línea habla mi amiga crispada, doliente, incrédula: “a la cuñada de mi compañera de trabajo la encontraron muerta en su baño, con evidentes signos de tortura, la apuñalaron, la ahogaron…antes mataron a su perrito rompiéndole el cuello; fue su esposo.

Esto sucedió el viernes y la encontraron hasta el lunes, estoy sin creer que un ser humano pueda cometer un crimen tan monstruoso, pero aún más que las autoridades quieran reclasificar el delito en homicidio culposo. Te llamo para que me orientes a quién podemos buscar para ayudar” ¡homicidio culposo! como si el puñal se hubiera movido solo, como si hacerla presenciar la muerte de su mascota con tal saña fuera un incidente que pasa como pasa el aire, como si el terror que vivió los últimos minutos u horas de su existencia no tuvieran un responsable, como si el asesino valiera mas que ella.

¡No! No fue homicidio culposo, fue feminicidio y la diferencia por tipificar bien es pasar de entre uno y cinco años a entre veinte y cincuenta años en la cárcel.

Mi amiga magistrada, tan experta en su materia de juzgadora como en igualdad de género, con una maestría en violencia de género en su haber y muchos otros estudios, buscaba caminos para que las autoridades superiores tomaran nota. Llámale a tal o cual diputada, a tal o cual periodista, elevemos la voz, esto es imposible de soslayar, decía tu escribana sintiéndome tan perdida como mi amiga en la inmensidad de la burocracia que voltea a otra parte, en el mar profundo de la impunidad que solo se logra abrir con la opinión pública como Moisés abrió al mar Rojo con el cayado milagroso, del señalamiento social de desatención e incapacidad de quienes deberían encarcelar asesinos y no voltear a otra parte. ¡Qué desesperación e impotencia! este México ve con indiferencia y desidia como quien toma el sol en una hamaca, cómo once mujeres al día dejan el planeta con el terror grabado en sus pupilas y los mas bajos instintos de quienes juraron amarlas, marcados como hierro ardiente en sus torturados y denigrados cuerpos.

Familias completas enlutadas, sollozando la ausencia de quienes en vida fueron madres, hermanas, hijas…de ellas, las mujeres que un día niñas recibieron regalos que les machacaron que su futuro estaba en ser madres y cuidadoras de los otros, con cada juego de te, cada cocinita, cada muñeca, se afianzaba la idea que su felicidad no estaría en ser independientes, libres y autosuficientes sino en fundamentar su ilusión en encontrar el amor eterno, la media naranja que se convertiría luego en mordida de serpiente, en la ventura de un futuro que dependía del príncipe azul y no del monstruo que al final las hizo suyas para destruirlas odiando su ser por la creencia de que solo haber nacido macho otorga canonjías y privilegios de uso, goce, disfrute y discriminación sobre esos seres “inferiores” llamados mujeres.

En solo 6 años, 21,991 mujeres fueron asesinadas, un incremento para el periodo de 75%; a ello hay que sumar las 8,708 desaparecidas de la última década, quienes frecuentemente -cuando las encuentran- días, meses o años después, muestran signos de tortura y violaciones, ellas, a quienes sus familias buscan denodadamente al menos para dar cierre al dolor de no saber siquiera dónde están sus restos.

Esta semana en México viviremos la celebración de los días de muertos. Días en que según una de las mas arraigadas tradiciones regresan a visitarnos las almas de nuestros seres queridos. Llenamos las casas de flores, velas, papel picado, ponemos altares con fotos, recuerdos, comida y hasta los traguitos que a nuestros seres queridos les gustaban, pero ¿qué dirían ellas si volvieran? ¿a quiénes señalarían como sus verdugos? ¿quiénes tendrían que explicar que sus muertes fueron olvidadas en un archivero? ¿qué imágenes pondrían en la mente de los asesinos materiales, intelectuales y burocráticos?

Ellas, las muertas por el hecho de haber nacido mujeres, vendrán según la tradición pero lo harán amorosamente recordadas por las almas que las quisieron…ojalá de verdad regresaran para que sus desalmados ejecutores sufrieran un ápice de lo que ellas vivieron, ojalá la justicia divina los lleve desde hoy que están en la tierra hasta la eternidad a los infiernos, ojalá esa justicia sea mejor que la de los hombres que ven en cada muerta un número y no una tragedia que en México ha tomado ya dimensiones de lesa humanidad. Las cosas serían distintas en realidad si ellas volvieran.

