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Despiden al pintor rebelde, José Luis Cuevas, en Bellas Artes

Ayer a las 5 de la tarde concluían “informativos” de radiodifusoras:

“Estamos al exterior de Bellas Artes…

“Llegan arreglos de flores blancas al Palacio de Bellas Artes…

“Ya le van a dar el último adiós al pintor José Luis Cuevas…

“Ya llegan los restos mortales de pintor, escultor, artista
plástico…

“El cuarteto de Bellas Artes ‘amenizará’, dice el locutor Rafael Flores, el homenaje al artista.

“Este es el homenaje a ¡Félix Cuevas!”, produce distraída
informadora.

Años atrás, en los anaqueles de la Librería del Sótano, la que estaba en el subsuelo del edificio San Antonio la librería, la que imaginaron -y crearon- Manuel y Gerardo López Gallo, en los cimientos del edificio “San Antonio”, en Avenida Juárez 64, junto al restaurante oriental Tibet-Hamz el curioso comprador de libros podía dar con un volumen:

“Cuevas by Cuevas”.

Edición bilingüe. Quizá “ERA” lo editó. Perfil -boceto, más bien- de un joven de gesto huraño. Berrinchudo, guardaba cierto parecido con Truman Capote. En los retratos del novelista norteamericano autor de A sangre fría en sus primeros relatos. Cabello revuelto sobre la frente. Y mirada inconforme. Gesto hostil.

Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Juan Ibáñez, Héctor Azar, María Luisa Mendoza -la célebre China- Juan Soriano, Fernando del Paso, Juan Rulfo, Juan José Arreola. Y tras ellos José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña…

“Ese trío de jóvenes -había dicho en 1965 el Cronista de la Ciudad de México D. Salvador Novo- escriben “padrísimo”.

Salvador Elizondo -hijo de poderoso y exitoso productor cinematográfico- educado en la Alemania de Adolfo Hitler que exclamaba: “¡Hitler tenía razón!”. Fundaba revistas. Compraba traducciones. Atraía a los atrevidos. Vísperas del 68 que recorrería el mundo. Época propicia a la
insolencia.

“Me acerqué a las prostitutas que hacían la calle en la céntrica del 2 de Abril. Conocí a la ya muy anciana que llamaban Fantasma del correo que iba y venía por la Avenida Hidalgo. Por la acera de la Alameda Central. Y busqué a las “ficheras” del cabaret Siglo XX de la entonces calle Cuauhtemotzin. Supe sus vidas. Conocí sus experiencias. Me hice amigo de muchas “pirujas” o “güilas”. Las dibujé. Las pinté. Eran muy cuatitas. Jamás abusé de su generosidad. Fueron mis modelos. Vendí los dibujos, gané dinero. Y me las llevé a comer y a beber al Prendes. Al restaurante que estaba en 16 de Septiembre. Cerca del pasaje Savoy. Casi frente al Cine Olimpia. Amador Prendes era el dueño. El Prendes con aquellos murales que un empresario de Guanajuato se robó. Fea cosa. ¿Nooo?

Eso le contó José Luis Cuevas a Miguel Reyes Razo en alguna de las varias entrevistas que el reportero le hizo. En su casa de San Ángel. En la calle Galeana. Donde vivió Carlos Fuentes con Rita Macedo. Casa estudio de José Luis Cuevas. Su cama de latón. Sus cuadros. Su espacioso estudio. Su afán de ser uno nuevo y más poderoso todavía.

“Estoy contra los ‘monotes’ de Diego Rivera, Siqueiros y Orozco y detesto que se aferren al ‘no hay más línea que la nuestra’”: Cuevas

Jacobo Zabludovsky lo intuyó noticia:

“Hay que derribar la ‘Cortina de Nopal’. Mexiquito. Tunaland. Aborrezco los ‘monotes’ de Diego Rivera. Hay que sepultar el muralismo. Acabar con Siqueiros. Echarle tierra a su arbitrario dicho: ‘No hay más ruta que la nuestra’. ¡Uf! ¡Arrrghhh!”.

Se echó al mundo José Luis Cuevas. Se mudó a Francia. Vivió en París. Pasó largas temporadas en una residencia que compartía con Carlos Fuentes. Y aprovechó su experiencia europea para vivir entre desequilibrados mentales. Sí. José Luis Cuevas recreó las expresiones del extravío mental. De la locura. Dibujos célebres. El desvarío. La pérdida de la razón. José Luis Cuevas obtuvo fama mundial.

