/ lunes 3 de junio de 2019

TIEMPOS DE DEMOCRACIA

El maravilloso mundo de las palabras, los libros y la comunicación 2da. Parte.

  • Debe darse por cierto que, en tanto mayor sea el número de vocablos que utilicemos, mayor también será la probabilidad de darnos a entender. No se trata de coleccionar palabras raras sólo para impresionar legos, no, de ninguna manera; poseer un vocabulario amplio no tiene más objetivo que aportar a la comunicación la máxima claridad posible, evitando los malos entendidos o la falta de comprensión.

Perfeccionar el buen decir se logra leyendo buenos libros y escuchando a quien sabe hablar. A ese fin mucho ayuda un buen conocimiento de la gramática, y un vocabulario suficientemente extenso como para transmitir con precisión, efectividad y elegancia el mensaje que se pretende divulgar.

En el artículo del pasado lunes comentaba con usted, amable lector, que el responder a la pregunta de cuántos libros habíamos leído el año próximo anterior podría darnos noticia de nuestra capacidad de comprensión así como de la calidad y cantidad de los conocimientos que poseemos. Incluso hasta conjeturamos que el dato podría alertarnos acerca de la necesidad de aumentarlos o, por lo menos, de actualizarlos. Escribí que “…para cultivar el espíritu, elevar el nivel de entendimiento y potenciar las posibilidades de la comunicación entre personas no se conoce camino mejor que la lectura de una obra clásica…”. A una semana de distancia me sostengo en lo dicho, máxime ahora que voy a referirme a la transmisión de las ideas por medio de la conversación, la oratoria, la escritura, o la locución. Creo firmemente que, para practicar la comunicación en cualquiera de sus diferentes géneros se requiere, no sólo de un esfuerzo firme y sostenido por mantenerse al día y estar bien informado, sino también de dominar el lenguaje de manera tal que confiera propiedad y corrección a nuestras expresiones.

Autoevaluación permanente

Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre

Ricardo León y Román

Así como hay general coincidencia en que los educadores deben sujetarse a una permanente certificación de sus saberes y a una continua actualización de sus métodos de enseñanza, así también los comunicadores -sean conferencistas, políticos, reporteros, comentaristas, locutores, opinadores, historiadores, cronistas, entrevistadores, ensayistas, dramaturgos, poetas, novelistas, libretistas, y súmele usted un larguísimo etcétera-, deberíamos someternos -y de hecho lo estamos por el público que nos lee o nos escucha- a un proceso constante de evaluación de nuestras capacidades. El tema es trascendente en tanto que nuestros pensamientos, transcritos a palabras, llegan a muchas personas y, al aportarles noticias, planes, programas, conceptos, conocimientos y opiniones, nos hacemos en cierta medida corresponsables de lo que una sociedad sabe, y de cómo lo dice. Quienes tenemos el privilegio de ocupar un espacio en los medios adquirimos, con nuestros lectores o con nuestros escuchas, el compromiso de transmitir mensajes siempre apegados a la verdad -si son noticias-, a la buena fe -si son opiniones-, y mediante un lenguaje invariablemente ajustado a las normas del buen decir.

¿De cuántas palabras nos valemos al hablar y/o al escribir?

El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho

Miguel de Cervantes

Pero… ¿de qué tamaño debe ser el bagaje lingüístico de quienes nos dedicamos a comunicar ideas e información? No es fácil precisarlo. Cervantes en su Quijote de la Mancha empleó casi 23 mil palabras diferentes, aunque más de 11 mil las escribió sólo una vez, seguramente porque él mismo las juzgaba de uso poco habitual. En el extremo opuesto de tan enorme riqueza lingüística cabe citar los casos de los estudiantes de la Universidad Autónoma de Tlaxcala detectados por Yolanda Romero Paredes, titular de Formación Docente de la Dirección de Educación Terminal de la Secretaría de Educación Pública del Gobierno de Tlaxcala, por ser dueños de un léxico extraordinariamente precario de entre 400 a 800 palabras. Estudiosos de la materia ofrecen algunos otros parámetros que corresponden al vocabulario del que en promedio se vale, por ejemplo, un filólogo -alrededor de 8 mil términos-; un escritor, -5 mil-, o un periodista, -3 mil 500-. Ocioso es decir que, excepto el dato del Quijote, que sí es exacto, los demás son ponderaciones que varían según el país, el medio, la ciudad, la persona, etc.