Suena el teléfono y del otro lado de la línea habla mi amiga crispada, doliente, incrédula: “a la cuñada de mi compañera de trabajo la encontraron muerta en su baño, con evidentes signos de tortura, la apuñalaron, la ahogaron…antes mataron a su perrito rompiéndole el cuello; fue su esposo.

Esto sucedió el viernes y la encontraron hasta el lunes, estoy sin creer que un ser humano pueda cometer un crimen tan monstruoso, pero aún más que las autoridades quieran reclasificar el delito en homicidio culposo. Te llamo para que me orientes a quién podemos buscar para ayudar” ¡homicidio culposo! como si el puñal se hubiera movido solo, como si hacerla presenciar la muerte de su mascota con tal saña fuera un incidente que pasa como pasa el aire, como si el terror que vivió los últimos minutos u horas de su existencia no tuvieran un responsable, como si el asesino valiera mas que ella.

¡No! No fue homicidio culposo, fue feminicidio y la diferencia por tipificar bien es pasar de entre uno y cinco años a entre veinte y cincuenta años en la cárcel.

Mi amiga magistrada, tan experta en su materia de juzgadora como en igualdad de género, con una maestría en violencia de género en su haber y muchos otros estudios, buscaba caminos para que las autoridades superiores tomaran nota. Llámale a tal o cual diputada, a tal o cual periodista, elevemos la voz, esto es imposible de soslayar, decía tu escribana sintiéndome tan perdida como mi amiga en la inmensidad de la burocracia que voltea a otra parte, en el mar profundo de la impunidad que solo se logra abrir con la opinión pública como Moisés abrió al mar Rojo con el cayado milagroso, del señalamiento social de desatención e incapacidad de quienes deberían encarcelar asesinos y no voltear a otra parte. ¡Qué desesperación e impotencia! este México ve con indiferencia y desidia como quien toma el sol en una hamaca, cómo once mujeres al día dejan el planeta con el terror grabado en sus pupilas y los mas bajos instintos de quienes juraron amarlas, marcados como hierro ardiente en sus torturados y denigrados cuerpos.

Familias completas enlutadas, sollozando la ausencia de quienes en vida fueron madres, hermanas, hijas…de ellas, las mujeres que un día niñas recibieron regalos que les machacaron que su futuro estaba en ser madres y cuidadoras de los otros, con cada juego de te, cada cocinita, cada muñeca, se afianzaba la idea que su felicidad no estaría en ser independientes, libres y autosuficientes sino en fundamentar su ilusión en encontrar el amor eterno, la media naranja que se convertiría luego en mordida de serpiente, en la ventura de un futuro que dependía del príncipe azul y no del monstruo que al final las hizo suyas para destruirlas odiando su ser por la creencia de que solo haber nacido macho otorga canonjías y privilegios de uso, goce, disfrute y discriminación sobre esos seres “inferiores” llamados mujeres.

En solo 6 años, 21,991 mujeres fueron asesinadas, un incremento para el periodo de 75%; a ello hay que sumar las 8,708 desaparecidas de la última década, quienes frecuentemente -cuando las encuentran- días, meses o años después, muestran signos de tortura y violaciones, ellas, a quienes sus familias buscan denodadamente al menos para dar cierre al dolor de no saber siquiera dónde están sus restos.

Esta semana en México viviremos la celebración de los días de muertos. Días en que según una de las mas arraigadas tradiciones regresan a visitarnos las almas de nuestros seres queridos. Llenamos las casas de flores, velas, papel picado, ponemos altares con fotos, recuerdos, comida y hasta los traguitos que a nuestros seres queridos les gustaban, pero ¿qué dirían ellas si volvieran? ¿a quiénes señalarían como sus verdugos? ¿quiénes tendrían que explicar que sus muertes fueron olvidadas en un archivero? ¿qué imágenes pondrían en la mente de los asesinos materiales, intelectuales y burocráticos?

Ellas, las muertas por el hecho de haber nacido mujeres, vendrán según la tradición pero lo harán amorosamente recordadas por las almas que las quisieron…ojalá de verdad regresaran para que sus desalmados ejecutores sufrieran un ápice de lo que ellas vivieron, ojalá la justicia divina los lleve desde hoy que están en la tierra hasta la eternidad a los infiernos, ojalá esa justicia sea mejor que la de los hombres que ven en cada muerta un número y no una tragedia que en México ha tomado ya dimensiones de lesa humanidad. Las cosas serían distintas en realidad si ellas volvieran.

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