/ lunes 20 de mayo de 2019

Tiempos de democracia

Sobre el mito de la traición de los tlaxcaltecas

  • El mito nació en el momento mismo en que historiadores y muralistas, a saber por qué razones, asimilaron al México, libre, independiente y revolucionario del siglo XX, con lo que en su tiempo había sido el imperio azteca, ignorando a otras naciones con cultura propia, pobladoras de la misma región.

La mayoría de los mexicanos tienen interiorizada la idea de que los tlaxcaltecas, al aliarse con los españoles, cometieron un acto de traición. Pero… ¿traición a qué o a quien? ¿Al idealizado imperio azteca de Moctezuma, que los sojuzgaba y oprimía? Es tiempo ya de que la verdadera historia corrija ese equívoco concepto que tanto y tan injustamente ha pesado sobre la idiosincrasia de un pueblo digno y trabajador

Tlaxcala ha sido, por centurias, una especie de compartimento estanco respecto del resto de la Nación, un islote incomunicado y distante del palpitar de la Patria. Por voluntad propia se confinó para tomar distancia de un poder central que la hostilizaba, sin considerar que, por obvias razones geográficas y culturales, estaba y está fatalmente obligada a integrarse. Encerrado en sí mismo, el tlaxcalteca miró al forastero como un potencial usurpador de su trabajo o de su negocio, en vez de verle como el impulsor de un desarrollo que acabaría beneficiándolo. En su instintiva reticencia al acercamiento, le opuso un cerco con el que se protegió de la competencia, como si ocultando su real o su imaginaria precariedad pudiera desaparecerla. El fenómeno se reflejó en su renuencia obstinada a interconectarse y a participar conjuntamente con el extranjero, resistiéndose a aceptar todo lo que de fuera llegara. Lógicamente, en el exterior se replicó minusvalorando cualquier cosa que llevara el sello de Tlaxcala, citándola -con expresiones hirientes y despectivas- como referente de pobreza y mala calidad. Ese ensimismamiento secular la hizo refractaria al cosmopolitismo y al trasiego de experiencias y conocimientos, y es el responsable reconocido del paralizante rezago económico y social que por tanto tiempo padeció la entidad. Tlaxcala tardó en efecto demasiado en aceptar que la inversión y la tecnología había que buscarlas más allá de sus fronteras y que, cuando llegan, hay que darles la bienvenida.

Origen de la Leyenda Negra

Las causas remotas de esa anomalía data de la época de la Conquista, y se relaciona con: 1) el papel que eligieron jugar los tlaxcaltecas en aquel definitorio capítulo de la Historia de México y, 2) las consideraciones que tuvo con ellos la corona española en el periodo de la Colonia. Aquellos sucesos, perfectamente justificables desde el punto de vista social, político y militar dominante en ese tiempo, fueron narrados por cronistas -y pintados por muralistas- de la postrevolución, de una manera equívoca y vengativa. A esa sesgada forma de contar la historia se debe el estigma de traidores que tanto ha pesado en la idiosincrasia tlaxcalteca y que, de algún modo, es la causa de su proverbial retraimiento. Por eso, debería impulsarse desde el gobierno de la República una renovación pedagógica que corrija ese enfoque, reivindique a Tlaxcala y explique los hechos con una visión veraz y metodológicamente sólida. Será un logro alcanzable sólo si acertamos a interpretar con serenidad y sin apasionamientos los traumáticos acontecimientos que dieron lugar al nacimiento de un país al que por 300 años se le llamó Nueva España, y al que en los 200 subsecuentes se identificó ya como ese México del que hoy orgullosamente todos somos parte.

