/ domingo 10 de noviembre de 2019

Secreto a Voces | El golpe militar y el blando…

Los golpes de estado encabezado por el ejército en América Latina, dirigidos por los Estados Unidos y en menor medida por los ingleses, fue parte de una estrategia de las élites mundiales por tratar de recuperar la hegemonía mundial (léase recuperar el poder en el mundo), ante lo que antiguamente se llamaba bloque socialista.

Las élites mundiales decidieron poner fin a la era en la que dos potencias mundiales compartían el poder mundial: Rusia y EU. Aparte de razones políticas había las económicas: detener la caída de la tasa de ganancia, cuyo origen era las constantes cesiones que se le había hecho en occidente a la población para evitar que se contaminara de las ideas comunistas de igualdad. Querían tener contento al pueblo para evitar que creyeran en los ideales de la Revolución Rusa.

Y con el fin de poner un alto al atractivo que podría significar la propaganda comunista de una vida mejor en las sociedades socialistas, las élites tuvieron que sacrificar ganancias para pasar parte de ellas a las finanzas del Estado que en adelante se convertiría en un instrumento del crecimiento y del progreso, lo que se reflejaría en el mejoramiento del nivel de vida sobre todo de la clase obrera. Las prestaciones laborales crecieron increíblemente comparado con las épocas anteriores a las primeras guerras mundiales. Las instituciones se fortalecieron, sobre todo aquellas en las que se depositaba el principio de que trabajaran para proteger los intereses de la clase trabajadora, que era el objeto de interés del comunismo clásico. Los contratos colectivos mejoraron, los salarios, la vivienda, etcétera.

Aquí es importante señalar que no fue el Estado el que tomó el papel de rector de la economía por sí mismo, aunque en cada país tiene su propia biografía. El Estado fue colocado, como dirían los alemanes, como la mismísima representación del espíritu universal del bienestar de la sociedad capitalista en su etapa de la posguerra del siglo XX. Lo anterior, debido a que fue en el Estado en donde las élites mundiales depositaron su confianza porque si las medidas que se tomaron para frenar al comunismo daban resultado, el prestigio y la legitimidad se sumaría al Estado y a las fuerzas políticas encargadas de aplicar aquella orientación económica cargada de política hasta la médula. Cuando se quiso debilitar al Estado porque las fuerzas progresistas lo habían tomado, entonces vino el golpismo.

En ese contexto es en el que debe contemplarse la amarga experiencia latinoamericana de los golpes de Estado. Dice Felipe Victoriano Serrano (http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952010000300008), que durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado Latinoamérica vivió un proceso que se sintetizó en el término “Golpe de Estado”, que en palabras más palabras menos, la toma del poder por parte del Ejército, al margen de los sistemas legales, con el fin de terminar con el papel que el Estado venía desempeñando como rector de la vida de los estados nacionales, debilitando la centralidad que hasta ese momento tuvo durante el surgimiento de las modernas repúblicas en países que en el pasado ocuparon el lugar de colonias.

A esa época corresponde los “golpes de estado duros”, lo que ahora vivimos son los “golpes de Estado blandos” pero que la experiencia (toco madera…), pueden ser una combinación de ambos. Recordemos que México se mantuvo al margen de los golpes militares “duros”, porque lo que acá se instituyó fue lo mismo pero, parafraseando a una empresa distribuidora de medicina mexicana, “más barato”. Se impuso lo que el escritor Mario Vargas Llosa denominó la “dictadura perfecta”. Era una dictadura pero que funcionaba en base a un aparato “legal” electoral en donde el partido único contaba con una sociedad corporativizada, que votaba por él porque recibía los beneficios, en general, de la política que deseaba evitar la contaminación del comunismo.

La teoría del ‘golpe de Estado blando’, se funda no en un golpe dado por el ejército militar sino en un conjunto de “estrategias conspirativas no violentas” “para deponer un gobierno, fue acuñada en 1973 por el politólogo, filósofo y escritor estadounidense Gene Sharp. Sharp la describe como una “modalidad de desestabilización” que se desarrolla en determinadas condiciones políticas internas y externas. Sus ideas fueron retomadas recientemente por medios afines al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, a propósito de las manifestaciones de estudiantes en su contra” (https://www.eluniverso.com/noticias/2014/06/12/nota/3091361/politologo-eeuu-planteo-termino-golpe-estado-blando).