¿Cuántas términos conocemos?

Leer un libro enseña más que hablar con su autor, porque el autor, en el libro, sólo ha puesto sus mejores pensamientos

René Descartes

Debe darse por cierto que, en tanto mayor sea el número de vocablos que utilicemos, mayor también será la probabilidad de darnos a entender. No se trata de coleccionar palabras raras sólo para impresionar legos, no, de ninguna manera; poseer un vocabulario amplio no tiene más objetivo que aportar a la comunicación la máxima claridad posible, evitando los malos entendidos o la falta de comprensión. Para que se produzca ese trasvase de pensamientos entre humanos, y con ello se mejore y amplíe el caudal de conocimientos e información de una comunidad, se necesita conocer el universo de palabras de que el castellano nos provee en su forma oral o escrita. Las personas, en tanto seres sociales que somos, necesitamos acudir al diálogo para transmitirnos datos y compartir ideas y emociones. No hay duda pues de que, cuando los términos se usan de forma adecuada, se alcanza la efectividad que se pretende. A fin de cuentas todo se reduce a tener algo que decir… y a saber decirlo. Y si usted tiene interés en el tema le recomiendo una aplicación (http://vocabulario.bcbl.eu/vocabulario/start) que de manera rápida, amena e instructiva le permitirá conocer su propia valoración. Además va a pasar, amigo lector, un rato entretenido.

ANTENA NACIONAL

A propósito de embutes y chayotes

Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante

Ryszard Kapuscinski

Recibir una dádiva a cambio de un servicio de prensa puede o no ser comercialmente justificable. Mas si esa dádiva sirve para tergiversar la verdad, se convierte en soborno. A más de ser inmoral, para ese tipo de conducta existen códigos que la juzgan punible… y la castigan.

ANTENA ESTATAL

Más sobre la Conmemoración

Los libros son, entre mis consejeros, los que más aprecio, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer Alfonso V de Aragón

Datos de fuentes originales no faltan; lo que se requiere ahora es un acuerdo sobre su significado. Es este el momento de acabar de una vez con los falsos clichés que dieron pie a la equívoca interpretación de aquel episodio crucial en el que castellanos y tlaxcaltecas decidieron marchar juntos a Tenochtitlan para enfrentar al imperio de Moctezuma. En otras palabras: para acabar en definitiva con el tan oprobioso como injusto estigma de traidores que pesa sobre los ciudadanos tlaxcaltecas se requiere de una conclusión histórica eficaz, precisa y categórica, eximente de responsabilidad de un pueblo cuya única culpa -si así insisten en llamarla- fue privilegiar el interés de su comunidad y de su gente. En los más recientes actos convocados para dar a conocer los eventos que se están llevando al cabo para conmemorar el Encuentro de dos Culturas, la palabra del ciudadano gobernador Marco Mena se alzó fuerte y clara para demandar que se difunda y se haga valer el verdadero papel que tuvo Tlaxcala en la conformación de México como Nación. Como mandatario de la entidad se comprometió a que, ahí donde se escuche su voz, será para destacar el legítimo orgullo de los hijos de la Tierra del Pan de Maíz por su historia y sus tradiciones. Y añadiría yo: por la conducta asumida, no sólo por sus guerreros, sino sobre todo por sus sabios y democráticos gobernantes de la antigüedad. Toca ahora a la Coordinación de Comunicación Social hacer el trabajo de divulgación que le corresponde en los medios nacionales.