Conjunción de civilizaciones

Nadie pone en duda -ni tiene por qué ocultarse- la dureza de las luchas y los excesos cometidos durante la difícil fusión de las etnias sometidas con la etnia conquistadora. Mas quien quiera profundizar en su estudio deberá considerar que, al igual que aconteció en otros eventos similares que reseña la Historia del Mundo, la cultura que luego se llamaría española fue a su vez consecuencia del cruce y suma de improntas que -allá en el viejo continente y no sin sufrimientos- le fueron a su vez transmitidas por otros pueblos invasores. Así aquí, en las tierras descubiertas por Colón, habría de ocurrir algo semejante al mezclarse modos y costumbres de los europeos con los dispersos, enfrentados y diversos conglomerados humanos asentados por estos lares. Los historiadores convocados por la Comisión Organizadora de la conmemoración del Encuentro de Dos Culturas que se han referido al tema coinciden en que “…hay que entender la conquista…”. Pues sí, en efecto, de eso se trata; empero, sus disertaciones siguen poniendo obsesivamente el acento en las crueldades -reales algunas, imaginarias las más- del conquistador en daño de los pueblos nativos, alimentando antiguos resentimientos y restando relevancia a lo verdaderamente importante: la conjunción de dos magníficas civilizaciones de las que surgió un nuevo orden cultural, político, económico, ideológico y religioso.

Repasando la Historia

Hace días se reunieron en la Hacienda de Tenexac miembros de la Asociación de Cronistas de las Nuevas Tlaxcalas. El cónclave coincidió con el 498 aniversario luctuoso de Xicohténcatl El Joven, personaje al que se rinde culto por considerarlo “…uno de los símbolos de la resistencia de los pueblos mesoamericanos…”. En sugerente contraste, la imagen que el Gobierno de la entidad eligió para ilustrar el En-cuentro de Dos Culturas fue la relativa a la alianza con los españoles. La estampa recrea- ante la señera figura de Doña Marina- a Xicoh-téncatl El Viejo, señor de Tizatlán y líder del Senado de la República de Tlaxcallan, y a Hernán Cortés, capitán de las huestes del Rey de Castilla. La ceremonia fue inmortalizada por Desiderio Hernández Xochitiotzin en su mural del Palacio de Gobierno, monumental obra de arte que invita a conocer de su mano la historia de Tlaxcala. Los dos Xicohténcatl, El Viejo y El Joven, padre e hijo, con sus confrontadas biografías, dieron involuntario pie para que se montara una dualidad histórica cuya interpretación todavía hoy mantiene en la confusión a los mexicanos… y en la indefensión a los tlaxcaltecas. El Viejo, como se sabe, mantuvo hasta el final la alianza, gracias a la cual libró a sus gobernados del yugo tenochca y le significó a su pueblo y a su ciudad privilegios y reconocimiento. El Joven, aunque reticente al principio, aceptó finalmente la coalición, pero desertó durante el asedio a Tenochtitlán, abandonando a 40 mil tlaxcaltecas que tenía bajo su mando. Aquí, en el señorío, donde se había refugiado, se le aprehendió bajo el cargo de traición. Juzgado y hallado culpable en Texcoco, se le penalizó con la horca.

Conclusiones

Compacté cuanto pude la premisa del artículo, su desarrollo, las hipótesis que propongo, y los datos históricos de los que me valí. Enumero los que se aceptan como ciertos: 1) Tlaxcala era una república que se gobernaba democráticamente; 2) la laboriosidad de su gente estaba constreñida por las prohibiciones, peajes y alcabalas que le imponían los tenochcas; 3) frente a la irrupción de los teules castellanos en sus territorios, la reacción inicial de los tlaxcaltecas fue rechazarlos; 4) convencidos de la inferioridad de sus armas y luego de encajar tres derrotas, valoraron la alianza que se les proponía; 5) tras ponderar ventajas y desventajas de la alternativa, decidieron finalmente sumar sus fuerzas a las de Cortés y marchar juntos a Tenochtitlan, capital del imperio de Moctezuma. Se concluye así, amigo lector, que las decisiones de los gobernantes tlaxcaltecas se inspiraron en la defensa de los intereses de su pueblo. ¿Dónde pues está la traición? El mito nació en el momento mismo en que historiadores y muralistas, a saber por qué razones, asimilaron al México, libre, independiente y revolucionario del siglo XX, con lo que en su tiempo había sido el imperio azteca, ignorando a otras naciones con cultura propia, pobladoras de la misma región. Mas para validarse, la propuesta necesitaba validarse. Y qué mejor que la propia Tlaxcala idealizara a Xicohténcatl El Joven, un guerrero valiente pero inestable, en detrimento del crédito histórico de su padre, Xicohténcatl El Viejo, un político sabio y calculador; de los tecuhtlis de los otros tres señoríos; de sus 30 caciques menores y de los 222 electores de la república tlaxcalteca. Una injusticia que debe ser enmendada.

