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El cristal con que se mira

  • Aurora Aguilar Rodríguez

Hacer el bien… ¡bien!

Vaya época en la que vivimos. Nunca como antes en nuestro estado y en general en el mundo, la tecnología y los avances en infraestructura y educación han estado tan democratizados y, aún con ello, tan triste y desesperanzada la sociedad.

Aun con la posibilidad de comunicarse por redes sociales o prensa escrita o digital, los poderosos siguen en sus tronos de lejanía como los monarcas en la antigüedad.

Me sorprende la forma en que personas que en la vida diaria son gente preparada y que opinan con bastante claridad en su día a día llegan a un cargo o posición de mando y, diríamos coloquialmente, se les hace bolas el engrudo; el más cuerdo pierde sentido común en la toma de decisiones, cambia el orden de prioridades por dar gusto al tlatoani en turno en lugar de tener claro que es a quienes con sus impuestos pagan sus sueldos a quienes en realidad se deben. En fin, que pierden la brújula.

Hace años, cuando trabajaba yo en lo que hoy es Secretaría de Economía, después de un álgido encuentro en que los funcionarios abandonaron una reunión y dejaron a los empresarios sentados, un secretario de cartera estatal me cuestionó la razón por la que me había quedado con los representantes del sector. -¿Tú, para quien trabajas? Me preguntó. -¿Yo? Para los empresarios, sin duda. Sin ellos me queda claro que no tendría trabajo. Se molestó conmigo el hombre. Sigo pensando así. Cuando alguien tiene el privilegio de un espacio público, su deber es estar del lado de a quienes la institución sirve, no de los poderosos.

Tristemente vemos que la mediocridad, la mezquindad y la cortedad de miras permea el día a día. Así nos ha ido. Yo te invito querido lector a que busques hoy a quien no se avergüence de su pasado, a quien se haya apostado por las causas de la gente, por la congruencia, los resultados y el servicio a los demás. Alguien nos representará. El contrato al final con ese representante, lo firma la sociedad.

Parece una utopía y no lo es; cuando se hace el bien mal hecho, se mata la esperanza, cuando se hace el bien, bien hecho, se motiva a la acción, se despierta la alegría, se alcanza el éxito sí o sí. Es ley de vida, ¿sabes qué? ¡Funciona!