El maravilloso mundo de las palabras, los libros y la comunicación 2da. Parte.

  • Debe darse por cierto que, en tanto mayor sea el número de vocablos que utilicemos, mayor también será la probabilidad de darnos a entender. No se trata de coleccionar palabras raras sólo para impresionar legos, no, de ninguna manera; poseer un vocabulario amplio no tiene más objetivo que aportar a la comunicación la máxima claridad posible, evitando los malos entendidos o la falta de comprensión.

Perfeccionar el buen decir se logra leyendo buenos libros y escuchando a quien sabe hablar. A ese fin mucho ayuda un buen conocimiento de la gramática, y un vocabulario suficientemente extenso como para transmitir con precisión, efectividad y elegancia el mensaje que se pretende divulgar.

En el artículo del pasado lunes comentaba con usted, amable lector, que el responder a la pregunta de cuántos libros habíamos leído el año próximo anterior podría darnos noticia de nuestra capacidad de comprensión así como de la calidad y cantidad de los conocimientos que poseemos. Incluso hasta conjeturamos que el dato podría alertarnos acerca de la necesidad de aumentarlos o, por lo menos, de actualizarlos. Escribí que “…para cultivar el espíritu, elevar el nivel de entendimiento y potenciar las posibilidades de la comunicación entre personas no se conoce camino mejor que la lectura de una obra clásica…”. A una semana de distancia me sostengo en lo dicho, máxime ahora que voy a referirme a la transmisión de las ideas por medio de la conversación, la oratoria, la escritura, o la locución. Creo firmemente que, para practicar la comunicación en cualquiera de sus diferentes géneros se requiere, no sólo de un esfuerzo firme y sostenido por mantenerse al día y estar bien informado, sino también de dominar el lenguaje de manera tal que confiera propiedad y corrección a nuestras expresiones.

Autoevaluación permanente

Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre

Ricardo León y Román

Así como hay general coincidencia en que los educadores deben sujetarse a una permanente certificación de sus saberes y a una continua actualización de sus métodos de enseñanza, así también los comunicadores -sean conferencistas, políticos, reporteros, comentaristas, locutores, opinadores, historiadores, cronistas, entrevistadores, ensayistas, dramaturgos, poetas, novelistas, libretistas, y súmele usted un larguísimo etcétera-, deberíamos someternos -y de hecho lo estamos por el público que nos lee o nos escucha- a un proceso constante de evaluación de nuestras capacidades. El tema es trascendente en tanto que nuestros pensamientos, transcritos a palabras, llegan a muchas personas y, al aportarles noticias, planes, programas, conceptos, conocimientos y opiniones, nos hacemos en cierta medida corresponsables de lo que una sociedad sabe, y de cómo lo dice. Quienes tenemos el privilegio de ocupar un espacio en los medios adquirimos, con nuestros lectores o con nuestros escuchas, el compromiso de transmitir mensajes siempre apegados a la verdad -si son noticias-, a la buena fe -si son opiniones-, y mediante un lenguaje invariablemente ajustado a las normas del buen decir.

¿De cuántas palabras nos valemos al hablar y/o al escribir?

El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho

Miguel de Cervantes

Pero… ¿de qué tamaño debe ser el bagaje lingüístico de quienes nos dedicamos a comunicar ideas e información? No es fácil precisarlo. Cervantes en su Quijote de la Mancha empleó casi 23 mil palabras diferentes, aunque más de 11 mil las escribió sólo una vez, seguramente porque él mismo las juzgaba de uso poco habitual. En el extremo opuesto de tan enorme riqueza lingüística cabe citar los casos de los estudiantes de la Universidad Autónoma de Tlaxcala detectados por Yolanda Romero Paredes, titular de Formación Docente de la Dirección de Educación Terminal de la Secretaría de Educación Pública del Gobierno de Tlaxcala, por ser dueños de un léxico extraordinariamente precario de entre 400 a 800 palabras. Estudiosos de la materia ofrecen algunos otros parámetros que corresponden al vocabulario del que en promedio se vale, por ejemplo, un filólogo -alrededor de 8 mil términos-; un escritor, -5 mil-, o un periodista, -3 mil 500-. Ocioso es decir que, excepto el dato del Quijote, que sí es exacto, los demás son ponderaciones que varían según el país, el medio, la ciudad, la persona, etc.

