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El cristal con que se mira

  • Aurora Aguilar Rodríguez

Fuente ovejuna

El anonimato otorga impunidad, y la impunidad es el mayor cáncer que tenemos en el país. Mientras quien comete un delito se esconde en la oscuridad del anonimato y con ello evade la responsabilidad de sus actos, la sociedad se llena de desconfianza, irritación y desesperanza.

Gustavo Entrala, gurú de la comunicación digital, quien convenció a Benedicto XVI de comunicarse con los feligreses a través de Twitter y que a la fecha lleva la cuenta del pontífice, relata respecto a las “fake news” que aparecen todos los días en redes sociales, que debe convencer a su propia madre de no creer cosas que se adjudican al Papa y que son totalmente falsas solo porque lo dice el Internet.

En Italia hay ya una campaña contra las noticias falsas que inundan la red, cuyo logo es un tiburón saltando fuera del agua y en posición de comerse un helicóptero. En México (¡ah! Nuestro amado México), ni a programas de prevención llegamos. Cualquiera, desde un perfil falso en internet hasta medios de comunicación “serios”, puede difamar, calumniar, señalar y elevar a condena el juicio público provocado por una nota falsa. Lo triste es que la calumnia queda, el prestigio del calumniado se hace añicos, el buen nombre que se cuida toda la vida se mancha por la acción de un cobarde que, escondido en el anonimato, se pierde en las sombras de la impunidad.

La política es tierra fértil para estos sucesos. De por sí el oficio como tal está desprestigiado. De por sí los corruptos manifiestos agregan carroña a una actividad que tiene la nobleza de incidir como ninguna otra en la vida de la gente. De por sí la gente decente quiere vivir lo más alejada posible de la política y los políticos. Si a eso le agregamos la basura de mentes pequeñas que actúan acorde al tamaño de sus principios, es lógico que el ciudadano común esté herido y harto de cualquiera que a la política se dedique.

“Aurora, los ciudadanos queremos políticos honestos y comprometidos, ¿es eso mucho pedir?”, me preguntó hace unos días una amiga que ha vivido y sufrido lo que la política hace a una familia. La respuesta fue: los políticos salen de la sociedad. ¿Vivimos en una sociedad de ciudadanos honestos y comprometidos? Estoy convencida que la inmensa mayoría sí.

Envío mi conmiseración y compasión a quienes hoy deciden abrir páginas y pagar en Facebook para atentar contra lo que mas he cuidado en la vida, amén de mis hijas, que es mi prestigio. Estoy cierta que casi un cuarto de siglo sin mancha en mi expediente profesional, comprometida con los resultados, la transparencia y rendición de cuentas, están y estarán por encima de esas mentes diminutas.

Por lo demás, a seguir adelante, a construir y soñar, a diseñar y ejecutar. Es momento de propuestas, no de descalificaciones. Tlaxcala es grande y su futuro, sí así lo decidimos los tlaxcaltecas, será próspero, de igualdad y paz para cada una de sus familias.