Mechón de cabellos -casi un fleco- sobre la amplia frente. Mirada retadora. Quijada desafiante. Boca despreciativa. Una ancha pulsera de cuero en la muñeca derecha. Como Ursus en la novela Quo Vadis. La que hicieron película Deborah Kerr, Robert Taylor y el británico Peter Ustinov. Cuero. De gladiador.

“Tengo el privilegio -narró en su amplia casona de la calle Convento en Coyoacán el gran intelectual jalisciense don José Rogelio Álvarez- de ser poseedor -“las compré, conste”- de las primeras obras de José Luis Cuevas. Son anuncio de una nueva etapa en la pintura, en el arte mexicano. Con alcances universales.

José Rogelio Álvarez. Creador de la formidable Enciclopedia de México. Secretario particular en el gobierno de Jalisco y en la Secretaría de Educación Pública- de don Agustín Yáñez. Académico de la Lengua. “Hasta que vi que sus patrocinadores -mecenas- perseguían el renombre que no les daba su fortuna y usaban a la Academia para acercarse a los Reyes de España. Manifesté mi desacuerdo y dejé mi sitio en la academia”, contó. José Rogelio Álvarez amigo desde la adolescencia de Luis Echeverría Álvarez.

“Éramos muy jóvenes, refirió a Reyes Razo el expresidente de México, y ya José Rogelio tenía la fama de ser el ‘joven más culto de México’”.

José Rogelio Álvarez a quien mucho admiró Ifigenia Martínez. “Se movía con gracia. Sus movimientos eran elegantes; elásticos. Muy distinguidos. En el año 1945 participamos en un coloquio que enjuiciaba a la Revolución n Mexicana”. Eso ha dicho la famosa maestra que padeció cárcel en el Movimiento de 1968. Era directora de la Facultad de Economía de la UNAM y “me hallaba examinando a un alumno cuando entró el Ejército a la UNAM. Me detuvieron. Me tiraron en el césped del ‘campus’. Estuve ahí. Bocabajo. Con la amenaza de las bayonetas. Y de Ceu a Tlaxcoaque. A los separos de la policía. Varios días. Hasta que el jefe de la policía me preguntó: ¿Por qué no dijo quién era usted?”.

“Pues porque yo simpatizo mucho con el Movimiento Estudiantil, le respondí. Y era cierto. Mucha gente aplaudió y apoyó a los muchachos, en las mesas de maestros y catedráticos y gente de clase media y alta el Movimiento de 1968 tenía mucha simpatía, aprobación”.

José Luis Cuevas retaba. Y se jactaba:

“Me aplauden en Francia. Mis cuadros se venden ‘como pan caliente’ en Nueva York. Expongo en Londres. Desde el extranjero observo la realidad mexicana. Y me duele. Y compadezco”.

“¿Cuevas en el colegio nacional ? ¡Imposible! ¿Por qué, maestro? ¡Porque yo digo que no!: Octavio paz

José Luis Cuevas se metamorforseaba día tras día. O lo conseguía o desaparecía. “Autobiografía Precoz”. Como la del poeta ruso Evtushenko. “Me fotografió todos los días. Llevo puntual cuenta de mi envejecimiento”, decía. Y Bertha, su esposa tomaba un filón de la fama de su marido. Podía ser agresiva y hasta insolente. Sin ser el personaje de su marido.

¿Qué le parece maestro Paz, preguntaron al gran poeta, que su gran amigo José Luis Cuevas sea miembro de El Colegio Nacional?

“Digo que no”, respondió Paz. Entonces Zar de la vida cultural nacional.

“¿Por qué no, maestro Paz?”, lo sondearon.

“Porque no. Y ya”, clausuró Octavio Paz.

Reyes Razo lo entrevistó en estas mismas páginas de El Sol de México en su Museo. Junto a la Giganta. El creador perdía voluntad. Su nueva esposa decidía; mandaba. La señora -se adueñaba se palabras y juicios del pintor. Conseguía que quienes lo conocían se alejaran. Trato áspero. Mortificante. Y Cuevas que declinaba. Que se eclipsaba. Que entraba en el laberinto del extravío.

Durante varios años -domingo a domingo- José Luis Cuevas publicó en Excélsior sus fantasías y sus confidencias. Imposible distinguir unas de otras. Tenía lectores.

Anémica comunidad artística se presentó ayer en el Palacio de Bellas Artes a fotografiarse junto a la urna que contiene las cenizas de José Luis Cuevas.

“Llovizna al exterior…

“Un fuerte cordón de
seguridad…

“Pasa la gente y pregunta…

“La circulación en Eje Central y Lázaro Cárdenas…

“Llega un artista que dice que conoció a Cuevas. Que lo vio con mujeres desnudas”…