/ lunes 27 de mayo de 2019

TIEMPOS DE DEMOCRACIA

El maravilloso mundo de las palabras, los libros y la comunicación

  • No es exageración, amigo lector: ha de saber usted que México ocupa el penúltimo lugar en consumo de lectura entre 108 países del mundo.

Si tu tienes una manzana y yo tengo una manzana y las intercambiamos, entonces ambos tendremos una manzana.

Pero si tu tienes una idea y yo tengo una idea y las intercambiamos, entonces ambos tendremos dos ideas

Todo libro de autor reconocido proporciona a quien lo lee el privilegio de participar de su genio, sapiencia e imaginación. Para cultivar el espíritu, elevar el nivel de entendimiento y potenciar las posibilidades de la comunicación entre personas no se conoce camino mejor que la lectura de una obra clásica.

Admitir los límites de nuestro conocimiento equivale a asumir el tamaño de la ignorancia propia. Hacerlo no es fácil. Sócrates, siendo Sócrates, concluía que él sólo sabía ¡que no sabía nada! No se tome lo dicho como un afán de ofender sino como el simple señalamiento de un vacío cultural que, en caso de existir, siempre es susceptible de corregir. Al plantear el tema aludo a la conveniencia de contestar con sinceridad la pregunta siguiente: ¿cuántos libros he leído en un año? Téngase en cuenta que, aunque la respuesta lastime, me dará noticia de qué tanto estoy preparado y/o qué tanto quisiera estarlo. La franqueza en la contestación me ayudará a saber, además, con quien puedo entrar en competencia… sin concederle demasiada ventaja. Reconozcamos, para empezar, que se requiere de temple y valor civil para confesarle a un encuestador desconocido que, en todo un año, sólo leí un libro, o dos, o tres, o diez…, ¡o ninguno! Y es que... ¿cuántos de los interrogados somos capaces de contestar con verdad cuando se nos inquiere acerca del número y clase de nuestras lecturas? Puede que no muchos.

De nuestro rezago nacional en la materia

Queda claro que la relatividad de esas indagatorias demoscópicas es enorme. Hay datos, sin embargo, que orientan. Según la UNESCO, en Japón la media de libros leídos por persona es de ¡47 al año!, en Alemania, de 12, y en México -según INEGI-, de sólo 3.8. Y pese a ser insignificante la cifra que atañe a nuestro país, tengo para mí que está sobredimensionada. Intuyo que esa información proviene, o por lo menos se coteja, con la de la industria editorial nacional y se refiere no a los libros que se leen, sino a los libros que se compran, conceptos que, aunque se parecen, no son iguales. El punto en todo caso es advertir que la situación en esa materia es realmente dramática y que es quizá la causa que con mayor fuerza nos ata al subdesarrollo. No es exageración, amigo lector: ha de saber usted que México ocupa el penúltimo lugar en consumo de lectura entre 108 países del mundo y que, de acuerdo con los números más recientes del Módulo sobre Lectura del mencionado INEGI, más de la mitad de los mexicanos no abrieron un solo libro durante el año pasado, y el 30 % de los que sí lo hicieron, consumieron esa bazofia que bajo la denominación de libros de autoayuda se vende en los supermercados. Peor aún: solo uno de cada cinco entendió lo que leyó, dato este que hace congruencia y se compadece con la encuesta PISA sobre niveles educativos cuyos resultados colocaron a México en el lugar 55 entre 70 países, específicamente en el rubro concerniente a la comprensión lectora de estudiantes de 15 años.

Y aquí en Tlaxcala… ¿cómo andamos?

