/ lunes 16 de julio de 2018

[Crónica] “Perdónenme, nunca quise causarles daño”

Fue lo que expresó Jerónimo, tras lo cual rompió en llanto

“Nunca fue mi intención causarles daño, no salí de mi casa para hacer daño, perdónenme”, alcanzó a decir Jerónimo y rompió en llanto.

Al tiempo, un sonoro malletazo anunció el fin de una larga audiencia de siete horas.

Antes de ser traslado por custodios estatales al Centro de Reinserción Social (Cereso) capitalino, a unas cuantas paredes de la Sala de Juicio Oral en la que se decretó su prisión preventiva justificada, Jerónimo pidió hablar con los pocos familiares que lo acompañaron; quería darles un abrazo.

Mientras eso sucedía, los desconsolados seres queridos de las seis víctimas mortales del funesto accidente de Acuitlapilco salieron uno a uno de la sala sin siquiera mirarlo.

Tener cerca durante varias horas a quien por su imprudencia provocó la muerte de toda una familia les provocó impotencia y rabia.

Cada que la juez Angélica Aragón narraba a detalle lo ocurrido esa tarde del siete de julio, representaba para Jerónimo un tormento y por eso solo agachaba la mirada.

También se mordía las uñas, llevaba a cada rato sus manos a la cabeza y mostraba su nerviosismo al agitar las piernas.

Cuando por protocolo le preguntaban si tenía algo que decir, él siempre se limitó a revirar “no su señoría”.

Pero en su última oportunidad no soportó más, se armó de valor y con voz entrecortada se dirigió a José Joel N., padre de Joel, el conductor del Atos que murió el pasado martes y le dijo “perdón señor”.

Evidentemente asustado por ser recluido en el Cereso, también se disculpó con los familiares de José Refugio, Ma. de Lourdes, Arturo, Maricela y del bebé Said, de 68, 62, 25 años y cuatro meses de edad, respectivamente, quienes murieron el mismo día del accidente; ellos no respondieron.

El dolor de Jerónimo aumentó aún más porque a sus 20 años de edad está a punto de convertirse en padre y con su prisión preventiva no podrá estar en el nacimiento de su hijo.

  • LLEVABA UNA SEMANA DE CHOFER

Tomás Jerónimo es originario de Guardia, comunidad perteneciente al municipio de Zacatelco, y para ayudar a sus padres con los gastos de su escuela, comenzó a laborar como cobrador de unidades de transporte público desde hace dos años.

Casi al mismo tiempo logró incorporarse como estudiante de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

En uno de esos constantes viajes conoció a quien hoy es su pareja sentimental y con quien vivía en casa de sus padres.

Aunque sin licencia para conducir, a finales de junio Jerónimo le pidió a su amigo Irvin Emmanuel N., conductor de la camioneta colectiva número 5 de Flecha Azul, que le enseñara el oficio de chofer.

Con su primogénito en camino, mil pesos que ganaba a la semana le eran insuficientes para costear sus gastos.

Irvin no lo dudó y accedió a apoyarlo, pero todo cambió el sábado siete de julio.

Alrededor del mediodía Irvin pasó por Jerónimo a la parada de Guardia y se dirigieron a la ciudad de Puebla.

Una vez culminado su viaje a la vecina entidad se dispusieron a regresar para, ahora, llegar hasta la capital tlaxcalteca.

A lo largo de su ruta levantaron pasaje y el conductor autorizado por la empresa Flecha Azul le explicaba a Jerónimo cómo conducir y cobrar.

Pasaron por los municipios de Papalotla, Xicohtzinco, Zacatelco y Huactzinco, pero al llegar a Tepeyanco Irvin notó que a su unidad le faltaba gasolina y, sin importar que llevaba casi cupo lleno, pasó a cargar combustible en la estación de servicio de La Aurora.

“Ya maneja tú, ya estamos cerca”, le dijo Irvin a Jerónimo, y aprovecharon esa parada para también cambiarse de asiento.

Declaraciones de pasajeros integradas a la carpeta de investigación refieren que desde el momento en que Jerónimo tomó el volante comenzó a conducir de forma negligente.

De hecho, se “voló” dos topes por el exceso de velocidad, y al invadir carril contrario a la altura del segundo puente de Acuitlapilco ocurrió el fatídico accidente.

Por el impactó Jerónimo perdió el conocimiento y al reaccionar observó lo que su inexperiencia y mala maniobra causó.

Casi al instante quedó detenido por la policía capitalina al ser señalado por una mujer que lo vio estar al frente del volante.

A Irvin lo golpearon iracundos habitantes de la zona indignados por lo suscitado, pero fue rescatado por elementos policiacos. El resto de lo sucedido ya lo sabemos.

Así terminó la vida de seis integrantes de la familia Pérez que horas antes había salido de su domicilio, en Santa Cruz Quilehtla, para acudir a una consulta médica que tenía programada la señora Ma. de Lourdes en el municipio de Chiautempan.

A Jerónimo le cambió la vida en segundos y ahora duerme tras las rejas; mientras tanto, la familia de los seis fallecidos insiste en que el accidente no debe quedar impune y debe aplicarse todo el peso de la ley.

