/ domingo 10 de octubre de 2021

Secreto a voces | Capitaloceno

El planeta Tierra está modificándose de manera permanente. Como resultado de ese constante movimiento su clima cambia también. A esas transformaciones permanentes que vive el planeta se le llama “Cambio Climático”. El planeta ha vivido épocas extremas en donde prevalecen las bajas temperaturas cuyas huellas se pueden apreciar en las altas montañas o los polos o, también, de elevadas temperaturas como lo muestra la actividad volcánica que nos recuerda la época en que la Tierra era una “esfera de fuego”.

Como es de sobra conocido los cambios del clima de la tierra crearon condiciones favorables para que se diera una fase o eslabón dentro de la existencia del planeta, para que en un rincón del Universo y de su periferia surgiera la vida: la existencia de seres capaces de moverse por sí mismos. En ese sentido, en el planeta se dieron condiciones para que ocurriera un ciclo especial en donde emerge la vida en general, así como el animal adjetivado como animal “humano” (hace aproximadamente 60 millones de años), como parte de la existencia de seres que se mueven por sí mismos.

Existe una historia maniquea de la existencia del planeta en la que está asociada al surgimiento de la vida y en particular de la vida humana, una historia en la que se hace creer que la Tierra es el “hogar de los humanos”, narrativa que tiene como fundamento la “razón biológica” de la existencia de células microscópicas que antecedieron a la vida en el planeta que se liga a la vida humana, es una historia “recreada” y ajustada a los tiempos que vivimos. Mañana será otra historia, aunque filósofos como Sloterdijk recrean una bioantropogénesis.

Que los humanos (aquellos que han dirigido a la humanidad en la lógica de la historia occidentalizada, excluyente de los conquistados) hayan inventado esa historia es una cosa, la realidad es otra. El planeta no tiene de antemano propietario ni especie que sea superior una con respecto a la otra. Simplemente, ¿quién nos da derecho a sacrificar a millones de animales todos los días para alimentar a las poblaciones de las naciones ricas y pobres (con las diferencias que existen en cada una de sus poblaciones con respecto a la alimentación), transformando la vida de aves y reses en una vil mercancía, los seres vivos convertidos en ganancias y dinero? Es una crueldad.

Lo que se ha demostrado a lo largo de la existencia de los seres vivos incluidos los humanos, por lo menos hasta antes del surgimiento de la sociedad industrial o capitalista, es que tal existencia no afectó de manera fundamental el ambiente en el que esa vida se desarrollaba, ni las hordas sloterdijianas, ni las civilizaciones de las que occidente se hace deudor. De tal manera que a partir de la “era del hielo”, de los glaciares, poco a poco la vida animal y humana se fue adaptando mejor a las condiciones que se fueron creando, aunque con una variación climática que dependía de las regiones en los que la vida se recreaba.

Esto quiere decir que hasta ese momento el cambio climático de la tierra seguía su dinámica sin la intervención humana, porque las prácticas de sobrevivencia incluido el momento en que se crea el “claro” (Sloterdijk) en el bosque y que dio origen a la vida sedentaria no existían prácticas que contravinieran la dinámica terráqueo-climática. La población que existía, aunque inventó la ciudad, agricultura, el pastoreo y los primeros imperios (10 millones de personas distribuidas en la geografía terrícola), para nada influyeron en el cambio del ambiente y menos en la multiplicidad del clima de las microrregiones y del clima ambiental general del planeta, de entre 15 grados centígrados promedio.

Igual no debemos idealizar el pasado, aunque evidentemente existía una apego de la existencia humana a los ciclos de la naturaleza como ocurría en las comunidades mesoamericanas, claro sin considerar la historia de las balsas y la navegación costera de la historia recreada a la manera occidental, universalizada y excluyente de Sloterdijk.

Con la sociedad capitalista todo se transformó, aunque se ha creado toda una narrativa ocultadora del fenómeno. La visión del antropoceno, de Paul Crutzen, dice que vivimos una época en donde la actividad humana ha creado una masa de artefactos superior ya, a la masa que representa la totalidad de los seres vivos (biomasa), lo que modifica la era del holoceno (posterior a las glaciaciones) por la del antropoceno (la era humana). La crítica a esta visión es que reparte culpas a todos sin distinguir entre los humanos, hace abstracción de la existencia de sociedades jerárquicas en donde unos mandan qué producir y consumir y otros obedecen qué producir y qué consumir.

