/ lunes 6 de diciembre de 2021

Tiempos de Democracia | Populismo a la tabasqueña

El de López Obrador no parece encaminado a tropezar con las mismas piedras de otros regímenes de similar corte. Las ha sorteado con astucia y habilidad, evitando los escollos mayores ante los que su proyecto podría estrellarse.

Las encuestas apuntan -puntos más, puntos menos- a que el político populista al que se auguraba llevaría a México al desastre, hoy gobierna sin contrapesos y a su libre y caprichoso albedrío. Y lo hace con la complacencia de una mayoría ciudadana que fanáticamente le sigue y festeja. Las evidencias en forma de cifras están ahí y no admiten muchas interpretaciones: Andrés Manuel ha sabido construir una estructura de poder sólidamente cimentada que le permite dar a la nación el derrotero que mejor se ajusta a su ideario, un peculiar batiburrillo de políticas sociales con doctrinas de inspiración religiosa. Sin ninguna oposición al frente y teniendo de su lado a la gente y a las fuerzas armadas, dirigirá la nación otros tres años conforme a su hoja de ruta original. El descarrilamiento presagiado no ha ocurrido ni tiene visos de ocurrir, merced al innegable acierto con que ha conducido su relación con el todopoderoso socio estadounidense y a la sorprendente prudencia con que se ha ceñido a las reglas que rigen la economía mundial.

Popularidad inmarcesible

Al presidente se le recrimina que creció el número de pobres en su gobierno; cierto pero, en tiempos de pandemia … ¿en qué país la indigencia no aumentó? Se le achaca también que el peso se depreció respecto del dólar, pero… ¿cuantas monedas no pasan por el mismo calvario devaluatorio? Y se le reclama que la recuperación económica está siendo más lenta de lo previsto, pero… ¿acaso no se ha ralentizado en todo el mundo occidental? Y sí, el costo de la vida ha subido como nunca en los últimos veinte años, pero… ¿habrá quien piense que la inflación que afecta a todos los circuitos financieros del orbe exentaría a México? Ojalá no se me mal interprete: trató de explicar los hechos, no de justificarlos; eso toca hacerlo a cada persona conforme a su leal saber y entender. Lo que intento es descubrir las causas por las que la aceptación de Andrés Manuel sigue en cotas altísimas e inamovibles, pese a su proclividad a ignorar la legalidad; a que las cifras de inseguridad son inaceptables; a que el sistema de salud está en su peor nivel de precariedad e ineficiencia; a que los servicios públicos no han conocido un grado de abandono como el actual; a que la corrupción dista de haber cedido y a que el combate a la impunidad no ofrece resultados tangibles. Ni todo lo anterior junto, ni otros cien argumentos que en su contra se lanzaran, serían capaces de deteriorar su imagen.

La infinita credulidad de la gente

A López Obrador nadie le disputa ser la cabeza irremplazable del movimiento, lo que no obsta para que sus mismos aplaudidores le señalen las deficiencias de su gestión como gobernante. ¿Cómo se explica eso? ¿Cuál es la magia? ¿Las conferencias mañaneras? ¿Su cercanía con el pueblo? ¿Su carisma personal? ¿El lenguaje sencillo de su hablar pausado? ¿Su intuición para decir lo que la gente quiere escuchar? Le asiste la razón cuando afirma que los problemas son atribuibles a la herencia del neoliberalismo, a la perversidad de los conservadores y a circunstancias ajenas a su voluntad, como la malhadada pandemia y, ahora, como la inflación mundial, eventos ambos que -perdón por el tópico- le vinieron “como anillo al dedo” para justificar errores y atrasos. Con ese entendimiento, su ejército de incondicionales aguarda disciplinado a que el caudillo venza las resistencias que se oponen al cambio verdadero, dándole tiempo para que sus obras y sus programas maduren y se llegue, por fin, el momento feliz de recoger los frutos prometidos.