Decidí traer esos alarmantes guarismos a colación a modo de preámbulo del presente artículo. Lo hice movido por una razón que, desde mi personal opinión, debiera llevarnos a revisar las bases mismas de la enseñanza en todos sus niveles. Gracias a la entrevista que al compañero Jesús Lima -reportero de El Sol de Tlaxcala- le concedió Yolanda Romero Paredes -titular de Formación Docente de la Dirección de Educación Terminal de la Secretaría de Educación Pública del Gobierno de Tlaxcala-, gracias a esa entrevista, repito, pudimos enterarnos que “…en los últimos seis años se redujo en un 70 % el hábito de lectura entre universitarios…”. La también coordinadora de escuelas normales en el estado lamentó que, como consecuencia de esa disminución, “…el código de lenguaje de los jóvenes se redujo, pues pasaron de utilizar 2 mil 500 palabras en una charla a solo de 400 a 800 en la actualidad…”. Hizo saber, además, que el fenómeno se agudiza más entre los alumnos de la Universidad Autónoma de Tlaxcala que entre los estudiantes normalistas, afirmación que no deja de causar estupor y que supongo encenderá las alarmas en la máxima casa de estudios de la entidad. La trascendencia del asunto a nadie se le escapa, pues se sabe que, en nuestra condición genérica de entes sociales, requerimos indispensablemente del lenguaje para satisfacer la necesidad de comunicarnos. Y es la palabra, amigo lector, la que nos permite, de manera sistematizada y comprensible, transmitir información e intercambiar y compartir ideas, emociones y conocimientos. Sin ella, sin la palabra, la comunicación se tendría que dar a base de gestos, señas y emisión de sonidos desarticulados difíciles de entender, reduciendo a cero toda posibilidad de desarrollar las potencialidades de los seres humanos.

¿Neandertales del Paleolítico… o universitarios de nuestros días?

El epígrafe que elegí es de George Bernard Shaw, el gran dramaturgo irlandés. El autor de la célebre obra teatral Pigmalion practicaba la didáctica valiéndose del afiladísimo estilete de su ironía, obligando a pensar a quienes le escuchaban por medio de parábolas cargadas de mensajes lapidarios. Y en efecto, tal cual lo sugirió el polémico escritor, no es lo mismo comunicarse para canjear cosas y dar cauce a instintos elementales que para intercambiar pensamientos complejos. Para lo primero bastan 400 palabras; para lo segundo, en cambio, se precisa de un vocabulario más amplio y diversificado. De persistir la empobrecedora tendencia detectada por Yolanda Romero Paredes se llegaría en poco tiempo al limitado lenguaje -compuesto por poco más de dos centenares de fonemas- del que se valían los neandertales en el Paleolítico Superior. ¿Llegaremos a ese extremo? Al paso que vamos, no lo dudo; no es mucha la distancia que separa ya a ambos sistemas de comunicación, aquel que usaba el hombre prehistórico, y el que hoy emplean nuestros jóvenes universitarios. Y no quiero ni pensar a qué niveles llegaríamos si descendemos más por la pirámide educativa de la sociedad. En fin, ahí está el problema… y hay que atajarlo con urgencia.

De cómo se adquiere el hábito de la lectura

Leer es una práctica que en los albores de la vida se aprende en la casa paterna -o materna, si es el caso- , si en ella había la costumbre de la lectura y, claro, si había libros. Se reafirma cuando el niño descubre la lectura en la primaria, al tiempo que dibuja y une letras, las asocia con los sonidos y, como consecuencia inevitable, empieza a escribir. La lectura se vuelve rutina obligatoria -o por lo menos eso se supone- cuando el escolapio accede al grado medio y superior de su educación, donde ya se le exige que sepa expresarse con propiedad a través de la escritura. Todo ello, obviamente, si en esas sucesivas etapas de su enseñanza tuvo la suerte de que sus maestros lo llevaran de la mano -con suavidad e inteligencia- a través del universo infinito del conocimiento. De esas experiencias, y, naturalmente, de la vocación y capacidad que como individuo posea, dependerá que ame las letras y las considere amigas y aliadas, o bien que las odie y les huya cual si fueran sus enemigas. Mas tarde, en la edad adulta, adquirir el hábito de la lectura es más complicado, aunque no imposible; en este, más que en otros aspectos de la vida, nunca es tarde para empezar. Termino ya: abrazar, sentir y conocer el significado de las palabras enriquece nuestro vocabulario, instrumento indispensable que otorga claridad y fluidez a la necesidad que tenemos de entendernos con nuestros semejantes. Y cuando se hace periodismo en cualquiera de sus géneros, mas obligado se está a producir textos pulcros, inteligibles, bien puntuados, sintáctica y semánticamente correctos y, si es posible, elegantes. El tema, estimado lector, no se agota… y conocerá pronto una segunda parte.

