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Política para adultos

  • José Antonio Álvarez Lima

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Malinche

Hace veinticinco años nuestra querida montaña Malinche estaba en peligro: ambiciosos tala montes subían por la madrugada con motosierras y vehículos todo terreno y salían del bosque después de mediodía con sus camionetas cargadas de gruesos troncos recién talados. Subían y bajaban por el camino de San Isidro Buensuceso y Canoa, de tal forma que su refugio estaba en el estado de Puebla. Andaban armados y estaban dispuestos a usar sus fierros si alguien los oponía. Tal y como los huachicoleros hoy en día.

Pero no eran los únicos depredadores:

Por el lado oriente del volcán en el rumbo de Pilares, miles de chivas pastaban libremente, alimentándose con los retoños de pinos y oyameles impidiendo así la regeneración natural del bosque.

Asimismo, habitantes de Tetlanohcan subían cotidianamente a la Malinche, acompañados de sus burros y perros, a realizar las tareas que les permitían sobrevivir desde hace siglos: hacer y bajar carbón y también traer troncos delgados que utilizaban para construir los techos de sus viviendas: los famosos morillos.

De tal manera que entre los modestos campesinos que explotaban la montaña para sobrevivir, también había depredadores violentos y ganaderos de chivas que hacían negocio con nuestros recursos forestales para las festividades del Mole de Cadera en Tehuacán.

Así, la situación parecía irresoluble. Nuestro bosque mayor estaba condenado a desaparecer, como ya había ocurrido en la parte sur de la montaña que pertenece al estado de Puebla.

Los analistas superficiales creían que lo mejor sería dejar las cosas como estaban y no intervenir. -“¿Quién se atreverá a impedir que suban los carboneros de Tetlanohcan? Estas personas no tienen otra forma de vivir”- decían con razón. Además, agregaban, “Los bienes son para resolver los males, y el carbón da de comer a muchas familias”.

Otros observadores afirmaban que la única forma de parar a los tala montes, expulsar las chivas y detener el flujo diario de carboneros era con el uso del Ejército. “Rodear la Malinche con unos mil soldados sería la solución”, “solo ellos tienen las armas y la disciplina para someter a los delincuentes y a los pobres”.

Los bosques de la montaña parecían así condenados a convertirse en carbón, alimento de chivas o aserrín para aglomerados.

Terrible panorama

Sin embargo, esto no ocurrió. Y hoy vemos a la Malinche sana, fuerte y hermosa. Libre de depredadores. Y donde solo algunos viejos campesinos todavía suben al carbón, limpiando el bosque de árboles viejos o enfermos, que son su única materia prima.

Tampoco hay ya chivas de Tehuacán, ni tala montes de Puebla. Nunca se utilizó al Ejército para cuidar el bosque, ni se cercaron los perímetros del volcán. Tampoco se prohibió a quienes legítimamente vivían de la montaña y continúan haciéndolo. Hoy la Malinche vive sana y segura.

¿Cómo fue que se llevó a cabo el milagro sin utilizar la fuerza y con recursos financieros limitados?

En la siguiente entrega lo relataremos.

Un monstruo insumiso y peligroso

El huachicol estalló y esparció sus flamas por el país.

El fuego ya alcanzó a políticos que ocultaron el problema y lo dejaron crecer hasta niveles desproporcionados.

Gobernadores, presidentes municipales, empleados y sindicalistas de PEMEX cometieron omisiones, al decir de quienes han tenido que cargar con los muertos: las Fuerzas Armadas.

El asunto, como todos los problemas sociales, tiene orígenes y soluciones multifactoriales, pero poco a poco los comentócratas ya han llegado a la primera conclusión: el robo de combustibles no tiene solución militar.

Así, a diferencia de la lucha contra el narcotráfico, nadie en su sano juicio afirma que enviando más soldados y marinos a la hoguera, se apagarán las llamas del huachicol.

El tema es mucho más complejo y, para acercarse a él, resulta útil analizar la radiografía sociológica que publica Sergio Masttreta en Nexos: “Escenas del Huachicol Poblano”.

Ahí queda claro el complicado entramado económico y social que propició el crecimiento del robo de combustible, precisamente en esas zonas pobres del “México profundo”, y que hoy en día poco tienen que ver con los pueblos de la Época de Oro del cine mexicano o con los descritos en los cuentos de Juan Rulfo.

En la investigación queda claro que entre los habitantes del Triángulo Rojo Poblano ha surgido una poderosa voluntad emprendedora, que combina las actividades de la agroindustria y el comercio informal con la construcción, el transporte de mercancías… y el robo de combustible.

En aquellos sitios, las explosiones huachicolas han dejado al descubierto una sociedad esforzada, que está al mismo tiempo sometida por la corrupción y el machismo empistolado, que también utiliza las más sofisticadas tecnologías para sus fines delictivos y que, desgraciadamente, ya contaminó con dinero sucio sus antiguos valores familiares.

También, que en la zona las autoridades federales y estatales han estado ausentes, mientras las municipales están secuestradas por los delincuentes. Por tanto, nadie se ocupa del cumplimiento de la ley.

¿Podrán las debilitadas autoridades actuales apaciguar este insumiso adefesio colectivo?

¿O tal vez ya agotaron su autoridad moral para intentarlo?