/ sábado 2 de noviembre de 2019

Con misticismo y tradición reciben en Ixtenco a sus fieles difuntos

El último reducto de la cultura otomí en la entidad, aún evoca a sus muertos con profundo respeto y religiosidad

Para los habitantes de San Juan Ixtenco, municipio ubicado a las faldas de la Malinche, el Día de Muertos es una celebración de profundo respeto y religiosidad, principalmente para las personas mayores.

Sus ofrendas se caracterizan por la riqueza tradicional indígena, pues las cruces que colocan en los panteones y ofrendas son hechas con ramas de árboles, mientras que en sus altares colocan un puñado de maíces multicolores para que los muertitos recuerden y se lleven parte de la cosecha.

Foto: Ilustrativa / Secretaría de Cultura

Doña Margarita Ortega, perteneciente al último reducto otomí, cada 1 de noviembre espera a sus difuntos con un gran festín. Antes, bendice el petate o mesa donde colocará la ofrenda con incienso y oraciones religiosas. Al centro, forma una cruz con veladoras para que alumbre el camino de sus seres queridos.

Una vez terminado el ritual, evoca los nombres de los difuntos en cada fruta, pan de muerto o plato de mole que se coloca en la ofrenda. Para los “olvidados” también hay una cazuela de comida en medio de la mesa, y para las almas en pena coloca un plato de tamales “tontos” en la entrada de su casa.

Foto: Ilustrativa / Secretaría de Cultura

Para doña Margarita, esta festividad representa la esperanza de volver a reencontrarse con los suyos, con lo que se han adelantado, y con los que, después de la muerte, espera venir acompañada al mundo terrenal para disfrutar de los olores y sabores que nos brinda la madre naturaleza.

TRADICIONES INDÍGENAS

Entre tumbas, flores e incienso, los pobladores de San Isidro Buensuceso, localidad de San Pablo del Monte, esperan la llegada de las ánimas en el panteón. Grandes y chicos se reúnen para recordar a sus muertos en una noche alumbrada por decenas de veladoras, donde los cantos y rezos se pierden en lo alto de la Malintzi.

Foto: Ilustrativa

En Totolac, cuya población tiene origen náhuatl, las ofrendas son abundantes en panes, por ser un lugar de panaderos. Los sepulcros son adornados con tierra blanca traída de Tizatlán -lugar de tierra blanca-, al igual que ornatos de fruta y flores de temporada. El dos de noviembre hacen una gran fiesta en el panteón.

Otras comunidades y municipios como San Francisco Tetlanohcan, Tepehitec y San Luis Teolocholco aún conservan costumbres y tradiciones ancestrales que rinden culto a los muertos.

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Para los habitantes de San Juan Ixtenco, municipio ubicado a las faldas de la Malinche, el Día de Muertos es una celebración de profundo respeto y religiosidad, principalmente para las personas mayores.

Sus ofrendas se caracterizan por la riqueza tradicional indígena, pues las cruces que colocan en los panteones y ofrendas son hechas con ramas de árboles, mientras que en sus altares colocan un puñado de maíces multicolores para que los muertitos recuerden y se lleven parte de la cosecha.

Foto: Ilustrativa / Secretaría de Cultura

Doña Margarita Ortega, perteneciente al último reducto otomí, cada 1 de noviembre espera a sus difuntos con un gran festín. Antes, bendice el petate o mesa donde colocará la ofrenda con incienso y oraciones religiosas. Al centro, forma una cruz con veladoras para que alumbre el camino de sus seres queridos.

Una vez terminado el ritual, evoca los nombres de los difuntos en cada fruta, pan de muerto o plato de mole que se coloca en la ofrenda. Para los “olvidados” también hay una cazuela de comida en medio de la mesa, y para las almas en pena coloca un plato de tamales “tontos” en la entrada de su casa.

Foto: Ilustrativa / Secretaría de Cultura

Para doña Margarita, esta festividad representa la esperanza de volver a reencontrarse con los suyos, con lo que se han adelantado, y con los que, después de la muerte, espera venir acompañada al mundo terrenal para disfrutar de los olores y sabores que nos brinda la madre naturaleza.

TRADICIONES INDÍGENAS

Entre tumbas, flores e incienso, los pobladores de San Isidro Buensuceso, localidad de San Pablo del Monte, esperan la llegada de las ánimas en el panteón. Grandes y chicos se reúnen para recordar a sus muertos en una noche alumbrada por decenas de veladoras, donde los cantos y rezos se pierden en lo alto de la Malintzi.

Foto: Ilustrativa

En Totolac, cuya población tiene origen náhuatl, las ofrendas son abundantes en panes, por ser un lugar de panaderos. Los sepulcros son adornados con tierra blanca traída de Tizatlán -lugar de tierra blanca-, al igual que ornatos de fruta y flores de temporada. El dos de noviembre hacen una gran fiesta en el panteón.

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