La nueva cita en la que la parte ofendida y la defensora se verán las caras es el próximo 31 de julio, a las 09:00 horas, para acordar la reparación de los daños, y será hasta enero cuando se sepa, con los elementos de prueba presentados, el número de años que el joven estudiante y próximo padre pasará en la cárcel.

“Nunca fue mi intención causarles daño, no salí de mi casa para hacer daño, perdónenme”, alcanzó a decir Jerónimo y rompió en llanto.

Al tiempo, un sonoro malletazo anunció el fin de una larga audiencia de siete horas.

Antes de ser traslado por custodios estatales al Centro de Reinserción Social (Cereso) capitalino, a unas cuantas paredes de la Sala de Juicio Oral en la que se decretó su prisión preventiva justificada, Jerónimo pidió hablar con los pocos familiares que lo acompañaron; quería darles un abrazo.

Mientras eso sucedía, los desconsolados seres queridos de las seis víctimas mortales del funesto accidente de Acuitlapilco salieron uno a uno de la sala sin siquiera mirarlo.

Tener cerca durante varias horas a quien por su imprudencia provocó la muerte de toda una familia les provocó impotencia y rabia.

Cada que la juez Angélica Aragón narraba a detalle lo ocurrido esa tarde del siete de julio, representaba para Jerónimo un tormento y por eso solo agachaba la mirada.

También se mordía las uñas, llevaba a cada rato sus manos a la cabeza y mostraba su nerviosismo al agitar las piernas.

Cuando por protocolo le preguntaban si tenía algo que decir, él siempre se limitó a revirar “no su señoría”.

Pero en su última oportunidad no soportó más, se armó de valor y con voz entrecortada se dirigió a José Joel N., padre de Joel, el conductor del Atos que murió el pasado martes y le dijo “perdón señor”.

Evidentemente asustado por ser recluido en el Cereso, también se disculpó con los familiares de José Refugio, Ma. de Lourdes, Arturo, Maricela y del bebé Said, de 68, 62, 25 años y cuatro meses de edad, respectivamente, quienes murieron el mismo día del accidente; ellos no respondieron.

El dolor de Jerónimo aumentó aún más porque a sus 20 años de edad está a punto de convertirse en padre y con su prisión preventiva no podrá estar en el nacimiento de su hijo.

  • LLEVABA UNA SEMANA DE CHOFER

Tomás Jerónimo es originario de Guardia, comunidad perteneciente al municipio de Zacatelco, y para ayudar a sus padres con los gastos de su escuela, comenzó a laborar como cobrador de unidades de transporte público desde hace dos años.

Casi al mismo tiempo logró incorporarse como estudiante de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

En uno de esos constantes viajes conoció a quien hoy es su pareja sentimental y con quien vivía en casa de sus padres.

Aunque sin licencia para conducir, a finales de junio Jerónimo le pidió a su amigo Irvin Emmanuel N., conductor de la camioneta colectiva número 5 de Flecha Azul, que le enseñara el oficio de chofer.

Con su primogénito en camino, mil pesos que ganaba a la semana le eran insuficientes para costear sus gastos.

Irvin no lo dudó y accedió a apoyarlo, pero todo cambió el sábado siete de julio.

Alrededor del mediodía Irvin pasó por Jerónimo a la parada de Guardia y se dirigieron a la ciudad de Puebla.

Una vez culminado su viaje a la vecina entidad se dispusieron a regresar para, ahora, llegar hasta la capital tlaxcalteca.

A lo largo de su ruta levantaron pasaje y el conductor autorizado por la empresa Flecha Azul le explicaba a Jerónimo cómo conducir y cobrar.

Pasaron por los municipios de Papalotla, Xicohtzinco, Zacatelco y Huactzinco, pero al llegar a Tepeyanco Irvin notó que a su unidad le faltaba gasolina y, sin importar que llevaba casi cupo lleno, pasó a cargar combustible en la estación de servicio de La Aurora.

“Ya maneja tú, ya estamos cerca”, le dijo Irvin a Jerónimo, y aprovecharon esa parada para también cambiarse de asiento.

Declaraciones de pasajeros integradas a la carpeta de investigación refieren que desde el momento en que Jerónimo tomó el volante comenzó a conducir de forma negligente.

De hecho, se “voló” dos topes por el exceso de velocidad, y al invadir carril contrario a la altura del segundo puente de Acuitlapilco ocurrió el fatídico accidente.

Por el impactó Jerónimo perdió el conocimiento y al reaccionar observó lo que su inexperiencia y mala maniobra causó.

Casi al instante quedó detenido por la policía capitalina al ser señalado por una mujer que lo vio estar al frente del volante.

A Irvin lo golpearon iracundos habitantes de la zona indignados por lo suscitado, pero fue rescatado por elementos policiacos. El resto de lo sucedido ya lo sabemos.

Así terminó la vida de seis integrantes de la familia Pérez que horas antes había salido de su domicilio, en Santa Cruz Quilehtla, para acudir a una consulta médica que tenía programada la señora Ma. de Lourdes en el municipio de Chiautempan.

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