/ martes 2 de noviembre de 2021

Tintero | Daño colateral

Covid-19 no solo trajo consigo una gran enseñanza para las personas: ser humildes, cuidadosas de la salud, agradecer a Dios (o al personaje en quien religiosamente crean) por un solo día más de vida, saludar, decir gracias y, entre otras muchas cosas, ser solidarias.

Pero también ha dejado graves secuelas no solo a quienes lo han padecido en términos de salud, sino también en aquellos que, sin ser contagiados por el virus, han vivido las malas acciones de los gobiernos que tardaron en tomar decisiones para enfrentar la pandemia.

No vamos lejos. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien dijo que contra el coronavirus lo cuidaban sus amuletos que trae en los bolsillos de su pantalón, olvidó la máxima de los ancianos, aquella de que, para enfrentar un problema, no es suficiente la voluntad de Dios ni la bendición de la madre.

El tema es que la enfermedad ha dejado un daño colateral. Explico: quienes enfermaron y sobrevivieron enfrentan problemas para respirar, no escuchan bien, perdieron el sentido del olfato y el sabor; viven en la depresión, ansiedad y, en algunos casos, hasta odio con la vida.

Otros, quienes perdieron su empleo, empresas y formas de obtener ingresos económicos, en su desesperación, han buscado a toda costa la forma de obtener dinero y hallaron dos opciones: operar, al margen de la ley, negocios ambulantes o desde casa (es decir que no tienen permiso para funcionar y evaden impuestos) y reclutarse a las filas de la delincuencia y es lo que más ha ganado pues, aunque López Obrador diga que tiene “otros datos”, los oficiales de su mismo gobierno le llevan la contraria.

El pasado domingo, El Sol de Tlaxcala publicó que en 2020, cuando inició la pandemia, la entidad registró casi 600 muertes violentas, muchas de ellas por homicidios. Qué grave. Hay que esperar las cifras actualizadas para saber que las estadísticas no disminuyen y van al alza.

El asunto es que la delincuencia con nuevos “reclutas” que no hallan un espacio laboral, no da tregua.

Y quien diga lo contrario miente. Los robos a casas-habitación, negocios, transeúntes y autopartes de automóviles no cesan. Durante el gobierno de Marco Antonio Mena surgieron bandas de delincuentes que, en cualquier zona de la entidad y en cuestión de minutos robaban las llantas de los automóviles del año que fuera. La técnica, ahora, ha sido perfeccionada, lo hacen en segundos y no solo eso, quitan retrovisores, faros, estéreos y hasta facias. El tema es que los hampones ya perdieron el pudor y lo hacen sin que la policía pueda controlarlos, a cualquier hora del día y hasta en zonas céntricas de la capital.

El Gobierno estatal y los municipales necesitan con urgencia realizar una depuración de los efectivos, pero no para saber quiénes cumplen o no con el perfil físico pues eso lo hace el Ejército, sino para determinar quiénes tienen un comportamiento criminal. La autoridad, para ello, puede asesorarse de expertos en psicología.

Qué tan penoso es para una autoridad que, en cada colonia, pueblo o ciudad, la gente coloque anuncios en los que advierta a los delincuentes: “si te cachamos te vamos a linchar”. No es una buena señal.

Eso sí, los linchamientos no son nuevos en Tlaxcala. La gente enardecida le pega a todo lo que se mueva, sean culpables o no. ¿Y la policía? Pues nunca interviene siguiendo supuestamente un torpe protocolo de actuación.

Por ejemplo, en 1993, en Nativitas, decenas de pobladores, ante la complacencia de los policías, amarraron a dos mujeres a un árbol, reunieron leña verde y las quería quemar porque a una persona se le ocurrió decir que eran “brujas y que en la noche chupaban la sangre a los niños”. Patético.

Combatir la inseguridad requiere, insisto, de una perfecta estrategia de combate y no dejarlo a la voluntad de Dios. Al tiempo.

