/ martes 4 de junio de 2019

EL CRISTAL CON QUE SE MIRA

Una bella palabra

Hace ya más de veinte años que nuestro país pasó de tener una comisión electoral comandada por la otrora todopoderosa Secretaría de Gobernación. A los millennials y generaciones que les suceden, ni se les ocurriría pensar en que las elecciones las organizara el gobierno. Están acostumbrados a organismos conformados por ciudadanos sin partido que –al menos en papel- otorgan confianza en el respeto a principios generales que dan equidad a las contiendas democráticas en México.

He ahí pues que ya difícilmente se debería poder cantar “fraude”, que quienes ganan, lo hacen en contiendas casi siempre cerradas en competencia. El partido de estado ya no existe tampoco. Los partidos postulan y también hay candidatos independientes. La alternancia es normal; hay también más jóvenes y más mujeres. De hecho, de los 116 cargos en disputa en urna, 50 (43 %) los ganaron mujeres. Todo eso suena bien y es bueno, ¿no? ¿Entonces qué pasa? ¿Por qué la gente ha dejado de ir a votar? Veamos:

Este domingo el porcentaje de participación más alto lo tiene Durango, con el 44.85 %, que eligió 39 municipios; le sigue Aguascalientes con el 39.98 % también con elección de sus 11 municipios; en Puebla que eligió gobernador y 5 municipios, solo participó el 33.41 % (En 2016 para elegir solo gobernador, hubo 44.6 %); en Tamaulipas que eligió solo congreso local, participó el 33.15 %; en Baja California que eligió gobernador, municipios y congreso local, solo el 29.56 % salió a votar y en Quintana Roo, que eligió congreso local, únicamente el 22.15 % decidió salir a emitir sufragio. Solo como contexto, en las elecciones para presidente de la república desde el año 2000 en que organiza el INE, la participación -salvo la del año 2006 que tuvo 58.55 %- se ha sostenido alrededor del 63 %.

Se entiende que elegir al presidente municipal sea de mayor interés para el ciudadano, por la cercanía de la gestión a la atención de los asuntos que más incumben pero en esta elección no alcanza en ningún caso más de la mitad del padrón electoral. La minoría elige el destino de la mayoría. Aún más preocupante, esa gran mayoría ha perdido la esperanza de que su voto cuente para hacer la diferencia, no solo en la elección sino más importante, en las condiciones de vida de su entorno.

Mujeres, hombres, jóvenes, políticos profesionales, nuevas caras… la sociedad está harta. Lo que la gente exige son resultados; acciones que mejoren las condiciones de vida y atiendan las necesidades más apremiantes y dolorosas. Allá donde hubo buenos resultados hubo también reelección. La democracia en México tiene un nuevo y gran reto: enamorar con acciones a los votantes; la eficacia y la eficiencia imperan en la exigencia de quienes eligen.

Esta elección enseña principalmente que sin electores, la democracia es solo una bella palabra.

Una bella palabra

Hace ya más de veinte años que nuestro país pasó de tener una comisión electoral comandada por la otrora todopoderosa Secretaría de Gobernación. A los millennials y generaciones que les suceden, ni se les ocurriría pensar en que las elecciones las organizara el gobierno. Están acostumbrados a organismos conformados por ciudadanos sin partido que –al menos en papel- otorgan confianza en el respeto a principios generales que dan equidad a las contiendas democráticas en México.

He ahí pues que ya difícilmente se debería poder cantar “fraude”, que quienes ganan, lo hacen en contiendas casi siempre cerradas en competencia. El partido de estado ya no existe tampoco. Los partidos postulan y también hay candidatos independientes. La alternancia es normal; hay también más jóvenes y más mujeres. De hecho, de los 116 cargos en disputa en urna, 50 (43 %) los ganaron mujeres. Todo eso suena bien y es bueno, ¿no? ¿Entonces qué pasa? ¿Por qué la gente ha dejado de ir a votar? Veamos:

Este domingo el porcentaje de participación más alto lo tiene Durango, con el 44.85 %, que eligió 39 municipios; le sigue Aguascalientes con el 39.98 % también con elección de sus 11 municipios; en Puebla que eligió gobernador y 5 municipios, solo participó el 33.41 % (En 2016 para elegir solo gobernador, hubo 44.6 %); en Tamaulipas que eligió solo congreso local, participó el 33.15 %; en Baja California que eligió gobernador, municipios y congreso local, solo el 29.56 % salió a votar y en Quintana Roo, que eligió congreso local, únicamente el 22.15 % decidió salir a emitir sufragio. Solo como contexto, en las elecciones para presidente de la república desde el año 2000 en que organiza el INE, la participación -salvo la del año 2006 que tuvo 58.55 %- se ha sostenido alrededor del 63 %.

Se entiende que elegir al presidente municipal sea de mayor interés para el ciudadano, por la cercanía de la gestión a la atención de los asuntos que más incumben pero en esta elección no alcanza en ningún caso más de la mitad del padrón electoral. La minoría elige el destino de la mayoría. Aún más preocupante, esa gran mayoría ha perdido la esperanza de que su voto cuente para hacer la diferencia, no solo en la elección sino más importante, en las condiciones de vida de su entorno.

Mujeres, hombres, jóvenes, políticos profesionales, nuevas caras… la sociedad está harta. Lo que la gente exige son resultados; acciones que mejoren las condiciones de vida y atiendan las necesidades más apremiantes y dolorosas. Allá donde hubo buenos resultados hubo también reelección. La democracia en México tiene un nuevo y gran reto: enamorar con acciones a los votantes; la eficacia y la eficiencia imperan en la exigencia de quienes eligen.

Esta elección enseña principalmente que sin electores, la democracia es solo una bella palabra.

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