La variante populista de López Obrador

Lo que acontece en México es un fenómeno político digno de estudio. Estamos ante una forma de populismo que, si bien se ajusta a las características de ese tipo de regímenes, discurre por vías distintas. No ha descuidado aspectos que los liderazgos prototípicos de su género suelen desatender, como las relaciones con gobiernos ideológicamente distintos al suyo y como la sujeción a las normas de las organizaciones financieras y económicas internacionales a las que están adscritas las naciones de occidente. No por gusto sino por necesidad de sobrevivencia, Andrés Manuel ha tenido que adaptarse a esas condiciones y -hay que decirlo- lo ha hecho con tino. Contra casi todos los pronósticos, ha sabido navegar a través de las aguas procelosas de una economía mundial en crisis. Y ahí la va llevando.

“…lo mero principal…”

En lo interno tiene despejado el panorama para avanzar en el proceso de cambio, pese a la demagogia que afecta sus peroratas, a que se equivoca mil veces, a que nos miente a diario y a que se vale de la calumnia para desacreditar a quienes considera sus enemigos. Posee empero la habilidad de aderezar la realidad con “otros datos” y con frases distractoras que evitan los temas importantes. Su discurso del 1º de diciembre, pronunciado al inicio de la segunda mitad de su gobierno, dio por acabada la construcción de la Cuarta Transformación, un edificio al que aún le faltan varios pisos. Es pues prematuro hablar de su consolidación y de la irreversibilidad de sus logros, si bien algunos -los apoyos sociales, por ejemplo- no habrá quien se atreva a anularlos ni a retornar al frívolo boato con que antaño se gobernaba.

La revolución de las conciencias a que -citando a González Pedrero- alude el presidente como lo mero principal de su tarea es, sin embargo, un concepto más ambicioso que conlleva cambios de largo plazo y que requiere indispensablemente de elevar la calidad del sistema educativo nacional y de fomentar -que no atacar- a las entidades académicas donde se preparan esos mexicanos de mañana a los que queremos conscientes de sus derechos.

El de López Obrador no parece encaminado a tropezar con las mismas piedras de otros regímenes de similar corte. Las ha sorteado con astucia y habilidad, evitando los escollos mayores ante los que su proyecto podría estrellarse.

Las encuestas apuntan -puntos más, puntos menos- a que el político populista al que se auguraba llevaría a México al desastre, hoy gobierna sin contrapesos y a su libre y caprichoso albedrío. Y lo hace con la complacencia de una mayoría ciudadana que fanáticamente le sigue y festeja. Las evidencias en forma de cifras están ahí y no admiten muchas interpretaciones: Andrés Manuel ha sabido construir una estructura de poder sólidamente cimentada que le permite dar a la nación el derrotero que mejor se ajusta a su ideario, un peculiar batiburrillo de políticas sociales con doctrinas de inspiración religiosa. Sin ninguna oposición al frente y teniendo de su lado a la gente y a las fuerzas armadas, dirigirá la nación otros tres años conforme a su hoja de ruta original. El descarrilamiento presagiado no ha ocurrido ni tiene visos de ocurrir, merced al innegable acierto con que ha conducido su relación con el todopoderoso socio estadounidense y a la sorprendente prudencia con que se ha ceñido a las reglas que rigen la economía mundial.