Otra narrativa ocultadora es la del Club de Roma y la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Las corrientes de la ecología crítica de la época previa a la “etapa de la sustentabilidad” en general miraban los daños a los ecosistemas como producto de la actividad industrial capitalista. Empresarios e intelectuales asociados al sistema conformaron el Club de Roma (1972) llegaron a la conclusión de que era necesario salvar al planeta, y no a la sociedad de los estragos causados por la sociedad capitalista al medio ambiente. Contaminación, población, industrialización y consumo eran una amenaza.

En parte tenían razón en sus críticas, pero sus fines eran salvar a la sociedad capitalista y evitar la radicalización de la conciencia ambiental de los grupos ecologistas de la era de la presustentabilidad, armonizando medidas con el sistema, hacerlo funcional a pesar de las consecuencias devastadoras que ha significado el apoyo a esos grupos que fueron el sustento de las reuniones mundiales a los que convocó como “Cumbres mundiales” la ONU desde 1972 en Estocolmo, Suecia, hasta la actualidad.

La Cumbre de Río (1992) fue el punto de inflexión entre las luchas ecologistas por cambiar la dinámica y el impacto del capitalismo en el ambiente y la nueva política de evitar cualquier daño a la sociedad industrial, utilizando políticas sustentables que solamente aplazaron el daño al planeta, como lo vemos en nuestros días. La Cumbre de Río estuvo precedida por un informe realmente racista, clasista, imperial, que extendía un cheque en blanco a la industria para destruir el ambiente. El Informe Brundtland, de 1987: La Comisión presidida por Gro Harlem Brundtland (Noruega) llegó a la conclusión de que para satisfacer “las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

En ese informe se culpa a los pobres y las naciones pobres de ser las culpables de los efectos ambientales al planeta. Después de culpar a los habitantes de las naciones pobres de ser los culpables del deterior del medio ambiente, la ONU abrió las puertas a las políticas empresariales y funcionales pero devastadoras aplicadas por las políticas de la sociedad industrial-capitalista: las tecnologías “no contaminantes”. Empresas que amparadas en la narrativa de la sustentabilidad hacen negocio sin remediar el problema. El reciente informe del panel de científicos de la ONU (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) fue creado en 1988), de este año refiere daños ya sin retorno al planeta.


El planeta Tierra está modificándose de manera permanente. Como resultado de ese constante movimiento su clima cambia también. A esas transformaciones permanentes que vive el planeta se le llama “Cambio Climático”. El planeta ha vivido épocas extremas en donde prevalecen las bajas temperaturas cuyas huellas se pueden apreciar en las altas montañas o los polos o, también, de elevadas temperaturas como lo muestra la actividad volcánica que nos recuerda la época en que la Tierra era una “esfera de fuego”.

Como es de sobra conocido los cambios del clima de la tierra crearon condiciones favorables para que se diera una fase o eslabón dentro de la existencia del planeta, para que en un rincón del Universo y de su periferia surgiera la vida: la existencia de seres capaces de moverse por sí mismos. En ese sentido, en el planeta se dieron condiciones para que ocurriera un ciclo especial en donde emerge la vida en general, así como el animal adjetivado como animal “humano” (hace aproximadamente 60 millones de años), como parte de la existencia de seres que se mueven por sí mismos.

Existe una historia maniquea de la existencia del planeta en la que está asociada al surgimiento de la vida y en particular de la vida humana, una historia en la que se hace creer que la Tierra es el “hogar de los humanos”, narrativa que tiene como fundamento la “razón biológica” de la existencia de células microscópicas que antecedieron a la vida en el planeta que se liga a la vida humana, es una historia “recreada” y ajustada a los tiempos que vivimos. Mañana será otra historia, aunque filósofos como Sloterdijk recrean una bioantropogénesis.

Que los humanos (aquellos que han dirigido a la humanidad en la lógica de la historia occidentalizada, excluyente de los conquistados) hayan inventado esa historia es una cosa, la realidad es otra. El planeta no tiene de antemano propietario ni especie que sea superior una con respecto a la otra. Simplemente, ¿quién nos da derecho a sacrificar a millones de animales todos los días para alimentar a las poblaciones de las naciones ricas y pobres (con las diferencias que existen en cada una de sus poblaciones con respecto a la alimentación), transformando la vida de aves y reses en una vil mercancía, los seres vivos convertidos en ganancias y dinero? Es una crueldad.

