/ lunes 25 de noviembre de 2019

Elena Poniatowska mantiene sus buenos tratos con la poesía en El amante polaco

La escritora publica su nuevo libro El amante polaco, un reencuentro con sus antepasados

Para la escritora mexicana Elena Poniatowska, premio Cervantes de literatura, el momento más poético en la creación de su nueva novela, "El amante polaco", fue encontrarse con su antepasado Stanislaw Poniatowski, quien le reveló las penas de amor que vivió hace más de dos siglos cuando fue rey.

"Se aparecía en las noches. Me contaba sus historias, me decía que se enamoró de Catalina la grande; él era joven y guapo, nunca había hecho el amor y ella le quitó la virginidad", revela la novelista en entrevista.

A los 87 años, Elena mantiene sus buenos tratos con la poesía y conserva el lado etéreo de su escritura, el que llevó a Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990, a calificarla como un personaje literario salido de alguna de sus historias.

El nuevo libro, publicado por el sello "Seix Barral", intercala los tiempos de las cortes europeas del siglo XVIII, cuando vivió su pariente Stanislaw, el último rey polaco, y de la Ciudad de México a mitad del siglo pasado, con una joven Poniatowska en busca de contar historias.

"Stanislaw fue un hombre enamorado, apasionado. Me cayó bien porque le gustaban las mujeres, el arte, impulsó a muchísimos pintores, a actores, e hizo teatro. Escribí este libro durante unos tres años, cuatro quizás", revela.

Dice haber heredado del rey la elegancia en la conducta, los principios morales y el amor a la pintura y a la escritura y recuerda que como ella, Poniatowski escribió mucho, hizo sus memorias y publicó las cartas de amor a Catalina.

Memorias también son las páginas finales de cada capítulo del nuevo libro en las que la autora, nacida en París en 1932, repasa detalles íntimos de su vida, algunos lejanos como el de un primer amor fugaz, a sus 10 años, en el barco donde la trajeron a vivir a México.

"Aquel niño me perseguía, me lo encontraba cada vez que subía o bajaba las escaleras. Los barcos son como casas grandes, yo recorría las escaleras y el chico me seguía. Un día no lo vi más", cuenta.

De joven, Elena fue una buena nadadora hasta que sufrió una sinusitis. Desde entonces hace poco deporte, solo caminatas matutinas. Aún puede hincarse y no sufre dolores de articulaciones, aunque los latidos de su corazón están regidos por un marcapasos.

"Tengo algo como de 'La dama de las camelias', todo el tiempo me desmayo, estoy un ratito en el sol y, zas, me caigo. Es por una cosa en el corazón; a lo mejor es que amo demasiado, soy una mujer que sabe amar. Amar es dar, yo creo eso", confiesa.

Elena es una de las sobrevivientes del boom latinoamericano, una testigo de la generación encabezada por los premios Nobel Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

"A Vargas Llosa lo entrevisté en París en 1953 cuando todavía no había escrito 'La ciudad y los perros' (1963). Era maestro de español en Berlitz y vivía con su tía; posiblemente mi entrevista fue una de las primeras de su vida", revela.

Dice que García Márquez murió sin que el Premio Nobel, que el colombiano ganó en 1982, se le subiera a la cabeza.

Además, lo considera uno de sus amigos más detallistas, que cuando a ella le dieron el premio Cervantes en 2013, se apareció en su casa con un ramo de rosas amarillas.

"Fue un hombre cálido, a veces ingenuo. Gabo me dijo una cosa: el periodismo ha perdido muchísimo con la grabadora porque antes tomábamos solo lo esencial y sabíamos decidir bien".

En el nuevo libro, Elena confirma su relación con la poesía. Cuida el lenguaje y usa metáforas como que una noche de amor entre Poniatowski y Catalina tuvo la fuerza suficiente para matar un bisonte.

Según la novelista, ganadora del premio Alfaguara de 2001 y del Nacional de Literatura de 1978, es saludable leer aunque sea un poema al levantarse o acostarse. Entonces habla de algunos de sus poetas preferidos.

"A Octavio Paz, lo quise mucho, Carlos Pellicer es otro grande y leo a un mexicano maravilloso, Ramón López Velarde", explica.

Está apenas a 13 años de llegar al siglo de vida, pero se comporta como si tuviera la mitad de su edad. Ahora, por ejemplo ha escrito "El amante polaco" como un proyecto con continuación, lo que implica hablar de futuro.

