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Cuarto de Reflexiones

  • Máximo Hernández Cervantes

Hay quienes dicen que recordar es volver a vivir. Otros más aseguran que recordar en realidad es morir un poco.

Yo agrego que los recuerdos positivos son privilegio de las personas buenas. Los recuerdos negativos amargan alma y espíritu de sus dueños.

Ojalá, preciado lector, no le resulte ocioso leer mi reflexión de hoy, pues estoy convencido de que nuestro lenguaje es tan bello y tiene un significado profundo que con frecuencia olvidamos. Hablemos del verbo recordar.

La palabra recordar viene del latín recordari, formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar quiere decir mucho más que tener a alguien presente en la memoria. Significa volver a pasar por el corazón. Si yo le digo a alguien que lo estoy recordando, le digo que lo estoy volviendo a pasar por mi corazón.

La palabra acordar tiene una etimología similar. Viene del latín accordare, de a (proximidad) y cordis (corazón). Es decir, unir los corazones.

Acordar y acuerdo se derivan de acorde, una palabra tan inocente en apariencia. En primera instancia nos remite a la música. Es cierto, acorde es igual a música. “Se escucharon los acordes del Himno Nacional”, suelen contar las crónicas, porque los acordes llevan el concepto subliminal de la música elaborada, de la afinación correcta. Acorde nos da una idea de orden, belleza y armonía.

El concepto acuerdo lo percibimos con un aroma positivo, porque aunque tiene su origen en el sánscrito krid, que los indoeuropeos transformaron en kerd, kirdia, kardio, los latinos lo transformaron en cordis, corazón; por eso el acuerdo busca la concordia y rechaza el incordio (por cierto, así nombramos a un tumor en el pecho). También, cada individuo puede adoptar -él solo- un acuerdo, es decir, una determinación dentro de sí mismo.

Un acuerdo evoca concordia, y concordia nos sugiere concordancia, voces ambas que tienen sus antónimos en discordia y discordancia. Concordia es un pacto para conseguir armonía, es una acción literal que significa con el corazón.

Acordarse es una palabra que nos muestra una contorsión que toma a su vez un valor reflexivo, porque aquello de lo que nos acordamos es lo que nuestro corazón guarda y hace latir y nos envía a la memoria. Sin olvidar que los antiguos griegos creían que la memoria estaba en el corazón.

Ahora bien, el tiempo ha sido injusto con el verbo acordar, porque algunas acepciones han caído en desuso. En muchas partes donde se habla el español, incluido nuestro estado de Tlaxcala, por mucho tiempo recordar también ha significado despertar, volver en sí. “Muévelo para que recuerde”, solían decir nuestros abuelos. O “voy a dormir un rato, recuérdame a tal hora”; a recordar lo entendemos como sinónimo de despertar.

Asimismo, cordial también proviene de cordis, corazón, esfuerzo, ánimo. Que tiene virtud para fortalecer el corazón. Afectuoso, de corazón.

Otro derivado más: Misericordia viene de miser (miserable, desdichado) y nuestra ya conocida cordis. Misericordia se refiere a la capacidad de sentir en el corazón la desdicha de los demás.

En los tiempos convulsos que transitamos, cuánta falta hacen concordia y acuerdos entre todos. Acuerdos y concordia entre familias, entre vecinos, entre compañeros de trabajo, entre transeúntes, entre conductores de automóviles, entre gobierno y gobernados; entre partidos políticos, entre Poderes… entre lo que se le ocurra y mande.

Y si de recordar se trata, oportuno es hacerlo con la vida y obra de Benito Pablo Juárez García, de quien recordaremos mañana su natalicio.

No tengo duda de que Don Benito Juárez fue un hombre de su tiempo, que tomó decisiones importantes para la vida común de los mexicanos. Decisiones humanas, con todo lo que eso conlleva. Recordemos sus virtudes y acciones en beneficio del País.

De paso, recordemos también al equipo de cercanos que le ayudaron a gobernar: Melchor Ocampo, Santos Degollado, Francisco Zarco, Manuel Doblado, Sebastián Lerdo de Tejada, José María Lafragua, Ignacio de la Llave, José María Iglesias, Ignacio Ramírez, Ignacio Zaragoza, Miguel Negrete, Guillermo Prieto… ¡Toda una pléyade de intelectuales y grandes mexicanos.

¿Qué hubiera sido del gobierno de Juárez sin estos colaboradores? Jamás lo sabremos. Ahora los gobernantes tienen lo que tienen.

Vaya pues un cordial recuerdo para Juárez y colaboradores que acordaron con él y le acompañaron de manera cordial y trabajaron acorde a sus circunstancias.