/ jueves 28 de enero de 2021

Se saturan panteones por pandemia Covid-19

La cremación de un cuerpo cuesta 11 mil 600 pesos en Tlaxcala

La pandemia del coronavirus no respeta sexo ni edad y no sabe de clases sociales ni de fronteras. Tan letal es que, en cuestión de horas, arrebata la vida al ser humano. Cuando un paciente cae en manos del microorganismo lo extermina hasta causarle asfixia. Entonces, no hay tiempo de despedida ni del último adiós; solo queda llorar y rezar. Pero, sigue habiendo incrédulos que no respetan las reglas, organizan fiestas y reuniones masivas en un directo encuentro con la muerte. Mil veces es mejor usar un cubrebocas que un respirador artificial, recomiendan los médicos.

Esta enfermedad que ha colapsado los sistemas de salud pública de los países más poderosos del mundo, sigue causando un panorama desalentador.

Hace 100 años se vivió algo peor con la fiebre española, entre 1918 y 1920 mató a más de 40 millones de personas en todo el mundo. Fiebre, tos, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos, los mismos síntomas que viven los contagiados del nuevo coronavirus de hoy.

La cifra exacta de la pandemia considerada la más devastadora de la historia se desconoce. Un siglo después no se sabe cuál fue el origen de la epidemia. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador prevé que para finales de marzo, con la vacuna aplicada a los adultos, las estadísticas de muerte disminuyan en un 80 %.

En Tlaxcala, tres de cada 10 personas que mueren por SARS-CoV-2 son inhumadas, -de acuerdo con el sector Salud-, aunque al inicio, por normatividad todas eran cremadas. Funerarias y gobiernos habían optado por la cremación de cuerpos, ante posibles contagios en hospitales y crematorios, aunque se transgredía la Ley General de Víctimas. En 1919, la fiebre española que llegó a Tlaxcala colapsó los cementerios, en Huamantla los sepultaban en un pozo de agua, un manto acuífero que ya se había secado. La emergencia sanitaria era tanta que, autoridades municipales ordenaron la construcción de un crematorio artesanal, en la capilla El Calvario, los cuerpos eran consumidos por el fuego de ocotes durante el día, tarde y noche, narran cronistas que documentaron la historia.

En la segunda década del siglo XXI, vivir de los muertos, ahora representa el mejor de los negocios, las funerarias han ampliado sus establecimientos y aparecen nuevas. En los hospitales hasta se disputan los servicios, algunos empresarios fúnebres, han invertido su capital en ataúdes por catálogo para luego revenderlos por internet. Una cremación cuesta 11 mil 600 pesos, pero no incluye féretro, solo una urna de madera de pino. Los ataúdes van de los dos mil pesos hasta los 10 mil, según la economía de quienes lo solicitan. Complejos funerarios cobran siete mil pesos, por una inhumación de cuerpo, la perpetuidad está en 22 mil.

En abril de 2020, cuando la Secretaría de Salud eliminó la norma sobre incinerar los cuerpos víctimas de Covid, las familias regresaron a sus costumbres y ahora, optan por la sepultura. Diariamente se registraban conflictos sociales, las familias se oponían a esta disposición final de sus difuntos.

“Tenemos mucho trabajo en inhumación y cremación de cadáveres en proporciones del 25 y 75 %, respectivamente, tratamos de ajustarnos a sus bolsillos… primero el cliente ante la difícil situación que vivimos”, expresa el representante de un complejo funerario.

La demanda de ataúdes es una realidad, aunque algunas familias optan por la cremación en féretros de uso. En Tlaxcala, el coronavirus comienza a cobrar más vidas. Hasta el 21 de enero, la Secretaría de Salud reportó un total de mil 709 personas fallecidas, entre 18 y 20 decesos diarios. En la Loma Xicohténcatl de Tlaxcala, hay 18 carpinterías y todas duplicaron su trabajo. El negocio de Armando Meneses generó 15 empleos durante la mayor crisis, fabricaba 30 ataúdes a la semana. Los hermanos Juan y Leonel se han adaptado a este oficio, saben diseñar y tapizar ataúdes con tela razo.