¿Cuántas términos conocemos?

Leer un libro enseña más que hablar con su autor, porque el autor, en el libro, sólo ha puesto sus mejores pensamientos

René Descartes

Debe darse por cierto que, en tanto mayor sea el número de vocablos que utilicemos, mayor también será la probabilidad de darnos a entender. No se trata de coleccionar palabras raras sólo para impresionar legos, no, de ninguna manera; poseer un vocabulario amplio no tiene más objetivo que aportar a la comunicación la máxima claridad posible, evitando los malos entendidos o la falta de comprensión. Para que se produzca ese trasvase de pensamientos entre humanos, y con ello se mejore y amplíe el caudal de conocimientos e información de una comunidad, se necesita conocer el universo de palabras de que el castellano nos provee en su forma oral o escrita. Las personas, en tanto seres sociales que somos, necesitamos acudir al diálogo para transmitirnos datos y compartir ideas y emociones. No hay duda pues de que, cuando los términos se usan de forma adecuada, se alcanza la efectividad que se pretende. A fin de cuentas todo se reduce a tener algo que decir… y a saber decirlo. Y si usted tiene interés en el tema le recomiendo una aplicación (http://vocabulario.bcbl.eu/vocabulario/start) que de manera rápida, amena e instructiva le permitirá conocer su propia valoración. Además va a pasar, amigo lector, un rato entretenido.

ANTENA NACIONAL

A propósito de embutes y chayotes

Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante

Ryszard Kapuscinski

Recibir una dádiva a cambio de un servicio de prensa puede o no ser comercialmente justificable. Mas si esa dádiva sirve para tergiversar la verdad, se convierte en soborno. A más de ser inmoral, para ese tipo de conducta existen códigos que la juzgan punible… y la castigan.

ANTENA ESTATAL

Más sobre la Conmemoración

Los libros son, entre mis consejeros, los que más aprecio, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer Alfonso V de Aragón

Datos de fuentes originales no faltan; lo que se requiere ahora es un acuerdo sobre su significado. Es este el momento de acabar de una vez con los falsos clichés que dieron pie a la equívoca interpretación de aquel episodio crucial en el que castellanos y tlaxcaltecas decidieron marchar juntos a Tenochtitlan para enfrentar al imperio de Moctezuma. En otras palabras: para acabar en definitiva con el tan oprobioso como injusto estigma de traidores que pesa sobre los ciudadanos tlaxcaltecas se requiere de una conclusión histórica eficaz, precisa y categórica, eximente de responsabilidad de un pueblo cuya única culpa -si así insisten en llamarla- fue privilegiar el interés de su comunidad y de su gente. En los más recientes actos convocados para dar a conocer los eventos que se están llevando al cabo para conmemorar el Encuentro de dos Culturas, la palabra del ciudadano gobernador Marco Mena se alzó fuerte y clara para demandar que se difunda y se haga valer el verdadero papel que tuvo Tlaxcala en la conformación de México como Nación. Como mandatario de la entidad se comprometió a que, ahí donde se escuche su voz, será para destacar el legítimo orgullo de los hijos de la Tierra del Pan de Maíz por su historia y sus tradiciones. Y añadiría yo: por la conducta asumida, no sólo por sus guerreros, sino sobre todo por sus sabios y democráticos gobernantes de la antigüedad. Toca ahora a la Coordinación de Comunicación Social hacer el trabajo de divulgación que le corresponde en los medios nacionales.


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