Covid-19 no solo trajo consigo una gran enseñanza para las personas: ser humildes, cuidadosas de la salud, agradecer a Dios (o al personaje en quien religiosamente crean) por un solo día más de vida, saludar, decir gracias y, entre otras muchas cosas, ser solidarias.

Pero también ha dejado graves secuelas no solo a quienes lo han padecido en términos de salud, sino también en aquellos que, sin ser contagiados por el virus, han vivido las malas acciones de los gobiernos que tardaron en tomar decisiones para enfrentar la pandemia.

No vamos lejos. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien dijo que contra el coronavirus lo cuidaban sus amuletos que trae en los bolsillos de su pantalón, olvidó la máxima de los ancianos, aquella de que, para enfrentar un problema, no es suficiente la voluntad de Dios ni la bendición de la madre.

El tema es que la enfermedad ha dejado un daño colateral. Explico: quienes enfermaron y sobrevivieron enfrentan problemas para respirar, no escuchan bien, perdieron el sentido del olfato y el sabor; viven en la depresión, ansiedad y, en algunos casos, hasta odio con la vida.

Otros, quienes perdieron su empleo, empresas y formas de obtener ingresos económicos, en su desesperación, han buscado a toda costa la forma de obtener dinero y hallaron dos opciones: operar, al margen de la ley, negocios ambulantes o desde casa (es decir que no tienen permiso para funcionar y evaden impuestos) y reclutarse a las filas de la delincuencia y es lo que más ha ganado pues, aunque López Obrador diga que tiene “otros datos”, los oficiales de su mismo gobierno le llevan la contraria.

El pasado domingo, El Sol de Tlaxcala publicó que en 2020, cuando inició la pandemia, la entidad registró casi 600 muertes violentas, muchas de ellas por homicidios. Qué grave. Hay que esperar las cifras actualizadas para saber que las estadísticas no disminuyen y van al alza.

El asunto es que la delincuencia con nuevos “reclutas” que no hallan un espacio laboral, no da tregua.

Y quien diga lo contrario miente. Los robos a casas-habitación, negocios, transeúntes y autopartes de automóviles no cesan. Durante el gobierno de Marco Antonio Mena surgieron bandas de delincuentes que, en cualquier zona de la entidad y en cuestión de minutos robaban las llantas de los automóviles del año que fuera. La técnica, ahora, ha sido perfeccionada, lo hacen en segundos y no solo eso, quitan retrovisores, faros, estéreos y hasta facias. El tema es que los hampones ya perdieron el pudor y lo hacen sin que la policía pueda controlarlos, a cualquier hora del día y hasta en zonas céntricas de la capital.

El Gobierno estatal y los municipales necesitan con urgencia realizar una depuración de los efectivos, pero no para saber quiénes cumplen o no con el perfil físico pues eso lo hace el Ejército, sino para determinar quiénes tienen un comportamiento criminal. La autoridad, para ello, puede asesorarse de expertos en psicología.

Qué tan penoso es para una autoridad que, en cada colonia, pueblo o ciudad, la gente coloque anuncios en los que advierta a los delincuentes: “si te cachamos te vamos a linchar”. No es una buena señal.

Eso sí, los linchamientos no son nuevos en Tlaxcala. La gente enardecida le pega a todo lo que se mueva, sean culpables o no. ¿Y la policía? Pues nunca interviene siguiendo supuestamente un torpe protocolo de actuación.

Por ejemplo, en 1993, en Nativitas, decenas de pobladores, ante la complacencia de los policías, amarraron a dos mujeres a un árbol, reunieron leña verde y las quería quemar porque a una persona se le ocurrió decir que eran “brujas y que en la noche chupaban la sangre a los niños”. Patético.

Combatir la inseguridad requiere, insisto, de una perfecta estrategia de combate y no dejarlo a la voluntad de Dios. Al tiempo.

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