/ lunes 13 de noviembre de 2023

Vísteme de hombre

“Múdame el traje” (vísteme de hombre) y mándame a México a estudiar”, le pedía Juana de Asbaje, mejor y ampliamente conocida como “Sor Juana Inés de la Cruz” a su madre para poder ingresar a la Real y Pontificia Universidad de México, cuando el arte y la educación superior eran considerados aptos solo para hombres miembros de la corte o de la iglesia. El único reducto de cultura para las mujeres estaba en un convento.

Este 12 de noviembre, se cumplen 375 años de que Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana vio la luz del mundo, para gracia y fortuna de la humanidad entera. Nacida en pleno virreinato, fue autodidacta. En los 46 cortos años que estuvo en el planeta deslumbró con su ingenio, arte y erudición; sin duda la más grande exponente de la literatura barroca de su tiempo y; para muchos, la primera feminista de Latinoamérica. De hecho, se le considera la escritora más importante de habla española del siglo XVII y, según Octavio Paz “el escritor más importante de Nueva España”.

Expresó en su poesía ideas de igualdad, justicia y libertad absolutamente adelantadas a su tiempo, expresando así lo que sentía acerca de la vida de las personas que integraban el servicio de su casa. Así también, aprendió y escribió en poesía el idioma náhuatl, honrando los orígenes mestizos de lo que a la postre sería México.

Existían en ese entonces pequeñas escuelas privadas llamadas “amigas” donde las niñas aprendían a leer, a escribir y aritmética básica. Ahí envió la madre de Juana a la hermana mayor de ésta y con solo tres años, nuestra protagonista la acompañaba diciéndole a la maestra que su madre ordenaba que también a ella la enseñase. Fue el enorme talento y las ganas de aprender lo que llevó a su maestra a internarla en el mundo de las letras y, a sus cortos 8 años, escribió “Loa al Santísimo Sacramento”, obra premiada y que por ella el obispo de Amecameca predijo que la autora sería una brillante poetisa. No se equivocó en absoluto.

Era tal el afán de Juana de aprender, que se dice se cortaba el pelo y daba de plazo el tiempo que tomaría en crecer nuevamente para aprender algo que le interesaba.

La facilidad que tenía para las letras, por ejemplo, se nota en que bastaron 20 lecciones para que aprendiera con maestría y a cabalidad el latín, idioma en el que escribió varias obras, especialmente villancicos.

Juana se convertiría después de ser dama de compañía de la virreina, Leonor María Carreto, marquesa de Mancera, a la que dedicó algunos sonetos con el nombre de Laura, en miembro de la orden de las jerónimas desde febrero de 1669 hasta su muerte. Su biblioteca tenía más de 4000 volúmenes, pero igual que sus homólogos genios, su conocimiento no se limitaba a la literatura, tuvo conocimientos profundos en astronomía, matemáticas, filosofía, mitología, historia, teología, música, pintura y cocina. Algunas de sus recetas -como sus versos- siguen actuales.

Pero Sor Juana desafió al machismo con su Carta Atenagórica, donde hace una crítica a un sermón del jesuita portugués Antonio de Vieyra, muy afamado teólogo de la época; la carta fue publicada por Sor Filotea de la Cruz, que era nada más ni menos que el obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, quien ordenó a la poetisa a deshacerse de su biblioteca, instrumentos musicales y matemáticos, obligándole a dedicarse exclusivamente al convento y a escribir sobre temas conventuales. Aún con ello, Sor Juana escribe en franco desafío al poder de las autoridades eclesiásticas que la juzgaban: “Si el crimen está en la Carta Atenagórica, ¿fue aquélla más que referir sencillamente mi sentir con todas las venias que debo a nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella, con su santísima autoridad, no me lo prohíbe, ¿por qué me lo han de prohibir otros?...”.

Sor Juana Inés de la Cruz defendió hasta su último aliento el derecho de las mujeres a pensar, a educarse y a expresarse. Se recluyó para poder crear, como muchas mujeres hoy se recluyen en su soledad para dar pasos de vanguardia sin ser limitadas ni aisladas, su aislamiento es vocacional. Crean para ser, como escribió ella: “Y diversa de mí misma, entre vuestras plumas ando, no como soy sino como quisieseis imaginarlo”.

Desde el fondo de mi corazón te digo: gracias, Juana de Asbaje, como te autonombraste, “la peor de todas”. Sin tu gracia y genio, muchas seguirían calladas.


