imagotipo

La libertad de expresión

  • Arturo Duén Torres

Los que aprueban una opinión, le

llaman opinión, pero los que la

desaprueban la llaman herejía.

Thomas Hobbes

Cualquier persona, así lo consagra la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, tiene la facultad de escribir y publicar sobre algún tema sin limitaciones; desafortunadamente, como ha ocurrido en otros casos esas garantías se han visto cercenadas por la falta de interés de las autoridades, dándole interpretaciones injustificables a las normas, por eso cuando alguien se atreve a hablar sobre asuntos muy escabrosos donde a la luz pública salen a relucir los escándalos de gente de mucho poder se hacen evidentes no solo la inoperancia de las leyes, sino de la impunidad en el ejercicio de las mismas.

En esta asociación entre la impunidad y la limitada facultad de expresar las ideas particulares se pierde esa libertad, así como la posibilidad de enterar a la gente, cuáles son los problemas que aquejan al país; como si las personas fueran ignorantes del acontecer cotidiano; refrendarlo públicamente es lo que causa escozor, sin darle otro valor a las críticas y los cuestionamientos; así ocurría en otros tiempos, la fuerza de la palabra, particularmente la escrita, tenía no solo la aceptación popular, sino además el poder de transformar un estado de las cosas, si quien recibía los señalamientos los hacía con cordura, eso posibilitaba la oportunidad de mejorar en sus acciones y demostrarlo ante los subordinados o al mismo pueblo.

No es la censura la que acalla las voces, es el temor a ser víctima de la violencia por parte de quienes se sienten agraviados en su intimidad, intimidad que se rompe cuando muchas personas se dan cuenta de sus actos, obvio de aquellos cuyo decir y hacer afectan a la sociedad en general, particularmente los vinculados con la corrupción y la delincuencia. Ya no es fácil ocultarse del escrutinio popular, los medios de información, las redes sociales, y los comunicadores, son los elementos principales para hacer notables las malas conductas de los individuos, pocos se salvan de tan especiales formas de llevar a la exposición pública cualquier tipo de acontecimiento.

Ante las circunstancias la libre expresión se encuentra en una severa crisis, las oportunidades de hacer comentarios evaluadores, quedan a mal resguardo, en virtud de su interpretación, surgiendo en este sentido, infinidad de interrogantes para poder establecer un criterio que identifique las amenazas o hasta los crímenes que han sufrido algunos periodistas en manos de quienes se identifican por sí mismos como trasgresores de la ley.

Los recientes acontecimientos han reavivado los reclamos al gobierno solicitándole se aplique la justicia y se acabe con la impunidad, puesto que hasta la fecha se siguen eludiendo responsabilidades e ignorando los principios elementales en la procuración de justicia. Esta efervescencia recriminatoria resurge recientemente por los periodistas ultimados: Miroslava Breach y Javier Valdez, así como el recuento de otros casos similares donde tampoco ha sido observada la respuesta y los resultados en las investigaciones acordadas por las autoridades responsables.

Sin soslayar los trágicos acontecimientos, pues la perdida de una vida es irreparable, se debe pugnar por el esclarecimiento de estos abominables crímenes, donde se castigue con todo el rigor de la ley a los responsables, obligando para ello a realizar las investigaciones pertinentes para llegar hasta el fin de las cosas, sin ser esto un paliativo, son importantes estas acciones para dar testimonio, cuando menos, del cumplimiento del deber.

Desafortunadamente, la tragedia, o las tragedias, se han minimizado al punto de llevarlas a una pretendida explicación, sin tener las pruebas suficientes, se han vertido promesas de intervención; todo mundo, dígase funcionarios de primer nivel del gobierno, han expresado su interés para asegurar el esclarecimiento de los hechos, palabras dichas por los titulares de la Secretaria de Gobernación y de la Procuraduría Federal de Justicia. Sin embargo no puede ocultarse el gran escepticismo provocado, pues parecen discursos muy repetidos; desde los desaparecidos estudiantes de Ayotzinapa, hasta lo del comunicador Javier Valdez; han sido solo promesas y de pocos o nulos resultados.

Desde luego la intervención del presidente ha sido severamente cuestionada pues en esa analogía de acontecimientos también ha presumido de la buena palabra, lo malo del asunto fue la falta de convencimiento, como ocurrió en el discurso alusivo las interrupciones rebasaron la intención de una actitud aparentemente solidaria, en una ceremonia fastuosa por los asistentes y el lugar, donde el duelo se convirtió en palabras de exigencia y de repudio ante la ineficiencia de la justicia. No hubo mella en el ánimo de los profesionales del periodismo, el minuto de silencio solicitado por el Presidente se convirtió en una tormentosa ola de rechazo a un discurso, en apariencia, lleno de promesas y lamentaciones.

Desde otra perspectiva hubo quienes destacaron la baja de popularidad del Presidente, sus participaciones discursivas solo las aplauden los que dependen de su investidura, para los comunes, solo el escepticismo, sus palabras ya no encuentran la respuesta de otros tiempos, nada puede detener el desencanto por tantos errores cometidos; aunque la responsabilidad no es personal, es compartida con sus colaboradores.

En otra visión, la tragedia ha servido para generar más temor no solo en el ámbito de la comunicación sino entre aquellos que han manifestado su rechazo a un régimen lleno de malos manejos en sus funciones; además la evidencia de que corrupción e impunidad, se han desarrollado exponencialmente; con estos antecedentes, el libre pensamiento, la libre concurrencia y los cuestionamientos quedarán sometidos al juicio de quien las recibe, si por alguna razón eso causara molestia, debe haber preocupación, si por el contrario, se reciben para cambiar las condiciones señaladas, se podrá decir que sería posible tener libertad de expresión.