/ lunes 12 de agosto de 2019

TIEMPOS DE DEMOCRACIA

Microbiografías comparadas de Presidentes de México

Quinta Parte

En este artículo de la serie destinada a entender el cambio de rumbo que propone la Cuarta Transformación de López Obrador, toca valorar las gestiones de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León. Cerrado el ciclo de los gobiernos inspirados en los ideales de la Revolución, el de la integración de la economía de México a la globalidad se consolidó con ellos

Tras el trauma del 68, evento trágico que exhibió los excesos de que podía ser capaz un gobierno represor con quienes discrepaban de sus designios, sobrevino -dos décadas después- el fraude del 88, atraco electoral que evidenció la absoluta falta de disposición del régimen a admitir una derrota por la vía pacífica del sufragio. Fidel Velázquez, el sempiterno líder de la CTM, lo explicó con claridad: “…ganamos el poder a balazos…, y sólo a balazos nos lo quitarán…”. Empero, más allá de esa ilustrativa frase, lo cierto es que el sistema estaba tocado y, en adelante, no podría valerse -por lo menos impunemente-, ni de la violencia contra la inconformidad de la gente ni de la adulteración de su soberana voluntad expresada en las urnas. Era claro que el país, dos veces al borde de la insurrección, no soportaría un solo golpe bajo más.

VIII- Carlos Salinas de Gortari

El 1º de septiembre de 1988, tres meses antes de que Salinas protestara como Primer Magistrado de la Nación, Porfirio Muñoz Ledo interpeló al Presidente de la Madrid cuando rendía su Sexto Informe ante un Congreso de la Unión que por primera vez tenía legisladores de verdadera oposición. El senador Muñoz Ledo interrumpió al presidente varias veces, con escándalo de quienes -priístas al fin- aún le veían como a un dios infalible al que se debía veneración. La tarde de ese mismo día en que “desacralizó para siempre la figura presidencial”, Porfirio dio pormenores de lo acontecido a Carlos Monsiváis -autor de la muy significativa frase anterior-, a mi hija la abogada Mariana Sáiz, a la hoy diputada Lorena Villavicencio, y a este opinador. Desde entonces han transcurrido treinta años largos… y hoy México es otro.

Apertura económica… y cerrazón política

Salinas tomó posesión en un clima social crispado. Pudo hacerlo gracias a la habilidad negociadora de su alter ego Manuel Camacho y a que Cuauhtémoc Cárdenas, abdicando de su condición de líder popular, asumió en lo obscuro una posición pactista. Mas su difícil arribo al trono sexenal confirmó la necesidad de que, además de las reformas económicas que pretendía llevar al cabo, tendría que abrir el amañado marco legal que normaba la ruta del acceso al poder político. Se precisaba sí, una perestroika que reestructurara la economía del país, pero también una glásnost que rompiera las ataduras que paralizaban el sistema político, permitiendo el debate interno y el flujo de la información. Salinas estaba decidido a acometer la primera, pero se mostraba poco dispuesto a emprender la segunda, sabedor que, de hacerlo, sería el principio del fin del partido casi único y, por ende, de la dictadura perfecta, frase con la que, con todo acierto, Vargas Llosa definió al régimen priísta.

La privatización de Salinas, forja de inmensas fortunas

Salinas es economista por la UNAM y en esa disciplina fue togado doctor en Harvard. Trabajó en Hacienda y, por virtud de su cercanía con de la Madrid y de su reconocida agudeza mental, el presidente lo nombró titular de Programación y Presupuesto, desde donde encabezó un equipo de jóvenes tecnócratas con estudios en Estados Unidos. Su destape como abanderado priísta dio lugar, primero, a una grave ruptura en el hasta entonces monolítico partido y, segundo, a una amalgama de grupos progresistas que obstinadamente sostuvieron la ilegitimidad de su elección. Para neutralizar el ambiente adverso que existía en su contra salinas encarceló a La Quina, lo que le ganó simpatías y le dio el margen que requería para iniciar un proceso exhaustivo de privatización, enajenando mediante subasta pública más de mil empresas del Estado, entre las que había líneas aéreas, bancos, minas, puertos, aeropuertos, siderurgia, teléfonos, etc. Con los fondos recaudados liquidó una parte sustantiva de la deuda externa y creó Solidaridad, un programa de asistencia social que atendió las regiones más pobres del país.