Lo que se ha demostrado a lo largo de la existencia de los seres vivos incluidos los humanos, por lo menos hasta antes del surgimiento de la sociedad industrial o capitalista, es que tal existencia no afectó de manera fundamental el ambiente en el que esa vida se desarrollaba, ni las hordas sloterdijianas, ni las civilizaciones de las que occidente se hace deudor. De tal manera que a partir de la “era del hielo”, de los glaciares, poco a poco la vida animal y humana se fue adaptando mejor a las condiciones que se fueron creando, aunque con una variación climática que dependía de las regiones en los que la vida se recreaba.

Esto quiere decir que hasta ese momento el cambio climático de la tierra seguía su dinámica sin la intervención humana, porque las prácticas de sobrevivencia incluido el momento en que se crea el “claro” (Sloterdijk) en el bosque y que dio origen a la vida sedentaria no existían prácticas que contravinieran la dinámica terráqueo-climática. La población que existía, aunque inventó la ciudad, agricultura, el pastoreo y los primeros imperios (10 millones de personas distribuidas en la geografía terrícola), para nada influyeron en el cambio del ambiente y menos en la multiplicidad del clima de las microrregiones y del clima ambiental general del planeta, de entre 15 grados centígrados promedio.

Igual no debemos idealizar el pasado, aunque evidentemente existía una apego de la existencia humana a los ciclos de la naturaleza como ocurría en las comunidades mesoamericanas, claro sin considerar la historia de las balsas y la navegación costera de la historia recreada a la manera occidental, universalizada y excluyente de Sloterdijk.

Con la sociedad capitalista todo se transformó, aunque se ha creado toda una narrativa ocultadora del fenómeno. La visión del antropoceno, de Paul Crutzen, dice que vivimos una época en donde la actividad humana ha creado una masa de artefactos superior ya, a la masa que representa la totalidad de los seres vivos (biomasa), lo que modifica la era del holoceno (posterior a las glaciaciones) por la del antropoceno (la era humana). La crítica a esta visión es que reparte culpas a todos sin distinguir entre los humanos, hace abstracción de la existencia de sociedades jerárquicas en donde unos mandan qué producir y consumir y otros obedecen qué producir y qué consumir.

Otra narrativa ocultadora es la del Club de Roma y la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Las corrientes de la ecología crítica de la época previa a la “etapa de la sustentabilidad” en general miraban los daños a los ecosistemas como producto de la actividad industrial capitalista. Empresarios e intelectuales asociados al sistema conformaron el Club de Roma (1972) llegaron a la conclusión de que era necesario salvar al planeta, y no a la sociedad de los estragos causados por la sociedad capitalista al medio ambiente. Contaminación, población, industrialización y consumo eran una amenaza.

En parte tenían razón en sus críticas, pero sus fines eran salvar a la sociedad capitalista y evitar la radicalización de la conciencia ambiental de los grupos ecologistas de la era de la presustentabilidad, armonizando medidas con el sistema, hacerlo funcional a pesar de las consecuencias devastadoras que ha significado el apoyo a esos grupos que fueron el sustento de las reuniones mundiales a los que convocó como “Cumbres mundiales” la ONU desde 1972 en Estocolmo, Suecia, hasta la actualidad.

La Cumbre de Río (1992) fue el punto de inflexión entre las luchas ecologistas por cambiar la dinámica y el impacto del capitalismo en el ambiente y la nueva política de evitar cualquier daño a la sociedad industrial, utilizando políticas sustentables que solamente aplazaron el daño al planeta, como lo vemos en nuestros días. La Cumbre de Río estuvo precedida por un informe realmente racista, clasista, imperial, que extendía un cheque en blanco a la industria para destruir el ambiente. El Informe Brundtland, de 1987: La Comisión presidida por Gro Harlem Brundtland (Noruega) llegó a la conclusión de que para satisfacer “las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

En ese informe se culpa a los pobres y las naciones pobres de ser las culpables de los efectos ambientales al planeta. Después de culpar a los habitantes de las naciones pobres de ser los culpables del deterior del medio ambiente, la ONU abrió las puertas a las políticas empresariales y funcionales pero devastadoras aplicadas por las políticas de la sociedad industrial-capitalista: las tecnologías “no contaminantes”. Empresas que amparadas en la narrativa de la sustentabilidad hacen negocio sin remediar el problema. El reciente informe del panel de científicos de la ONU (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) fue creado en 1988), de este año refiere daños ya sin retorno al planeta.


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