De acuerdo a algunos autores, la periodista Rosa Tristán: ver enhttps://www.redalyc.org/pdf/356/35618721021.pdf, la teoría de Sharp es una mezcla de acciones aparentemente traídas del pacifismo de Gandhi combinadas con teorías de Thoreau. Del primero toma las grandes movilizaciones de masas y del segundo extrae el espíritu individualista. La organización que conformó, ha participado activamente en diversas partes del mundo aplicando sus estrategias por lo general contrarias a movimientos progresistas, por lo menos en los últimos 30 años. Van de movimientos en Birmania, pasando los tibetanos, Yugoeslavia, hasta llegar a Venezuela, en la actualidad, y por supuesto en el Brasil en el derrocamiento de los gobiernos petistas. En general se trata de una teoría instrumentada por los Estados Unidos en diversas partes del mundo.

El método consiste en lo siguiente, según Tristán:

“Primero exhorta al individualismo egoísta a identificar una causa de desagrado personal para desconocer al Estado. Esta causa puede ir desde los huecos de la calle o la basura, hasta la corrupción o un preso. Nunca deben ofrecerse motivos sociales, pues estos apuntarían al sistema y este debe permanecer intacto. A esta etapa la han denominado ablandamiento. El individuo masa, encontrará sin mucho esfuerzo un motivo de descontento. Luego que ha identificado ese motivo, queda justificado el desacato de la autoridad y se le moviliza para la desobediencia. A esta etapa la llaman etapa de deslegitimación y calentamiento de calle. Luego de alcanzada esta fase se le ofrece un nuevo motivo, una ley superior. Un motivo más amplio que pueda unificar los cientos de intereses dispersos. Por ejemplo: “la libertad es el valor más preciado y debemos defenderla”. Viene la pregunta necesaria; ¿quién sofoca su libertad? Y la respuesta obligada es: el dictador. Les dirán que su protesta no es violenta, así que no habrá nada que perder. El cuadro estará completo y el trabajito hecho. El líder a derrocar habrá resumido en su persona miles de frustraciones. No habrá constituciones que lo respalden, ni elecciones democráticas que lo avalen. Si el gobierno reprime para mantener el poder, será nuevamente calificado de dictadura. Y si no reprime, será calificado de débil. Ambas situaciones abren paso al golpe cruento, al fascismo. Allí entrarán en acción otros actores: los mercenarios”. [el subrayado es nuestro].

Bastante claro el asunto…

Los golpes de estado encabezado por el ejército en América Latina, dirigidos por los Estados Unidos y en menor medida por los ingleses, fue parte de una estrategia de las élites mundiales por tratar de recuperar la hegemonía mundial (léase recuperar el poder en el mundo), ante lo que antiguamente se llamaba bloque socialista.

Las élites mundiales decidieron poner fin a la era en la que dos potencias mundiales compartían el poder mundial: Rusia y EU. Aparte de razones políticas había las económicas: detener la caída de la tasa de ganancia, cuyo origen era las constantes cesiones que se le había hecho en occidente a la población para evitar que se contaminara de las ideas comunistas de igualdad. Querían tener contento al pueblo para evitar que creyeran en los ideales de la Revolución Rusa.

Y con el fin de poner un alto al atractivo que podría significar la propaganda comunista de una vida mejor en las sociedades socialistas, las élites tuvieron que sacrificar ganancias para pasar parte de ellas a las finanzas del Estado que en adelante se convertiría en un instrumento del crecimiento y del progreso, lo que se reflejaría en el mejoramiento del nivel de vida sobre todo de la clase obrera. Las prestaciones laborales crecieron increíblemente comparado con las épocas anteriores a las primeras guerras mundiales. Las instituciones se fortalecieron, sobre todo aquellas en las que se depositaba el principio de que trabajaran para proteger los intereses de la clase trabajadora, que era el objeto de interés del comunismo clásico. Los contratos colectivos mejoraron, los salarios, la vivienda, etcétera.

Aquí es importante señalar que no fue el Estado el que tomó el papel de rector de la economía por sí mismo, aunque en cada país tiene su propia biografía. El Estado fue colocado, como dirían los alemanes, como la mismísima representación del espíritu universal del bienestar de la sociedad capitalista en su etapa de la posguerra del siglo XX. Lo anterior, debido a que fue en el Estado en donde las élites mundiales depositaron su confianza porque si las medidas que se tomaron para frenar al comunismo daban resultado, el prestigio y la legitimidad se sumaría al Estado y a las fuerzas políticas encargadas de aplicar aquella orientación económica cargada de política hasta la médula. Cuando se quiso debilitar al Estado porque las fuerzas progresistas lo habían tomado, entonces vino el golpismo.