“Múdame el traje” (vísteme de hombre) y mándame a México a estudiar”, le pedía Juana de Asbaje, mejor y ampliamente conocida como “Sor Juana Inés de la Cruz” a su madre para poder ingresar a la Real y Pontificia Universidad de México, cuando el arte y la educación superior eran considerados aptos solo para hombres miembros de la corte o de la iglesia. El único reducto de cultura para las mujeres estaba en un convento.

Este 12 de noviembre, se cumplen 375 años de que Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana vio la luz del mundo, para gracia y fortuna de la humanidad entera. Nacida en pleno virreinato, fue autodidacta. En los 46 cortos años que estuvo en el planeta deslumbró con su ingenio, arte y erudición; sin duda la más grande exponente de la literatura barroca de su tiempo y; para muchos, la primera feminista de Latinoamérica. De hecho, se le considera la escritora más importante de habla española del siglo XVII y, según Octavio Paz “el escritor más importante de Nueva España”.

Expresó en su poesía ideas de igualdad, justicia y libertad absolutamente adelantadas a su tiempo, expresando así lo que sentía acerca de la vida de las personas que integraban el servicio de su casa. Así también, aprendió y escribió en poesía el idioma náhuatl, honrando los orígenes mestizos de lo que a la postre sería México.

Existían en ese entonces pequeñas escuelas privadas llamadas “amigas” donde las niñas aprendían a leer, a escribir y aritmética básica. Ahí envió la madre de Juana a la hermana mayor de ésta y con solo tres años, nuestra protagonista la acompañaba diciéndole a la maestra que su madre ordenaba que también a ella la enseñase. Fue el enorme talento y las ganas de aprender lo que llevó a su maestra a internarla en el mundo de las letras y, a sus cortos 8 años, escribió “Loa al Santísimo Sacramento”, obra premiada y que por ella el obispo de Amecameca predijo que la autora sería una brillante poetisa. No se equivocó en absoluto.

Era tal el afán de Juana de aprender, que se dice se cortaba el pelo y daba de plazo el tiempo que tomaría en crecer nuevamente para aprender algo que le interesaba.

La facilidad que tenía para las letras, por ejemplo, se nota en que bastaron 20 lecciones para que aprendiera con maestría y a cabalidad el latín, idioma en el que escribió varias obras, especialmente villancicos.

Juana se convertiría después de ser dama de compañía de la virreina, Leonor María Carreto, marquesa de Mancera, a la que dedicó algunos sonetos con el nombre de Laura, en miembro de la orden de las jerónimas desde febrero de 1669 hasta su muerte. Su biblioteca tenía más de 4000 volúmenes, pero igual que sus homólogos genios, su conocimiento no se limitaba a la literatura, tuvo conocimientos profundos en astronomía, matemáticas, filosofía, mitología, historia, teología, música, pintura y cocina. Algunas de sus recetas -como sus versos- siguen actuales.

Pero Sor Juana desafió al machismo con su Carta Atenagórica, donde hace una crítica a un sermón del jesuita portugués Antonio de Vieyra, muy afamado teólogo de la época; la carta fue publicada por Sor Filotea de la Cruz, que era nada más ni menos que el obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, quien ordenó a la poetisa a deshacerse de su biblioteca, instrumentos musicales y matemáticos, obligándole a dedicarse exclusivamente al convento y a escribir sobre temas conventuales. Aún con ello, Sor Juana escribe en franco desafío al poder de las autoridades eclesiásticas que la juzgaban: “Si el crimen está en la Carta Atenagórica, ¿fue aquélla más que referir sencillamente mi sentir con todas las venias que debo a nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella, con su santísima autoridad, no me lo prohíbe, ¿por qué me lo han de prohibir otros?...”.

Sor Juana Inés de la Cruz defendió hasta su último aliento el derecho de las mujeres a pensar, a educarse y a expresarse. Se recluyó para poder crear, como muchas mujeres hoy se recluyen en su soledad para dar pasos de vanguardia sin ser limitadas ni aisladas, su aislamiento es vocacional. Crean para ser, como escribió ella: “Y diversa de mí misma, entre vuestras plumas ando, no como soy sino como quisieseis imaginarlo”.

Desde el fondo de mi corazón te digo: gracias, Juana de Asbaje, como te autonombraste, “la peor de todas”. Sin tu gracia y genio, muchas seguirían calladas.