Sobre el mito de la traición de los tlaxcaltecas

  • El mito nació en el momento mismo en que historiadores y muralistas, a saber por qué razones, asimilaron al México, libre, independiente y revolucionario del siglo XX, con lo que en su tiempo había sido el imperio azteca, ignorando a otras naciones con cultura propia, pobladoras de la misma región.

La mayoría de los mexicanos tienen interiorizada la idea de que los tlaxcaltecas, al aliarse con los españoles, cometieron un acto de traición. Pero… ¿traición a qué o a quien? ¿Al idealizado imperio azteca de Moctezuma, que los sojuzgaba y oprimía? Es tiempo ya de que la verdadera historia corrija ese equívoco concepto que tanto y tan injustamente ha pesado sobre la idiosincrasia de un pueblo digno y trabajador

Tlaxcala ha sido, por centurias, una especie de compartimento estanco respecto del resto de la Nación, un islote incomunicado y distante del palpitar de la Patria. Por voluntad propia se confinó para tomar distancia de un poder central que la hostilizaba, sin considerar que, por obvias razones geográficas y culturales, estaba y está fatalmente obligada a integrarse. Encerrado en sí mismo, el tlaxcalteca miró al forastero como un potencial usurpador de su trabajo o de su negocio, en vez de verle como el impulsor de un desarrollo que acabaría beneficiándolo. En su instintiva reticencia al acercamiento, le opuso un cerco con el que se protegió de la competencia, como si ocultando su real o su imaginaria precariedad pudiera desaparecerla. El fenómeno se reflejó en su renuencia obstinada a interconectarse y a participar conjuntamente con el extranjero, resistiéndose a aceptar todo lo que de fuera llegara. Lógicamente, en el exterior se replicó minusvalorando cualquier cosa que llevara el sello de Tlaxcala, citándola -con expresiones hirientes y despectivas- como referente de pobreza y mala calidad. Ese ensimismamiento secular la hizo refractaria al cosmopolitismo y al trasiego de experiencias y conocimientos, y es el responsable reconocido del paralizante rezago económico y social que por tanto tiempo padeció la entidad. Tlaxcala tardó en efecto demasiado en aceptar que la inversión y la tecnología había que buscarlas más allá de sus fronteras y que, cuando llegan, hay que darles la bienvenida.

Origen de la Leyenda Negra

Las causas remotas de esa anomalía data de la época de la Conquista, y se relaciona con: 1) el papel que eligieron jugar los tlaxcaltecas en aquel definitorio capítulo de la Historia de México y, 2) las consideraciones que tuvo con ellos la corona española en el periodo de la Colonia. Aquellos sucesos, perfectamente justificables desde el punto de vista social, político y militar dominante en ese tiempo, fueron narrados por cronistas -y pintados por muralistas- de la postrevolución, de una manera equívoca y vengativa. A esa sesgada forma de contar la historia se debe el estigma de traidores que tanto ha pesado en la idiosincrasia tlaxcalteca y que, de algún modo, es la causa de su proverbial retraimiento. Por eso, debería impulsarse desde el gobierno de la República una renovación pedagógica que corrija ese enfoque, reivindique a Tlaxcala y explique los hechos con una visión veraz y metodológicamente sólida. Será un logro alcanzable sólo si acertamos a interpretar con serenidad y sin apasionamientos los traumáticos acontecimientos que dieron lugar al nacimiento de un país al que por 300 años se le llamó Nueva España, y al que en los 200 subsecuentes se identificó ya como ese México del que hoy orgullosamente todos somos parte.