"El segundo tomo va a ir hasta la muerte de Poniatowski. Ya hay muchos capítulos escritos. Lo que me cuesta trabajo son las batallas y antes de la muerte de Poniatowski debo contar cuando lo invade Rusia, lo invade Prusia, lo invade Austria y le matan a muchísima gente. Eso me está costando", confiesa

Para la escritora mexicana Elena Poniatowska, premio Cervantes de literatura, el momento más poético en la creación de su nueva novela, "El amante polaco", fue encontrarse con su antepasado Stanislaw Poniatowski, quien le reveló las penas de amor que vivió hace más de dos siglos cuando fue rey.

"Se aparecía en las noches. Me contaba sus historias, me decía que se enamoró de Catalina la grande; él era joven y guapo, nunca había hecho el amor y ella le quitó la virginidad", revela la novelista en entrevista.

A los 87 años, Elena mantiene sus buenos tratos con la poesía y conserva el lado etéreo de su escritura, el que llevó a Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990, a calificarla como un personaje literario salido de alguna de sus historias.

El nuevo libro, publicado por el sello "Seix Barral", intercala los tiempos de las cortes europeas del siglo XVIII, cuando vivió su pariente Stanislaw, el último rey polaco, y de la Ciudad de México a mitad del siglo pasado, con una joven Poniatowska en busca de contar historias.

"Stanislaw fue un hombre enamorado, apasionado. Me cayó bien porque le gustaban las mujeres, el arte, impulsó a muchísimos pintores, a actores, e hizo teatro. Escribí este libro durante unos tres años, cuatro quizás", revela.

Dice haber heredado del rey la elegancia en la conducta, los principios morales y el amor a la pintura y a la escritura y recuerda que como ella, Poniatowski escribió mucho, hizo sus memorias y publicó las cartas de amor a Catalina.

Memorias también son las páginas finales de cada capítulo del nuevo libro en las que la autora, nacida en París en 1932, repasa detalles íntimos de su vida, algunos lejanos como el de un primer amor fugaz, a sus 10 años, en el barco donde la trajeron a vivir a México.

"Aquel niño me perseguía, me lo encontraba cada vez que subía o bajaba las escaleras. Los barcos son como casas grandes, yo recorría las escaleras y el chico me seguía. Un día no lo vi más", cuenta.

De joven, Elena fue una buena nadadora hasta que sufrió una sinusitis. Desde entonces hace poco deporte, solo caminatas matutinas. Aún puede hincarse y no sufre dolores de articulaciones, aunque los latidos de su corazón están regidos por un marcapasos.

"Tengo algo como de 'La dama de las camelias', todo el tiempo me desmayo, estoy un ratito en el sol y, zas, me caigo. Es por una cosa en el corazón; a lo mejor es que amo demasiado, soy una mujer que sabe amar. Amar es dar, yo creo eso", confiesa.

Elena es una de las sobrevivientes del boom latinoamericano, una testigo de la generación encabezada por los premios Nobel Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

"A Vargas Llosa lo entrevisté en París en 1953 cuando todavía no había escrito 'La ciudad y los perros' (1963). Era maestro de español en Berlitz y vivía con su tía; posiblemente mi entrevista fue una de las primeras de su vida", revela.

Dice que García Márquez murió sin que el Premio Nobel, que el colombiano ganó en 1982, se le subiera a la cabeza.

Además, lo considera uno de sus amigos más detallistas, que cuando a ella le dieron el premio Cervantes en 2013, se apareció en su casa con un ramo de rosas amarillas.

"Fue un hombre cálido, a veces ingenuo. Gabo me dijo una cosa: el periodismo ha perdido muchísimo con la grabadora porque antes tomábamos solo lo esencial y sabíamos decidir bien".

En el nuevo libro, Elena confirma su relación con la poesía. Cuida el lenguaje y usa metáforas como que una noche de amor entre Poniatowski y Catalina tuvo la fuerza suficiente para matar un bisonte.

Según la novelista, ganadora del premio Alfaguara de 2001 y del Nacional de Literatura de 1978, es saludable leer aunque sea un poema al levantarse o acostarse. Entonces habla de algunos de sus poetas preferidos.

"A Octavio Paz, lo quise mucho, Carlos Pellicer es otro grande y leo a un mexicano maravilloso, Ramón López Velarde", explica.

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