/ domingo 7 de marzo de 2021

Por Covid, cambió ritual de la muerte

Los funerales eran muy importantes y significativos para las personas

Covid-19 cambió drásticamente el ritual de la muerte, tan importante y significativo para las personas, pero sobre todo para quienes profesan la fe católica.

El temor de contagio en reuniones masivas ha limitado el número de personas en un funeral, sin importar que el fallecido haya sido o no contagiado del coronavirus.

Los actos funerarios de despedida en el país son ancestrales y tienen gran conexión de espiritualidad, por lo que dejar de practicarlos trastoca la identidad y religiosidad, así como los vínculos afectivos, lo cual genera impotencia y mayor tristeza en los deudos.

En primer lugar, los familiares de las víctimas de Covid-19 han tenido que enfrentar nuevos retos, entre los que se encuentran los funerales, pues por las características de la enfermedad los cuerpos no pueden ser sepultados de la misma forma como el de aquellos que murieron por otras causas.

GUÍA PARA MANEJO DE CADÁVERES CON COVID-19

La Organización Mundial de la Salud emitió una guía general, llamada Prevención y control de infecciones para el manejo seguro de un cadáver en el contexto de Covid-19.

El informe sugiere que el cuerpo es una forma de transmisión del virus y no debe ser “tocado ni besado” y, además, establece que tras la muerte de un paciente con Covid-19 debe ser incinerado inmediatamente.

A su vez, los médicos tienen que informar a los miembros de la familia para que los deudos, servicios funerarios o forenses transporten el cuerpo en una bolsa especial, con las menores maniobras posibles.

Las funerarias deben notificar también que el cuerpo es un caso confirmado o sospechoso para que se puedan implementar cuidados preventivos, evitar servicios fúnebres o, en su caso, la ceremonia de despedida se realice con ataúd cerrado, no dure más de cuatro horas, la asistencia se limite a no más de 20 personas y mantengan las medidas sanitarias.

Lo anterior ha sustituido a las tradiciones y costumbres que, por años, se realizaban al interior de las familias, cuando la muerte de una persona era sinónimo de solidaridad y unidad.

Antes de la pandemia, cuando un individuo fallecía por casusas diversas, eran evidente al interior de las familias tlaxcaltecas los rezos, pues los creyentes los consideran una manera “de limpiar el alma”, amén de que las oraciones daban consuelo a las familias.

La noticia se corría entre la comunidad, que poco a poco visitaba la casa de los deudos para ofrecer ayuda económica, en especie y apoyo moral, en tan tristes momentos.

En las comunidades de Tlaxcala era común ver a muchas personas alrededor de los ataúdes y, en las afueras, había decenas de personas con expresiones tristes y con lágrimas.

Los deudos, a pesar de su dolor, en los velorios y después del sepelio, tenían que preparar jarras con café, ofrecer pan y guisados como mole, tamales, pollo, arroz, frijoles y papas. Una forma de agradecimiento.

En los pueblos y barrios de la entidad, el duelo dura nueve días, mientras que en las ciudades de Apizaco, Chiautempan y Tlaxcala muchas familias se limitaban a rentar esos servicios en funerarias.

Sin embargo, todas estas características típicas han cambiado, pues ahora las familias que tienen la desventura de perder a un familiar a causa de Covid-19 realizan rituales limitados. Tienen miedo a contraer la enfermedad.

Se ha reducido el aforo de las personas, quienes obligadamente llevan a cabo las medidas sanitarias como el uso de cubrebocas, aplicación de gel antibacterial y desinfectante, antes de ingresar.

A pesar de todo, la población tlaxcalteca mantiene arraigada su fe, creencias y aunque con determinadas medidas de cuidado, ofrece “el último adiós”, aferrada a sus creencias.

RESTRICCIÓN

Las funerarias deben notificar también que el cuerpo es un caso confirmado o sospechoso para que se puedan implementar cuidados preventivos, evitar servicios fúnebres o, en su caso, la ceremonia de despedida se realice con ataúd cerrado.