Conjunción de civilizaciones

Nadie pone en duda -ni tiene por qué ocultarse- la dureza de las luchas y los excesos cometidos durante la difícil fusión de las etnias sometidas con la etnia conquistadora. Mas quien quiera profundizar en su estudio deberá considerar que, al igual que aconteció en otros eventos similares que reseña la Historia del Mundo, la cultura que luego se llamaría española fue a su vez consecuencia del cruce y suma de improntas que -allá en el viejo continente y no sin sufrimientos- le fueron a su vez transmitidas por otros pueblos invasores. Así aquí, en las tierras descubiertas por Colón, habría de ocurrir algo semejante al mezclarse modos y costumbres de los europeos con los dispersos, enfrentados y diversos conglomerados humanos asentados por estos lares. Los historiadores convocados por la Comisión Organizadora de la conmemoración del Encuentro de Dos Culturas que se han referido al tema coinciden en que “…hay que entender la conquista…”. Pues sí, en efecto, de eso se trata; empero, sus disertaciones siguen poniendo obsesivamente el acento en las crueldades -reales algunas, imaginarias las más- del conquistador en daño de los pueblos nativos, alimentando antiguos resentimientos y restando relevancia a lo verdaderamente importante: la conjunción de dos magníficas civilizaciones de las que surgió un nuevo orden cultural, político, económico, ideológico y religioso.

Repasando la Historia

Hace días se reunieron en la Hacienda de Tenexac miembros de la Asociación de Cronistas de las Nuevas Tlaxcalas. El cónclave coincidió con el 498 aniversario luctuoso de Xicohténcatl El Joven, personaje al que se rinde culto por considerarlo “…uno de los símbolos de la resistencia de los pueblos mesoamericanos…”. En sugerente contraste, la imagen que el Gobierno de la entidad eligió para ilustrar el En-cuentro de Dos Culturas fue la relativa a la alianza con los españoles. La estampa recrea- ante la señera figura de Doña Marina- a Xicoh-téncatl El Viejo, señor de Tizatlán y líder del Senado de la República de Tlaxcallan, y a Hernán Cortés, capitán de las huestes del Rey de Castilla. La ceremonia fue inmortalizada por Desiderio Hernández Xochitiotzin en su mural del Palacio de Gobierno, monumental obra de arte que invita a conocer de su mano la historia de Tlaxcala. Los dos Xicohténcatl, El Viejo y El Joven, padre e hijo, con sus confrontadas biografías, dieron involuntario pie para que se montara una dualidad histórica cuya interpretación todavía hoy mantiene en la confusión a los mexicanos… y en la indefensión a los tlaxcaltecas. El Viejo, como se sabe, mantuvo hasta el final la alianza, gracias a la cual libró a sus gobernados del yugo tenochca y le significó a su pueblo y a su ciudad privilegios y reconocimiento. El Joven, aunque reticente al principio, aceptó finalmente la coalición, pero desertó durante el asedio a Tenochtitlán, abandonando a 40 mil tlaxcaltecas que tenía bajo su mando. Aquí, en el señorío, donde se había refugiado, se le aprehendió bajo el cargo de traición. Juzgado y hallado culpable en Texcoco, se le penalizó con la horca.

Conclusiones

Compacté cuanto pude la premisa del artículo, su desarrollo, las hipótesis que propongo, y los datos históricos de los que me valí. Enumero los que se aceptan como ciertos: 1) Tlaxcala era una república que se gobernaba democráticamente; 2) la laboriosidad de su gente estaba constreñida por las prohibiciones, peajes y alcabalas que le imponían los tenochcas; 3) frente a la irrupción de los teules castellanos en sus territorios, la reacción inicial de los tlaxcaltecas fue rechazarlos; 4) convencidos de la inferioridad de sus armas y luego de encajar tres derrotas, valoraron la alianza que se les proponía; 5) tras ponderar ventajas y desventajas de la alternativa, decidieron finalmente sumar sus fuerzas a las de Cortés y marchar juntos a Tenochtitlan, capital del imperio de Moctezuma. Se concluye así, amigo lector, que las decisiones de los gobernantes tlaxcaltecas se inspiraron en la defensa de los intereses de su pueblo. ¿Dónde pues está la traición? El mito nació en el momento mismo en que historiadores y muralistas, a saber por qué razones, asimilaron al México, libre, independiente y revolucionario del siglo XX, con lo que en su tiempo había sido el imperio azteca, ignorando a otras naciones con cultura propia, pobladoras de la misma región. Mas para validarse, la propuesta necesitaba validarse. Y qué mejor que la propia Tlaxcala idealizara a Xicohténcatl El Joven, un guerrero valiente pero inestable, en detrimento del crédito histórico de su padre, Xicohténcatl El Viejo, un político sabio y calculador; de los tecuhtlis de los otros tres señoríos; de sus 30 caciques menores y de los 222 electores de la república tlaxcalteca. Una injusticia que debe ser enmendada.

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