El dramático final del fugaz embrujo salinista

Salinas se acercó a la Iglesia y restableció relaciones con el Vaticano. En el campo, creó las bases legales para que los ejidatarios vendieran sus tierras. En lo electoral, reconoció al primer gobernador de oposición en Baja California, pero desconoció sus triunfos en Guanajuato, San Luis Potosí y Michoacán. Pese a esos atracos, el PRI arrasó en las legislativas de 1991. Ese año, con Fernández de Cevallos como cómplice, quemó las boletas electorales del 88. Tras la firma del TLC (dic. 1992), Salinas se había afirmado en la cima del poder político. No contaba, sin embargo, con el surgimiento del EZLN en Chiapas (enero 1994), justo el día que entró en vigor el acuerdo con Canadá y Estados Unidos, ni con los asesinatos de Colosio -su candidato a la Presidencia-, y de su cuñado Ruiz Massieu (sept. 1994). Esos sucesos cambiaron el signo de su sexenio; a la inestabilidad política le siguió la debacle económica y la consabida fuga de capitales. Así concluyó la quimera salinista.

IX- Ernesto Zedillo Ponce de León

Poco espacio queda para dedicarlo a quien, en medio de una crisis sin precedentes, ejerció la función presidencial con discreción y acierto. Zedillo dio tranquilidad a una economía cuyos principales agentes habían huido en desbandada. Convino reglas con los partidos para dar piso parejo a las elecciones y enfrentó el reto financiero con las siguientes medidas: 1) para evitar la suspensión de pagos que se cernía sobre la hacienda pública, gestionó y obtuvo del gobierno de Clinton un crédito de 50 mil millones de dólares, dando en garantía la factura petrolera y, 2) para proteger el ahorro de los mexicanos en peligro de esfumarse, decidió que el Estado asumiera la deuda bancaria con el polémico pero inevitable Fobaproa. Y para encarar el desafío político: 1) implementó una “sana distancia” entre su gobierno y el PRI y, 2) impulsó una Reforma que dio plena autonomía al IFE y fijó con razonable proporcionalidad el monto de los recursos para los partidos.

De la depresión a la esperanza

Se pasaron años difíciles. 1995 fue horrible; se decreció el 9% y el desempleo y la emigración al vecino del norte aumentaron sin freno. Más gracias al orden impuesto, hacia la mitad del sexenio se había pagado la deuda con Estados Unidos y recapitalizado el sistema bancario. Los los mercados recobraron la serenidad y el país empezó a recuperarse. Por otra parte, la equidad en el financiamiento de los partidos propició que los comicios se realizaran sin ventajas para nadie. Las consecuencias no se hicieron esperar: en 1997, la oposición sumada se hizo de la mayoría en la Cámara de Diputados, y en el 2000, se concretó la primera transición pacífica y democrática del Poder Ejecutivo en la historia de México. Cuando Zedillo entregó la presidencia a Vicente Fox, la economía crecía al 6% y la inflación estaba bajo control. La democracia, por fin, había triunfado, y el artífice de esa victoria había sido un joven tecnócrata que llegó a Los Pinos de manera por demás circunstancial.

De la verdadera cultura del esfuerzo

Zedillo nació en la ciudad de México, hijo de un electricista y una mujer esforzada y responsable. La familia emigró a Mexicali, donde vivieron privaciones, tantas que, de niño, limpió zapatos y vendió periódicos. Volvió a la capital a estudiar la Vocacional en el Politécnico; conoció la represión el 68, y se tituló como economista. Becado, se doctoró en Yale y luego trabajó en el Banco de México. De ahí pasó a Programación y Presupuesto, donde fue subsecretario y secretario y, antes de ser el candidato sustituto de Colosio, se le designó Secretario de Educación.