El maravilloso mundo de las palabras, los libros y la comunicación

  • No es exageración, amigo lector: ha de saber usted que México ocupa el penúltimo lugar en consumo de lectura entre 108 países del mundo.

Si tu tienes una manzana y yo tengo una manzana y las intercambiamos, entonces ambos tendremos una manzana.

Pero si tu tienes una idea y yo tengo una idea y las intercambiamos, entonces ambos tendremos dos ideas

Todo libro de autor reconocido proporciona a quien lo lee el privilegio de participar de su genio, sapiencia e imaginación. Para cultivar el espíritu, elevar el nivel de entendimiento y potenciar las posibilidades de la comunicación entre personas no se conoce camino mejor que la lectura de una obra clásica.

Admitir los límites de nuestro conocimiento equivale a asumir el tamaño de la ignorancia propia. Hacerlo no es fácil. Sócrates, siendo Sócrates, concluía que él sólo sabía ¡que no sabía nada! No se tome lo dicho como un afán de ofender sino como el simple señalamiento de un vacío cultural que, en caso de existir, siempre es susceptible de corregir. Al plantear el tema aludo a la conveniencia de contestar con sinceridad la pregunta siguiente: ¿cuántos libros he leído en un año? Téngase en cuenta que, aunque la respuesta lastime, me dará noticia de qué tanto estoy preparado y/o qué tanto quisiera estarlo. La franqueza en la contestación me ayudará a saber, además, con quien puedo entrar en competencia… sin concederle demasiada ventaja. Reconozcamos, para empezar, que se requiere de temple y valor civil para confesarle a un encuestador desconocido que, en todo un año, sólo leí un libro, o dos, o tres, o diez…, ¡o ninguno! Y es que... ¿cuántos de los interrogados somos capaces de contestar con verdad cuando se nos inquiere acerca del número y clase de nuestras lecturas? Puede que no muchos.

De nuestro rezago nacional en la materia

Queda claro que la relatividad de esas indagatorias demoscópicas es enorme. Hay datos, sin embargo, que orientan. Según la UNESCO, en Japón la media de libros leídos por persona es de ¡47 al año!, en Alemania, de 12, y en México -según INEGI-, de sólo 3.8. Y pese a ser insignificante la cifra que atañe a nuestro país, tengo para mí que está sobredimensionada. Intuyo que esa información proviene, o por lo menos se coteja, con la de la industria editorial nacional y se refiere no a los libros que se leen, sino a los libros que se compran, conceptos que, aunque se parecen, no son iguales. El punto en todo caso es advertir que la situación en esa materia es realmente dramática y que es quizá la causa que con mayor fuerza nos ata al subdesarrollo. No es exageración, amigo lector: ha de saber usted que México ocupa el penúltimo lugar en consumo de lectura entre 108 países del mundo y que, de acuerdo con los números más recientes del Módulo sobre Lectura del mencionado INEGI, más de la mitad de los mexicanos no abrieron un solo libro durante el año pasado, y el 30 % de los que sí lo hicieron, consumieron esa bazofia que bajo la denominación de libros de autoayuda se vende en los supermercados. Peor aún: solo uno de cada cinco entendió lo que leyó, dato este que hace congruencia y se compadece con la encuesta PISA sobre niveles educativos cuyos resultados colocaron a México en el lugar 55 entre 70 países, específicamente en el rubro concerniente a la comprensión lectora de estudiantes de 15 años.

Y aquí en Tlaxcala… ¿cómo andamos?