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Covid-19 cambió drásticamente el ritual de la muerte, tan importante y significativo para las personas, pero sobre todo para quienes profesan la fe católica.

El temor de contagio en reuniones masivas ha limitado el número de personas en un funeral, sin importar que el fallecido haya sido o no contagiado del coronavirus.

Los actos funerarios de despedida en el país son ancestrales y tienen gran conexión de espiritualidad, por lo que dejar de practicarlos trastoca la identidad y religiosidad, así como los vínculos afectivos, lo cual genera impotencia y mayor tristeza en los deudos.

En primer lugar, los familiares de las víctimas de Covid-19 han tenido que enfrentar nuevos retos, entre los que se encuentran los funerales, pues por las características de la enfermedad los cuerpos no pueden ser sepultados de la misma forma como el de aquellos que murieron por otras causas.

GUÍA PARA MANEJO DE CADÁVERES CON COVID-19

La Organización Mundial de la Salud emitió una guía general, llamada Prevención y control de infecciones para el manejo seguro de un cadáver en el contexto de Covid-19.

El informe sugiere que el cuerpo es una forma de transmisión del virus y no debe ser “tocado ni besado” y, además, establece que tras la muerte de un paciente con Covid-19 debe ser incinerado inmediatamente.

A su vez, los médicos tienen que informar a los miembros de la familia para que los deudos, servicios funerarios o forenses transporten el cuerpo en una bolsa especial, con las menores maniobras posibles.

Las funerarias deben notificar también que el cuerpo es un caso confirmado o sospechoso para que se puedan implementar cuidados preventivos, evitar servicios fúnebres o, en su caso, la ceremonia de despedida se realice con ataúd cerrado, no dure más de cuatro horas, la asistencia se limite a no más de 20 personas y mantengan las medidas sanitarias.

Lo anterior ha sustituido a las tradiciones y costumbres que, por años, se realizaban al interior de las familias, cuando la muerte de una persona era sinónimo de solidaridad y unidad.

Antes de la pandemia, cuando un individuo fallecía por casusas diversas, eran evidente al interior de las familias tlaxcaltecas los rezos, pues los creyentes los consideran una manera “de limpiar el alma”, amén de que las oraciones daban consuelo a las familias.

La noticia se corría entre la comunidad, que poco a poco visitaba la casa de los deudos para ofrecer ayuda económica, en especie y apoyo moral, en tan tristes momentos.

En las comunidades de Tlaxcala era común ver a muchas personas alrededor de los ataúdes y, en las afueras, había decenas de personas con expresiones tristes y con lágrimas.

Los deudos, a pesar de su dolor, en los velorios y después del sepelio, tenían que preparar jarras con café, ofrecer pan y guisados como mole, tamales, pollo, arroz, frijoles y papas. Una forma de agradecimiento.

En los pueblos y barrios de la entidad, el duelo dura nueve días, mientras que en las ciudades de Apizaco, Chiautempan y Tlaxcala muchas familias se limitaban a rentar esos servicios en funerarias.

Sin embargo, todas estas características típicas han cambiado, pues ahora las familias que tienen la desventura de perder a un familiar a causa de Covid-19 realizan rituales limitados. Tienen miedo a contraer la enfermedad.

Se ha reducido el aforo de las personas, quienes obligadamente llevan a cabo las medidas sanitarias como el uso de cubrebocas, aplicación de gel antibacterial y desinfectante, antes de ingresar.

A pesar de todo, la población tlaxcalteca mantiene arraigada su fe, creencias y aunque con determinadas medidas de cuidado, ofrece “el último adiós”, aferrada a sus creencias.

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Las funerarias deben notificar también que el cuerpo es un caso confirmado o sospechoso para que se puedan implementar cuidados preventivos, evitar servicios fúnebres o, en su caso, la ceremonia de despedida se realice con ataúd cerrado.

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