En ese contexto es en el que debe contemplarse la amarga experiencia latinoamericana de los golpes de Estado. Dice Felipe Victoriano Serrano (http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952010000300008), que durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado Latinoamérica vivió un proceso que se sintetizó en el término “Golpe de Estado”, que en palabras más palabras menos, la toma del poder por parte del Ejército, al margen de los sistemas legales, con el fin de terminar con el papel que el Estado venía desempeñando como rector de la vida de los estados nacionales, debilitando la centralidad que hasta ese momento tuvo durante el surgimiento de las modernas repúblicas en países que en el pasado ocuparon el lugar de colonias.

A esa época corresponde los “golpes de estado duros”, lo que ahora vivimos son los “golpes de Estado blandos” pero que la experiencia (toco madera…), pueden ser una combinación de ambos. Recordemos que México se mantuvo al margen de los golpes militares “duros”, porque lo que acá se instituyó fue lo mismo pero, parafraseando a una empresa distribuidora de medicina mexicana, “más barato”. Se impuso lo que el escritor Mario Vargas Llosa denominó la “dictadura perfecta”. Era una dictadura pero que funcionaba en base a un aparato “legal” electoral en donde el partido único contaba con una sociedad corporativizada, que votaba por él porque recibía los beneficios, en general, de la política que deseaba evitar la contaminación del comunismo.

La teoría del ‘golpe de Estado blando’, se funda no en un golpe dado por el ejército militar sino en un conjunto de “estrategias conspirativas no violentas” “para deponer un gobierno, fue acuñada en 1973 por el politólogo, filósofo y escritor estadounidense Gene Sharp. Sharp la describe como una “modalidad de desestabilización” que se desarrolla en determinadas condiciones políticas internas y externas. Sus ideas fueron retomadas recientemente por medios afines al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, a propósito de las manifestaciones de estudiantes en su contra” (https://www.eluniverso.com/noticias/2014/06/12/nota/3091361/politologo-eeuu-planteo-termino-golpe-estado-blando).

De acuerdo a algunos autores, la periodista Rosa Tristán: ver enhttps://www.redalyc.org/pdf/356/35618721021.pdf, la teoría de Sharp es una mezcla de acciones aparentemente traídas del pacifismo de Gandhi combinadas con teorías de Thoreau. Del primero toma las grandes movilizaciones de masas y del segundo extrae el espíritu individualista. La organización que conformó, ha participado activamente en diversas partes del mundo aplicando sus estrategias por lo general contrarias a movimientos progresistas, por lo menos en los últimos 30 años. Van de movimientos en Birmania, pasando los tibetanos, Yugoeslavia, hasta llegar a Venezuela, en la actualidad, y por supuesto en el Brasil en el derrocamiento de los gobiernos petistas. En general se trata de una teoría instrumentada por los Estados Unidos en diversas partes del mundo.

El método consiste en lo siguiente, según Tristán:

“Primero exhorta al individualismo egoísta a identificar una causa de desagrado personal para desconocer al Estado. Esta causa puede ir desde los huecos de la calle o la basura, hasta la corrupción o un preso. Nunca deben ofrecerse motivos sociales, pues estos apuntarían al sistema y este debe permanecer intacto. A esta etapa la han denominado ablandamiento. El individuo masa, encontrará sin mucho esfuerzo un motivo de descontento. Luego que ha identificado ese motivo, queda justificado el desacato de la autoridad y se le moviliza para la desobediencia. A esta etapa la llaman etapa de deslegitimación y calentamiento de calle. Luego de alcanzada esta fase se le ofrece un nuevo motivo, una ley superior. Un motivo más amplio que pueda unificar los cientos de intereses dispersos. Por ejemplo: “la libertad es el valor más preciado y debemos defenderla”. Viene la pregunta necesaria; ¿quién sofoca su libertad? Y la respuesta obligada es: el dictador. Les dirán que su protesta no es violenta, así que no habrá nada que perder. El cuadro estará completo y el trabajito hecho. El líder a derrocar habrá resumido en su persona miles de frustraciones. No habrá constituciones que lo respalden, ni elecciones democráticas que lo avalen. Si el gobierno reprime para mantener el poder, será nuevamente calificado de dictadura. Y si no reprime, será calificado de débil. Ambas situaciones abren paso al golpe cruento, al fascismo. Allí entrarán en acción otros actores: los mercenarios”. [el subrayado es nuestro].

Bastante claro el asunto…