Decidí traer esos alarmantes guarismos a colación a modo de preámbulo del presente artículo. Lo hice movido por una razón que, desde mi personal opinión, debiera llevarnos a revisar las bases mismas de la enseñanza en todos sus niveles. Gracias a la entrevista que al compañero Jesús Lima -reportero de El Sol de Tlaxcala- le concedió Yolanda Romero Paredes -titular de Formación Docente de la Dirección de Educación Terminal de la Secretaría de Educación Pública del Gobierno de Tlaxcala-, gracias a esa entrevista, repito, pudimos enterarnos que “…en los últimos seis años se redujo en un 70 % el hábito de lectura entre universitarios…”. La también coordinadora de escuelas normales en el estado lamentó que, como consecuencia de esa disminución, “…el código de lenguaje de los jóvenes se redujo, pues pasaron de utilizar 2 mil 500 palabras en una charla a solo de 400 a 800 en la actualidad…”. Hizo saber, además, que el fenómeno se agudiza más entre los alumnos de la Universidad Autónoma de Tlaxcala que entre los estudiantes normalistas, afirmación que no deja de causar estupor y que supongo encenderá las alarmas en la máxima casa de estudios de la entidad. La trascendencia del asunto a nadie se le escapa, pues se sabe que, en nuestra condición genérica de entes sociales, requerimos indispensablemente del lenguaje para satisfacer la necesidad de comunicarnos. Y es la palabra, amigo lector, la que nos permite, de manera sistematizada y comprensible, transmitir información e intercambiar y compartir ideas, emociones y conocimientos. Sin ella, sin la palabra, la comunicación se tendría que dar a base de gestos, señas y emisión de sonidos desarticulados difíciles de entender, reduciendo a cero toda posibilidad de desarrollar las potencialidades de los seres humanos.

¿Neandertales del Paleolítico… o universitarios de nuestros días?

El epígrafe que elegí es de George Bernard Shaw, el gran dramaturgo irlandés. El autor de la célebre obra teatral Pigmalion practicaba la didáctica valiéndose del afiladísimo estilete de su ironía, obligando a pensar a quienes le escuchaban por medio de parábolas cargadas de mensajes lapidarios. Y en efecto, tal cual lo sugirió el polémico escritor, no es lo mismo comunicarse para canjear cosas y dar cauce a instintos elementales que para intercambiar pensamientos complejos. Para lo primero bastan 400 palabras; para lo segundo, en cambio, se precisa de un vocabulario más amplio y diversificado. De persistir la empobrecedora tendencia detectada por Yolanda Romero Paredes se llegaría en poco tiempo al limitado lenguaje -compuesto por poco más de dos centenares de fonemas- del que se valían los neandertales en el Paleolítico Superior. ¿Llegaremos a ese extremo? Al paso que vamos, no lo dudo; no es mucha la distancia que separa ya a ambos sistemas de comunicación, aquel que usaba el hombre prehistórico, y el que hoy emplean nuestros jóvenes universitarios. Y no quiero ni pensar a qué niveles llegaríamos si descendemos más por la pirámide educativa de la sociedad. En fin, ahí está el problema… y hay que atajarlo con urgencia.

De cómo se adquiere el hábito de la lectura

Leer es una práctica que en los albores de la vida se aprende en la casa paterna -o materna, si es el caso- , si en ella había la costumbre de la lectura y, claro, si había libros. Se reafirma cuando el niño descubre la lectura en la primaria, al tiempo que dibuja y une letras, las asocia con los sonidos y, como consecuencia inevitable, empieza a escribir. La lectura se vuelve rutina obligatoria -o por lo menos eso se supone- cuando el escolapio accede al grado medio y superior de su educación, donde ya se le exige que sepa expresarse con propiedad a través de la escritura. Todo ello, obviamente, si en esas sucesivas etapas de su enseñanza tuvo la suerte de que sus maestros lo llevaran de la mano -con suavidad e inteligencia- a través del universo infinito del conocimiento. De esas experiencias, y, naturalmente, de la vocación y capacidad que como individuo posea, dependerá que ame las letras y las considere amigas y aliadas, o bien que las odie y les huya cual si fueran sus enemigas. Mas tarde, en la edad adulta, adquirir el hábito de la lectura es más complicado, aunque no imposible; en este, más que en otros aspectos de la vida, nunca es tarde para empezar. Termino ya: abrazar, sentir y conocer el significado de las palabras enriquece nuestro vocabulario, instrumento indispensable que otorga claridad y fluidez a la necesidad que tenemos de entendernos con nuestros semejantes. Y cuando se hace periodismo en cualquiera de sus géneros, mas obligado se está a producir textos pulcros, inteligibles, bien puntuados, sintáctica y semánticamente correctos y, si es posible, elegantes. El tema, estimado lector, no se agota… y conocerá pronto una segunda parte.

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