En la nueva normalidad que ha dejado la pandemia, no hay tiempo para despedidas. En salas de cremación y cementerios es lo mismo. Una vez que fallece una persona contagiada por este virus en un hospital es trasladada en sarcófagos de fibra de vidrio a los crematorios. La impotencia es doble: por la muerte del familiar y porque aquí no hay tiempo para despedidas ni para ofrecer perdón. El humo negro que emana de las chimeneas de los crematorios, muestra a los ojos de todos, el deceso de personas por la Covid-19. No hay mariachi ni banda, que interprete puño de tierra. El velatorio está prohibido y, lo único que queda, es rezar y llorar.

Y la cercanía tampoco es buena y hasta en los automóviles que siguen a la carroza desde los hospitales se aplica el “distanciamiento social”. La sala del crematorio se parece a una caldera, el olor a cuerpo quemado apenas y se soporta. La temperatura que varía entre los 750 y mil grados Celsius, convierte en ceniza todo: la carne y huesos del ser humano. Después de dos horas, termina el último eslabón del coronavirus; una urna de madera con cenizas es entregada a los familiares.

En los cementerios el trabajo es similar, más de la mitad de los que hay en Tlaxcala están a su máxima capacidad.

Afuera, con la mirada perdida, los dolientes se abrazan entre sí y se lamentan. Al final, observan que el humo desaparece en el alba del atardecer y, con él, su ser querido, que vio truncados sus sueños por haberse contagiado. La enfermedad de Covid ya es la primera causa de muerte en México; son más hombres que mujeres.

Los dolientes, en caravana vehicular regresan a casa para desinfectarse; las muestras de solidaridad y apoyo de amigos se viralizan en redes sociales. En los avisos mortuorios católicos aparecen los nombres de dos y hasta tres personas que ya forman parte de las estadística que está dejando el temible coronavirus.

  • 11,600 pesos cuesta una cremación, pero no incluye féretro.
  • 2,000 pesos hasta los 10 mil cuestan los ataúdes.

VACUNA

  • El gobierno de Andrés Manuel López Obrador prevé que para finales de marzo, con la vacuna aplicada a los adultos, las estadísticas de muerte disminuyan en un 80 %.

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La pandemia del coronavirus no respeta sexo ni edad y no sabe de clases sociales ni de fronteras. Tan letal es que, en cuestión de horas, arrebata la vida al ser humano. Cuando un paciente cae en manos del microorganismo lo extermina hasta causarle asfixia. Entonces, no hay tiempo de despedida ni del último adiós; solo queda llorar y rezar. Pero, sigue habiendo incrédulos que no respetan las reglas, organizan fiestas y reuniones masivas en un directo encuentro con la muerte. Mil veces es mejor usar un cubrebocas que un respirador artificial, recomiendan los médicos.

Esta enfermedad que ha colapsado los sistemas de salud pública de los países más poderosos del mundo, sigue causando un panorama desalentador.

Hace 100 años se vivió algo peor con la fiebre española, entre 1918 y 1920 mató a más de 40 millones de personas en todo el mundo. Fiebre, tos, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos, los mismos síntomas que viven los contagiados del nuevo coronavirus de hoy.

La cifra exacta de la pandemia considerada la más devastadora de la historia se desconoce. Un siglo después no se sabe cuál fue el origen de la epidemia. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador prevé que para finales de marzo, con la vacuna aplicada a los adultos, las estadísticas de muerte disminuyan en un 80 %.