Microbiografías comparadas de Presidentes de México

Quinta Parte

En este artículo de la serie destinada a entender el cambio de rumbo que propone la Cuarta Transformación de López Obrador, toca valorar las gestiones de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León. Cerrado el ciclo de los gobiernos inspirados en los ideales de la Revolución, el de la integración de la economía de México a la globalidad se consolidó con ellos

Tras el trauma del 68, evento trágico que exhibió los excesos de que podía ser capaz un gobierno represor con quienes discrepaban de sus designios, sobrevino -dos décadas después- el fraude del 88, atraco electoral que evidenció la absoluta falta de disposición del régimen a admitir una derrota por la vía pacífica del sufragio. Fidel Velázquez, el sempiterno líder de la CTM, lo explicó con claridad: “…ganamos el poder a balazos…, y sólo a balazos nos lo quitarán…”. Empero, más allá de esa ilustrativa frase, lo cierto es que el sistema estaba tocado y, en adelante, no podría valerse -por lo menos impunemente-, ni de la violencia contra la inconformidad de la gente ni de la adulteración de su soberana voluntad expresada en las urnas. Era claro que el país, dos veces al borde de la insurrección, no soportaría un solo golpe bajo más.

VIII- Carlos Salinas de Gortari

El 1º de septiembre de 1988, tres meses antes de que Salinas protestara como Primer Magistrado de la Nación, Porfirio Muñoz Ledo interpeló al Presidente de la Madrid cuando rendía su Sexto Informe ante un Congreso de la Unión que por primera vez tenía legisladores de verdadera oposición. El senador Muñoz Ledo interrumpió al presidente varias veces, con escándalo de quienes -priístas al fin- aún le veían como a un dios infalible al que se debía veneración. La tarde de ese mismo día en que “desacralizó para siempre la figura presidencial”, Porfirio dio pormenores de lo acontecido a Carlos Monsiváis -autor de la muy significativa frase anterior-, a mi hija la abogada Mariana Sáiz, a la hoy diputada Lorena Villavicencio, y a este opinador. Desde entonces han transcurrido treinta años largos… y hoy México es otro.

Apertura económica… y cerrazón política

Salinas tomó posesión en un clima social crispado. Pudo hacerlo gracias a la habilidad negociadora de su alter ego Manuel Camacho y a que Cuauhtémoc Cárdenas, abdicando de su condición de líder popular, asumió en lo obscuro una posición pactista. Mas su difícil arribo al trono sexenal confirmó la necesidad de que, además de las reformas económicas que pretendía llevar al cabo, tendría que abrir el amañado marco legal que normaba la ruta del acceso al poder político. Se precisaba sí, una perestroika que reestructurara la economía del país, pero también una glásnost que rompiera las ataduras que paralizaban el sistema político, permitiendo el debate interno y el flujo de la información. Salinas estaba decidido a acometer la primera, pero se mostraba poco dispuesto a emprender la segunda, sabedor que, de hacerlo, sería el principio del fin del partido casi único y, por ende, de la dictadura perfecta, frase con la que, con todo acierto, Vargas Llosa definió al régimen priísta.

La privatización de Salinas, forja de inmensas fortunas

Salinas es economista por la UNAM y en esa disciplina fue togado doctor en Harvard. Trabajó en Hacienda y, por virtud de su cercanía con de la Madrid y de su reconocida agudeza mental, el presidente lo nombró titular de Programación y Presupuesto, desde donde encabezó un equipo de jóvenes tecnócratas con estudios en Estados Unidos. Su destape como abanderado priísta dio lugar, primero, a una grave ruptura en el hasta entonces monolítico partido y, segundo, a una amalgama de grupos progresistas que obstinadamente sostuvieron la ilegitimidad de su elección. Para neutralizar el ambiente adverso que existía en su contra salinas encarceló a La Quina, lo que le ganó simpatías y le dio el margen que requería para iniciar un proceso exhaustivo de privatización, enajenando mediante subasta pública más de mil empresas del Estado, entre las que había líneas aéreas, bancos, minas, puertos, aeropuertos, siderurgia, teléfonos, etc. Con los fondos recaudados liquidó una parte sustantiva de la deuda externa y creó Solidaridad, un programa de asistencia social que atendió las regiones más pobres del país.