Popularidad inmarcesible

Al presidente se le recrimina que creció el número de pobres en su gobierno; cierto pero, en tiempos de pandemia … ¿en qué país la indigencia no aumentó? Se le achaca también que el peso se depreció respecto del dólar, pero… ¿cuantas monedas no pasan por el mismo calvario devaluatorio? Y se le reclama que la recuperación económica está siendo más lenta de lo previsto, pero… ¿acaso no se ha ralentizado en todo el mundo occidental? Y sí, el costo de la vida ha subido como nunca en los últimos veinte años, pero… ¿habrá quien piense que la inflación que afecta a todos los circuitos financieros del orbe exentaría a México? Ojalá no se me mal interprete: trató de explicar los hechos, no de justificarlos; eso toca hacerlo a cada persona conforme a su leal saber y entender. Lo que intento es descubrir las causas por las que la aceptación de Andrés Manuel sigue en cotas altísimas e inamovibles, pese a su proclividad a ignorar la legalidad; a que las cifras de inseguridad son inaceptables; a que el sistema de salud está en su peor nivel de precariedad e ineficiencia; a que los servicios públicos no han conocido un grado de abandono como el actual; a que la corrupción dista de haber cedido y a que el combate a la impunidad no ofrece resultados tangibles. Ni todo lo anterior junto, ni otros cien argumentos que en su contra se lanzaran, serían capaces de deteriorar su imagen.

La infinita credulidad de la gente

A López Obrador nadie le disputa ser la cabeza irremplazable del movimiento, lo que no obsta para que sus mismos aplaudidores le señalen las deficiencias de su gestión como gobernante. ¿Cómo se explica eso? ¿Cuál es la magia? ¿Las conferencias mañaneras? ¿Su cercanía con el pueblo? ¿Su carisma personal? ¿El lenguaje sencillo de su hablar pausado? ¿Su intuición para decir lo que la gente quiere escuchar? Le asiste la razón cuando afirma que los problemas son atribuibles a la herencia del neoliberalismo, a la perversidad de los conservadores y a circunstancias ajenas a su voluntad, como la malhadada pandemia y, ahora, como la inflación mundial, eventos ambos que -perdón por el tópico- le vinieron “como anillo al dedo” para justificar errores y atrasos. Con ese entendimiento, su ejército de incondicionales aguarda disciplinado a que el caudillo venza las resistencias que se oponen al cambio verdadero, dándole tiempo para que sus obras y sus programas maduren y se llegue, por fin, el momento feliz de recoger los frutos prometidos.

La variante populista de López Obrador

Lo que acontece en México es un fenómeno político digno de estudio. Estamos ante una forma de populismo que, si bien se ajusta a las características de ese tipo de regímenes, discurre por vías distintas. No ha descuidado aspectos que los liderazgos prototípicos de su género suelen desatender, como las relaciones con gobiernos ideológicamente distintos al suyo y como la sujeción a las normas de las organizaciones financieras y económicas internacionales a las que están adscritas las naciones de occidente. No por gusto sino por necesidad de sobrevivencia, Andrés Manuel ha tenido que adaptarse a esas condiciones y -hay que decirlo- lo ha hecho con tino. Contra casi todos los pronósticos, ha sabido navegar a través de las aguas procelosas de una economía mundial en crisis. Y ahí la va llevando.

“…lo mero principal…”

En lo interno tiene despejado el panorama para avanzar en el proceso de cambio, pese a la demagogia que afecta sus peroratas, a que se equivoca mil veces, a que nos miente a diario y a que se vale de la calumnia para desacreditar a quienes considera sus enemigos. Posee empero la habilidad de aderezar la realidad con “otros datos” y con frases distractoras que evitan los temas importantes. Su discurso del 1º de diciembre, pronunciado al inicio de la segunda mitad de su gobierno, dio por acabada la construcción de la Cuarta Transformación, un edificio al que aún le faltan varios pisos. Es pues prematuro hablar de su consolidación y de la irreversibilidad de sus logros, si bien algunos -los apoyos sociales, por ejemplo- no habrá quien se atreva a anularlos ni a retornar al frívolo boato con que antaño se gobernaba.

La revolución de las conciencias a que -citando a González Pedrero- alude el presidente como lo mero principal de su tarea es, sin embargo, un concepto más ambicioso que conlleva cambios de largo plazo y que requiere indispensablemente de elevar la calidad del sistema educativo nacional y de fomentar -que no atacar- a las entidades académicas donde se preparan esos mexicanos de mañana a los que queremos conscientes de sus derechos.