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¿EU abandona el multilateralismo?

¿Durante cuánto tiempo una potencia imperial puede conservar su hegemonía si pierde la confianza de sus aliados, no ejerce su liderazgo, persiste en aislarse de los principales actores mundiales y se obstina en abroquelarse en sus principios o en sus caprichos?

Estados Unidos -y el resto del planeta- probablemente aportarán la respuesta en poco tiempo porque los resultados de la Cumbre del G20 de Hamburgo consagraron el divorcio entre la Casa Blanca y sus partenaires (socios) internacionales.

El balance de esa conferencia reviste una importancia de primera magnitud porque marca un claro abandono del multilateralismo que constituía, hasta ahora, uno de los pilares de la llamada “diplomacia imperial” de Estados Unidos. El presidente Donald Trump desarrolló ese trabajo de demolición en las tres conferencias internacionales que participó desde que ingresó a la Casa Blanca y que atañen a tres esferas cruciales de la gobernanza mundial.

El 25 de mayo, en la Cumbre de la OTAN en Bruselas, dejó abierta las fisuras entre Estados Unidos y sus aliados que había abierto en los primeros días de su Presidencia cuando calificó a la alianza militar occidental de “obsoleta”.

Poco después en Taormina (Italia), aferrado a su política proteccionista de America first (primero EU), se rehusó a firmar la declaración a favor de la libertad de comercio de la Cumbre Económica del G7 y anticipó que se retiraría del Acuerdo de París, amenaza que concretó días después desde Washington. Taormina fue acaso la primera conferencia internacional de la posguerra que colocó a Estados Unidos frente al resto del planeta.

Ahora en Hamburgo, asestó otra embestida contra el multilateralismo. A pesar de los esfuerzos de persuasión que desplegó la canciller alemana Angela Merkel para buscar un consenso sobre los temas esenciales de la conferencia, Trump aceptó incluir en el documento final un párrafo a minima (en su mínima expresión) sobre el libre comercio y rehusó modificar su decisión de abandonar el Acuerdo de París de lucha contra el cambio climático. Frente a esa obstinación, los otros 19 países ratificaron el “carácter irreversible” del acuerdo firmado en París y se comprometieron a asistir a la nueva Cumbre sobre el Clima, convocada desde Hamburgo por el presidente francés, Emmanuel Macron, para el 12 de diciembre en París.

Esas dos actitudes simbolizan claramente la ruptura y muestran que, en la esfera de la gobernanza mundial, el mundo está dividido en 19+1. Pero no es todo. Para firmar la insípida declaración final, Trump exigió incluir un párrafo que -en la práctica-  lo autoriza a desarrollar una política divergente del G20 en materia energética. Gracias a esa frase, Estados Unidos podrá ayudar a otros países a desarrollar la explotación de gas de esquistos. También abre la posibilidad de vender gas líquido estadounidense a los países de Europa del Este que desean reducir su dependencia energética de Rusia.

El riesgo es enorme. Solo el talento diplomático de Merkel pudo evitar que una parte de los 19 se dejara tentar por “el canto de sirena” entonado por Trump en dirección de los países hostiles a la “decarbonización” de la economía mundial, como Turquía, Rusia o Arabia Saudita. Pero no será fácil mantener eternamente la solidaridad actual, sobre todo si la Casa Blanca intensifica sus romanzas sobre las energías fósiles.

Sumando las experiencias de la OTAN en Bruselas, el G7 en Taormina y ahora el G20 de Hamburgo, el abandono del multilateralismo no parece formar parte de los caprichos de Trump, sino que representa una política coherente. En el futuro, habrá que tener en cuenta ese dato como un parámetro clave para entender el comportamiento de la Casa Blanca.

La pregunta que se formulan los diplomáticos consiste en saber cuál es el porcentaje que tiene Trump en la definición de esa política. Una parte de las Cancillerías europeas -así como Pekín, Tokio y sin duda Moscú- están convencidas de que esa orientación corresponde exactamente a la ideología que predica desde el comienzo de la campaña electoral Steve Bannon, el mefistofélico consejero de Trump. Dos de sus principales orfebres son el consejero para Relaciones Internacionales, Stephen Miller, en materia geopolítica, y Gary Cohn en la esfera económica.

Ese abroquelamiento enfermizo de Trump no está exento de riesgos para los intereses estratégicos fundamentales de Estados Unidos, como demuestra la actual crisis con Corea del Norte. China, Japón, Corea del Sur e inclusive Rusia, miran con extrema desconfianza la precipitación de Trump frente a las provocaciones insensatas de Kim Jong-Un.

En esa Casa Blanca tan singular, todo el mundo está habilitado a tomar decisiones estratégicas, sobre todo si pertenece a la familia. En Hamburgo, cada vez que Trump abandonaba la sala plenaria para asistir a encuentros bilaterales, su lugar era ocupado por su hija Ivanka, que solo tiene rango de consejera.

Fuera del triángulo Bannon-Miller-Cohn y del círculo familiar limitado a Ivanka y Jared Kushner, ¿quién decide la política de la primera potencia del planeta?

En esas condiciones, ¿durante cuánto tiempo una potencial imperial puede conservar su rango internacional y mantener la confianza de sus aliados y el respeto de sus adversarios? Por ahora, el único que parece haber comprendido ese cambio de la realidad es el líder norcoreano Kim Jong-Un.