El dramático final del fugaz embrujo salinista

Salinas se acercó a la Iglesia y restableció relaciones con el Vaticano. En el campo, creó las bases legales para que los ejidatarios vendieran sus tierras. En lo electoral, reconoció al primer gobernador de oposición en Baja California, pero desconoció sus triunfos en Guanajuato, San Luis Potosí y Michoacán. Pese a esos atracos, el PRI arrasó en las legislativas de 1991. Ese año, con Fernández de Cevallos como cómplice, quemó las boletas electorales del 88. Tras la firma del TLC (dic. 1992), Salinas se había afirmado en la cima del poder político. No contaba, sin embargo, con el surgimiento del EZLN en Chiapas (enero 1994), justo el día que entró en vigor el acuerdo con Canadá y Estados Unidos, ni con los asesinatos de Colosio -su candidato a la Presidencia-, y de su cuñado Ruiz Massieu (sept. 1994). Esos sucesos cambiaron el signo de su sexenio; a la inestabilidad política le siguió la debacle económica y la consabida fuga de capitales. Así concluyó la quimera salinista.

IX- Ernesto Zedillo Ponce de León

Poco espacio queda para dedicarlo a quien, en medio de una crisis sin precedentes, ejerció la función presidencial con discreción y acierto. Zedillo dio tranquilidad a una economía cuyos principales agentes habían huido en desbandada. Convino reglas con los partidos para dar piso parejo a las elecciones y enfrentó el reto financiero con las siguientes medidas: 1) para evitar la suspensión de pagos que se cernía sobre la hacienda pública, gestionó y obtuvo del gobierno de Clinton un crédito de 50 mil millones de dólares, dando en garantía la factura petrolera y, 2) para proteger el ahorro de los mexicanos en peligro de esfumarse, decidió que el Estado asumiera la deuda bancaria con el polémico pero inevitable Fobaproa. Y para encarar el desafío político: 1) implementó una “sana distancia” entre su gobierno y el PRI y, 2) impulsó una Reforma que dio plena autonomía al IFE y fijó con razonable proporcionalidad el monto de los recursos para los partidos.

De la depresión a la esperanza

Se pasaron años difíciles. 1995 fue horrible; se decreció el 9% y el desempleo y la emigración al vecino del norte aumentaron sin freno. Más gracias al orden impuesto, hacia la mitad del sexenio se había pagado la deuda con Estados Unidos y recapitalizado el sistema bancario. Los los mercados recobraron la serenidad y el país empezó a recuperarse. Por otra parte, la equidad en el financiamiento de los partidos propició que los comicios se realizaran sin ventajas para nadie. Las consecuencias no se hicieron esperar: en 1997, la oposición sumada se hizo de la mayoría en la Cámara de Diputados, y en el 2000, se concretó la primera transición pacífica y democrática del Poder Ejecutivo en la historia de México. Cuando Zedillo entregó la presidencia a Vicente Fox, la economía crecía al 6% y la inflación estaba bajo control. La democracia, por fin, había triunfado, y el artífice de esa victoria había sido un joven tecnócrata que llegó a Los Pinos de manera por demás circunstancial.

De la verdadera cultura del esfuerzo

Zedillo nació en la ciudad de México, hijo de un electricista y una mujer esforzada y responsable. La familia emigró a Mexicali, donde vivieron privaciones, tantas que, de niño, limpió zapatos y vendió periódicos. Volvió a la capital a estudiar la Vocacional en el Politécnico; conoció la represión el 68, y se tituló como economista. Becado, se doctoró en Yale y luego trabajó en el Banco de México. De ahí pasó a Programación y Presupuesto, donde fue subsecretario y secretario y, antes de ser el candidato sustituto de Colosio, se le designó Secretario de Educación.

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