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Electores pulverizan el viejo mundo político tras legislativas en Francia

PARIS, Francia.- En el lapso de siete semanas, entre la primera vuelta de la elección presidencial el 23 de abril y la batalla legislativa del domingo último, Emmanuel Macron provocó en Francia un cambio político que es comparable a la transformación institucional que inició el general Charles de Gaulle cuando creó la Quinta República, en 1958.

El derrumbe de la IV República, que justificó la llegada de De Gaulle al poder, se caracterizó por la desintegración de un sistema político que había perdido legitimidad y por la impaciencia de electores que exigían una renovación del sistema.

Ese es el fenómeno que comenzó el 23 de abril y que está terminando de definirse en esta secuencia electoral parlamentaria. La segunda vuelta, prevista para el domingo próximo, no introducirá cambios esenciales en la naturaleza de ese proceso: un viejo mundo se derrumba y otro nuevo comienza a surgir.

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La prueba de esa metamorfosis es que la ola de renovación promovida por los electores —primero en las elecciones internas partidarias y luego en las consultas nacionales— sumergió a todos los dirigentes que habían gravitado en la vida política del país en los últimos 20 a 30 años: Nicolas Sarkozy, Alain Juppé, François Fillon y François Hollande.

Esa secuencia concluyó el 7 de mayo con la elección de un dirigente de 39 años, que llegó al poder sin haber ejercido jamás un cargo electivo, al frente de un partido creado apenas un año antes y con la ambición de sacar a su país de las tinieblas para conducirlo a un futuro de esperanzas que le tiende los brazos. En ese sentido, sin forzar la analogía, existe un paralelo entre Macron y de Gaulle.

La conclusión formal del proceso de transformación se jugó el domingo pasado en la primera vuelta de la elección legislativa.

A pesar de las dudas que suscita el comportamiento abstencionista de 51,3% de los electores, el veredicto de las urnas confirmó la agonía del Partido Socialista, el retroceso sin precedentes de la derecha conservadora representada por Los Republicanos (LR), el estrepitoso derrumbe del Frente Nacional (FN) de extrema derecha y hasta un repliegue de la ultra izquierda del movimiento Francia Insumisa de Jean-Luc Melenchon que aparecía –hasta ese momento– como la única fuerza en ascenso.

El desmoronamiento de todos los partidos del sistema constituye un claro pedido de renovación formulado por los electores. De esa catástrofe generalizada no se salvan ningún dirigente, ningún partido, ninguna ideología y ninguno de los esquemas que dominaron la vida política del país en el último medio siglo, como la oposición izquierda-derecha, el antagonismo globalización-proteccionismo o la pugna entre liberales y estatistas. La plataforma de Macron -que aún debe sortear la prueba de su confrontación con la realidad- ofrece un sincretismo de todas esas doctrinas antagónicas.

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En medio del campo de ruinas que dejaron las últimas elecciones, Macron se encuentra con un monopolio del poder que solo de Gaulle tuvo en sus mejores momentos.

No sólo tendrá el control del ejecutivo —lo que en una monarquía republicana como Francia no es poca cosa—, sino que contará con una Asamblea Nacional donde tres de cada cuatro diputados pertenecerán a su partido La República En Marcha (LREM).

La paradoja de esa situación reside en que la ausencia de oposición parlamentaria puede provocar una transferencia de esa función a los sindicatos para que la ejerzan en la calle. Oportunidades no le faltarán porque el gobierno tiene intenciones de presentar el nuevo Código de Trabajo y la reforma fiscal en los próximos días. Esas dos pruebas de fuego permitirán saber si, además de poder, el gobierno también tiene inteligencia, un componente imprescindible para gobernar.