En Tlaxcala, tres de cada 10 personas que mueren por SARS-CoV-2 son inhumadas, -de acuerdo con el sector Salud-, aunque al inicio, por normatividad todas eran cremadas. Funerarias y gobiernos habían optado por la cremación de cuerpos, ante posibles contagios en hospitales y crematorios, aunque se transgredía la Ley General de Víctimas. En 1919, la fiebre española que llegó a Tlaxcala colapsó los cementerios, en Huamantla los sepultaban en un pozo de agua, un manto acuífero que ya se había secado. La emergencia sanitaria era tanta que, autoridades municipales ordenaron la construcción de un crematorio artesanal, en la capilla El Calvario, los cuerpos eran consumidos por el fuego de ocotes durante el día, tarde y noche, narran cronistas que documentaron la historia.

En la segunda década del siglo XXI, vivir de los muertos, ahora representa el mejor de los negocios, las funerarias han ampliado sus establecimientos y aparecen nuevas. En los hospitales hasta se disputan los servicios, algunos empresarios fúnebres, han invertido su capital en ataúdes por catálogo para luego revenderlos por internet. Una cremación cuesta 11 mil 600 pesos, pero no incluye féretro, solo una urna de madera de pino. Los ataúdes van de los dos mil pesos hasta los 10 mil, según la economía de quienes lo solicitan. Complejos funerarios cobran siete mil pesos, por una inhumación de cuerpo, la perpetuidad está en 22 mil.

En abril de 2020, cuando la Secretaría de Salud eliminó la norma sobre incinerar los cuerpos víctimas de Covid, las familias regresaron a sus costumbres y ahora, optan por la sepultura. Diariamente se registraban conflictos sociales, las familias se oponían a esta disposición final de sus difuntos.

“Tenemos mucho trabajo en inhumación y cremación de cadáveres en proporciones del 25 y 75 %, respectivamente, tratamos de ajustarnos a sus bolsillos… primero el cliente ante la difícil situación que vivimos”, expresa el representante de un complejo funerario.

La demanda de ataúdes es una realidad, aunque algunas familias optan por la cremación en féretros de uso. En Tlaxcala, el coronavirus comienza a cobrar más vidas. Hasta el 21 de enero, la Secretaría de Salud reportó un total de mil 709 personas fallecidas, entre 18 y 20 decesos diarios. En la Loma Xicohténcatl de Tlaxcala, hay 18 carpinterías y todas duplicaron su trabajo. El negocio de Armando Meneses generó 15 empleos durante la mayor crisis, fabricaba 30 ataúdes a la semana. Los hermanos Juan y Leonel se han adaptado a este oficio, saben diseñar y tapizar ataúdes con tela razo.

En la nueva normalidad que ha dejado la pandemia, no hay tiempo para despedidas. En salas de cremación y cementerios es lo mismo. Una vez que fallece una persona contagiada por este virus en un hospital es trasladada en sarcófagos de fibra de vidrio a los crematorios. La impotencia es doble: por la muerte del familiar y porque aquí no hay tiempo para despedidas ni para ofrecer perdón. El humo negro que emana de las chimeneas de los crematorios, muestra a los ojos de todos, el deceso de personas por la Covid-19. No hay mariachi ni banda, que interprete puño de tierra. El velatorio está prohibido y, lo único que queda, es rezar y llorar.

Y la cercanía tampoco es buena y hasta en los automóviles que siguen a la carroza desde los hospitales se aplica el “distanciamiento social”. La sala del crematorio se parece a una caldera, el olor a cuerpo quemado apenas y se soporta. La temperatura que varía entre los 750 y mil grados Celsius, convierte en ceniza todo: la carne y huesos del ser humano. Después de dos horas, termina el último eslabón del coronavirus; una urna de madera con cenizas es entregada a los familiares.

En los cementerios el trabajo es similar, más de la mitad de los que hay en Tlaxcala están a su máxima capacidad.

Afuera, con la mirada perdida, los dolientes se abrazan entre sí y se lamentan. Al final, observan que el humo desaparece en el alba del atardecer y, con él, su ser querido, que vio truncados sus sueños por haberse contagiado. La enfermedad de Covid ya es la primera causa de muerte en México; son más hombres que mujeres.

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  • 2,000 pesos hasta los 10 mil cuestan los ataúdes.

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